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Fernando Botero: el Gabriel García Márquez de las artes plásticas

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Por Alejandro Arciniegas-Alzate

Las exhibiciones de Fernando Botero son siempre un acontecimiento. Bien porque conquistan países adonde ningún otro pintor colombiano había llegado; bien porque a menudo Botero sorprende con un arsenal de obras inéditas; bien porque se trata —ni más ni menos— de uno de los artistas vivos más importantes del planeta: a propósito de la nueva exposición de Fernando Botero que se prolongará hasta febrero de 2011 y tendrá lugar en la Galería Mundo, ubicada en las Torres del Parque de Bogotá. Un recorrido a través de diez obras, diez temas, diez semanas.


Fernando Botero. Fotografafía © Carlos Duque

En The decay of lying de Oscar Wilde, dos personajes se disputan por el culto que los hombres profesan a la naturaleza. Cyril piensa que nada hay tan maravilloso como pasearse por el campo y tumbarse de espaldas a contemplar un sol poniente. Vivian, a su turno, considera que la vida al aire libre es aburrida, la naturaleza carece de talento y está desprovista de confort.

Cyril repara en que el arte debe todo a la naturaleza, de ella obtiene sus objetos y no ha hecho sino copiar sus soles y sus prados. Vivian, —más agudo, más moderno— replica que la luna no existía antes que Turner la pintara. Idéntico desprecio de las obviedades probó desde temprano Botero en sus trabajos. A medida que su obra iba cobrando aquella coherencia que su trazo le imponía desde fuera, su estilo ya no habría de conformarse con tomar del natural sus proporciones.

Botero compone con arreglo a la pintura; el cuadro y no la realidad es su modelo. El cuadro, en cuanto tiene de provisional, y no la realidad, con todos sus condicionamientos y sus reglas.

Durante los últimos cincuenta años, Botero ha debido responder ene mil veces a la misma pregunta: «Maestro, usted ¿Porqué pinta gordas?» Inquietud que él se ha empeñado en despejar, afirmando que en sus cuadros se plantea de preferencia el problema del volumen. Pero es un equívoco insalvable. No importa cuántas veces responda a la pregunta; al final, sus interlocutores volverán como a la carga: «¿Cuál Botero? ¿El que pinta gordas?».

Fatalidad de su estilo. Los audaces derroteros por donde discurre su trabajo han despertado este molesto, aunque explicable malentendido.
En arte, como en literatura, los artistas se destacan por las conformidades y rupturas que establecen con la Historia. Hablamos de ese rico, tupido entramado de influencias, por un lado, y de esos códigos maltrechos, por el otro, que no cesan de ser transgredidos desde el instante mismo en que parecen instituirse como norma. Está la tradición, como infancia adonde vuelven los ojos del autor cuando hace falta resolver viejos problemas. Están las obras de sus contemporáneos, peleándose un lugar en los circuitos bursátiles donde se tasa el arte en nuestros días.

En Europa, Botero no se dejó seducir por el abstraccionismo, vanguardia estética cuyos alcances considera, un poco altivamente, como arte solamente decorativo. Rechazo astuto, por lo demás; Botero comprendía bien la casta de esos críticos que en todo el mundo han preferido siempre ocuparse de esas obras que facilitan las abigarradas disertaciones literarias que con amplia licencia se han producido alrededor de la pintura. Era, también, una manera de interpelar a sus colegas en España y Francia, o a los minimalistas neoyorkinos, con subliminales parecidos a los de Gabriel García Márquez: «Por favor, carajo, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media».

El arte abstracto no se deja comprender más que oblicuamente; exige demasiados filtros; está sembrado aquí y allá de trampas que burlan la mirada más atenta. Tanto la obra pictórica como escultórica de Botero triunfa en ambas dimensiones; al nivel de la técnica procede en lisas superficies jubilosas, mientras discurre sobre las violentas evidencias nacionales. Ahí están a la orden de esos gacetilleros sus lupanares, escenas taurinas, funerales a plena luz del día, rostros patibularios de las guerrillas locales. Todo suculentamente muy tratado, como para vencer —quien pueda hacerlo— esa pulsión fundamental de «devorar el cuadro».

En esta doble circunstancia reside su secreto: ofrece a los expertos una plétora de enigmas propios del oficio, y obsequia a los ingenuos una obra cuyos temas no le oponen ninguna resistencia. Nuestro país tenía y tiene aún obligación de artistas que reflexionen sobre su realidad política, directa, francamente. ¿Por qué, si nuestras guerras son territoriales, en su sentido más arcaico, habría de oponérseles un arte minimalista o tan siquiera expresionista, abstracto?

El resultado opuesto es la obra de Botero, que todos conocemos: un conjunto de trabajos inspirados al abrigo de los maestros europeos, pero que son el término de una maquinación terrible que trueca en monumentos los objetos más precarios.
Siempre Botero. ¿Quién lo duda?

Dentro del ciclo Botero, durante el mes de diciembre se podrán ver estas exposiciones semanales.
Hasta el 4 de diciembre: Los maestros
Del 6 al 11 de diciembre: El bodegón
Del 13 al 18 de diciembre: La familia
La muestra termina el 26 de febrero de 2011
Galería Mundo
Carrera 5ª Nº 26A–19
Torres de Salmona