Juan Gustavo Cobo Borda
«Las imágenes acercan a los hombres cuando son materialistas; es decir, cuando empiezan por un principio: por el cuerpo, por las necesidades, por el trabajo». Esto lo escribió Jean Paul Sartre en 1954, cuando prologó el libro de fotografías de Henri Cartier-Bresson sobre China. Cartier-Bresson era uno de los fotógrafos amados por Hernán Díaz. Ahora sus 150 reveladoras fotos, seleccionadas y montadas por su compañero de vida, Rafael Moure, y expuestas en el MamBo (Museo de Arte Moderno de Bogotá) nos llevan, en un recorrido fascinante, a preguntarnos, en primer lugar, por la relación de la fotografía con la cultura. ¿Es sólo documentación o es también creación?
El rostro que quedara de Fanny Mikey no es el de su flamígera cabellera roja sino el de su soberbio cuerpo desnudo, sin rasgos, expuesto como un ícono del deseo culpable, en complemento a los poemas de Arturo Camacho Ramírez (1910-1982) en su libro La vida pública (1962). Fotos nocturnas, para exaltar la prostitución, en una Bogotá fría, de blanco y negro.
Su cuerpo era un oscuro valle
hostigado por las campanas
cuyo largo tañido fúnebre
la envolvía desamparada.
En éste, como en el desnudo de Dora Franco, se abría el espacio y se rompían prejuicios. Se partía del cuerpo y la sexualidad para hacer de la fotografía algo táctil que iluminaba rostros y contribuía a fijar la imagen de un renovado país, en impaciente creatividad. Allí estaban los monstruos sagrados: Obregón, Botero, Negret, pero también la siguiente hornada, tan joven, tan frágil, tan incierta, en su momento, sobre las dimensiones de su destino: Santiago Cárdenas, Carlos Rojas, David Manzur.
Pero no sólo la pintura y la escultura. La expresividad apasionada del teatro, en Vicky Hernández y Jairo Camargo; o todo el otoñal encanto de dama en su palco, con que Luz Stella Rey aguarda el fin de la función. La sensibilidad alerta de Hernán Díaz captaba el instante, y decir esto es decir mucho. Porque el instante era expresión y espacio, era comprensión del oficio e ingreso en la compleja sicología del artista, era terruño y universo. Se aprecia en la foto de Jorge Velosa, el carranguero, la mano, la ruana, el sombrero de fieltro, la guitarra horizontal que corta y enmarca su barba y su mirada concentrada en el brotar de las notas. Sin nombre alguno, sólo puede ser un músico de Boyacá. Un músico, simplemente.
Pero en otros casos, como en el de monseñor Huertas, la fotografía se nutría de su larga exposición a la pintura, en esos prelados renacentistas que absolvían y asesinaban sin prejuicios, y continuaban discutiendo sobre la importancia de Maquiavelo o quizás del neo-platonismo.
Porque la cultura, en la literatura, en la música, en las artes plásticas, le dio a Hernán Díaz el bagaje necesario para admirar la belleza, en hombres y mujeres, y para distinguir también con su cámara las contradicciones internas, en la vencida mirada de María Mercedes Carranza o en ese crucigrama de nudos y relojes con perro que es el rostro de Rafael Echeverri. ¿Por qué salió de allí una escueta pintura geométrica, de cuadrados y líneas? Hernán Díaz hace ver lo visible. Desnuda la realidad evidente, contacto y elegancia.
Juan Gustavo Cobo Borda, fotografía de Hernán Díaz, cortesía de Rafael Moure.
Fue el cronista del momento, no hay duda, pero también contribuyó a crearlo. Hizo del arte en Colombia, y sobre todo de su magistral arte de fotógrafo, una instancia ya ineludible de la comprensión de nosotros mismos. No porque obligue a los bulliciosos e impacientes grupos escolares que visitan la muestra a preguntarse qué hicieron esos señores y señoras, sino a sentir que de esos rostros emana un aura de humanidad reflexiva y compleja de presencia comunicativa. La de quien piensa su oficio y analiza el mundo para depurar su mirada. Para quedar allí, en la galería fotográfica que de 1957 a 2009 será tan esencial como el libro, el archivo o la biblioteca de nuestra memoria compartida. Donde la socorrida, trajinada y mancillada noción de identidad tiene por fin rostro propio y firma reconocida; los que le dio Hernán Díaz con su cámara, siempre presta a enriquecer la realidad, a no dejarla olvidada, tal como el arte la preserva.
“Yo digo que la cámara es un instrumento; un instrumento como una licuadora, una plancha o una máquina de escribir.La fotografía no es un arte. El arte es saber usar las fotografías”.
Hernán Díaz
Agradecimientos a Germán Moure y a Gloria Zea, directora del MamBo, por las fotos de Hernán Díaz.












