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En Bogotá: las cenizas de la hermana de Gauguin

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Por Juan Manuel Roca

Hace algunos años, en abril de 2000, buscaba un dato en Internet acerca de Paul Gauguin, sobre algo que parece más leyenda que realidad, el supuesto hecho de que el pintor pudo ser nieto de Simón Bolívar y por supuesto de su legítima abuela, la legendaria y febril Flora Tristán.


Autorretrato de Paul Gauguin (1848-1903). Óleo sobre lienzo, pintado entre 1893 y 94

Tal leyenda está construida en suposiciones y en vaguedades. Creo que el hecho de que en casa de los Tristán, en su petit chateau parisino fuera habitualmente recibido el Libertador, que la belleza y el talante libertario de Flora sumados al donjuanismo del joven Bolívar, no alcanzan a conformar, ni remotamente, una prueba de ese singular y azaroso cruce de sangres.

Ni el posterior viaje de Flora a Perú ni que escribiera sus Peregrinaciones de una paria hacia 1838, cinco años después de ese viaje por tierras bolivarianas, sirven al aserto del parentesco con Bolívar. Parece ser un puro chisme histórico, una hermosa ficción.

Lo que encontré sobre el tema no fue gran cosa pero tropecé con un artículo, un tanto atropellado, sobre una nieta franco-colombiana del pintor, Marie Uribe Gauguin, un mensaje que más bien parecía un aviso judicial o un clasificado.

En él nos cuenta María Bradcock que el director de Artscape Gallery, Tony Martín, andaba tras la pesquisa de los descendientes de Gauguin que vivían (o viven aún) en regiones de Chile y de Colombia.

Bradcock se había puesto en contacto con una biznieta de Gauguin llamada María, que por entonces vivía en Dinamarca, a fin de legitimar seis obras del pintor basándose en unas muestras de pelo adheridas a los cuadros, que el galerista presumía que no eran de un pincel alopécico sino de la melena del levantisco pintor.


En la sacristía de la Iglesia de Santa Clara, Bogotá, está la urna con las cenizas de Marie Gauguin de Uribe. Los restos habían reposado en el cementerio central que Bolívar ordenó construir en 1830.

Para ello buscaba, como en una novela de Raymond Chandler, un cabello «de cualquier miembro del linaje maternal de la hermana de Gauguin», pues su hermana Marie estuvo casada con un colombiano llamado Juan Uribe. Esto, afirmaba, con el fin de someter a prueba de ADN los supuestos cabellos del pintor en cotejo con los familiares. El dato cartesiano que da el autor del texto es que solo necesitaría de cuatro o cinco cabellos de aproximadamente cinco o seis centímetros de largo para la prueba.

Hasta ahí la historia encontrada en el basural de Internet. Lo singular del caso es que, poco después de leída esa pesquisa, entré con el poeta peruano Antonio Cisneros a la Iglesia de Santa Clara y en su sacristía encontré la urna con las cenizas de Marie, la hermana de Gauguin, cuyos restos precisamente habían reposado en el Cementerio Central que, otra vez Bolívar, había ordenado construir en 1830.

Quien lea el libro de Charles Chassé, Gauguin sin leyendas, se encontrará con más vecindades del pintor y de su hermana con Colombia. Cuando el pintor vino a Panamá, como lo hizo el poeta manco Blaise Cendrars, atraídos ambos por la construcción del Canal, «fue fríamente recibido por el que menciona como el imbécil de mi cuñado», Juan Nepomuceno Uribe, que es descrito como un negociante en quina poco brillante.


Paul Gauguin, Salve María, “La Orana María”, 1891, óleo sobre lienzo

Gauguin se fue en ristre desde su agreste carácter al describir a su cuñado y confesar su pequeña e infantil venganza: «Era un perfecto ruin. Rabioso, le he cogido un traje de treinta y cinco francos, del que bien pueden sacarse quince». Lo decía alguien que sabía de precios pues había trabajado en la Bolsa de Valores.

Pero va más lejos el genio salvaje de quien ya intentaba seguir hacia Martinica, alguien que sabía que en las Islas Marquesas los frutos caídos son menos podridos que Occidente. Su repulsa al cuñado Uribe la extendió a todos los colombianos «que transformaron la maravillosa isla de Taboga, donde antes se podría vivir de frutas, en un infierno en el que el menor terreno se vendía a precios altísimos». Parecía identificar a ciertos colombianos que son grandes taladores de árboles pero que viven, eso sí, abonando su árbol genealógico de ubérrima manera.

Gauguin, que trabaja como obrero en Panamá, pinta allí unos cuantos retratos de emergencia y llega con su amigo Laval a Martinica donde escribe algunos de sus más bellos poemas: «Entre púrpura y oro, de amor embriagada / la tarde ha llegado. / Es la hora del frescor y de nuevo revive / El pueblo niño, alegre ante la aventura de la noche», dice en su poema «Atardecer». Marie, que había quedado viuda y con dos hijos, María Elena y Pedro Uribe Gauguin, decide hacer contacto con sus parientes en Colombia, los Uribe Buenaventura, que la invitan a Bogotá.

El periplo en su viaje a Colombia arranca obviamente desde París, toca a Nueva York, pasa de largo por la injuriada Panamá de su hermano y llega al caluroso y bello Puerto Colombia, cerca de Barranquilla. De la Arenosa sube por el río Magdalena en un barco de vapor hasta llegar a la próspera ciudad de Honda. Da gusto imaginar la escena: Marie Gauguin se desplaza por el trópico con rumbo a Bogotá, va de las tufaradas del Magdalena al frío de cuchillo de la capital. Ha dejado atrás un paisaje rumoroso y exuberante. Viene con una recua de mulas que cargan sus enseres: tapices, gobelinos, cortinajes y bibelots del fasto parisino.

Pero lo más importante y, como siguiendo el destino paria de su abuela y de su hermano, hace una peculiar exposición itinerante de Gauguin por tierras andinas: dos paisajes suyos ya no puestos en el lomo de un caballete sino de una mula, terca como su hermano, dos paisajes europeos que recorrieron entonces el bronco paisaje colombiano.

Se dice que Marie vivió en esta ciudad muy cerca de San Agustín, que a su casa llegaban a tertuliar los bogotanos cultos, escritores, músicos, pintores, en una época en que los habitantes de la ciudad de José Asunción Silva habían hecho del aburrimiento una cimentada religión.

Del Cementerio Central, del mausoleo familiar, salió en cenizas hasta el que hoy es el bello Museo de Santa Clara doña Marie Gauguin de Uribe. Entre dos ciriales, varios ángeles y un hermoso púlpito taraceado que se guardan en la sacristía, sus cenizas recuerdan el fuego y la pasión, tan propios de la estirpe de los Gauguin.