Buscar


warning: Creating default object from empty value in /home/ciudadvi/public_html/portal/sites/all/modules/gallery_assist_lightboxes/gallery_assist_lightboxes_display.inc on line 57.

Libro de Sociedades Bolívar sobre Mónica Meira

Versión para impresora

Por Juan Gustavo Cobo Borda

En la trayectoria de esta artista, nacida en 1949, primero estarían los objetos capturados con el realismo casi fotográfico de su color: un bolso, unos guantes, unas botas. La maleta y el cepillo de dientes. Mucho de pop-art, pero ante todo la intensidad enigmática con que la utilería de un teatro de ópera nos ofrece sombreros coexistiendo con una bolsa de agua. Hay en la exasperación minuciosa del realismo, el poder de convocatoria del sueño imprevisto, como en Magritte, para resaltar aún más cuanto de fantasmal ofrece la rotunda evidencia. Qué ajenas, y próximas al sueño, nos resultan las cosas cotidianas. Como nunca debemos estar muy seguros de los enigmas que aferramos con nuestras manos.

Una dibujante clásica y minuciosa, que ya disfruta de los desafíos, como el recrear suntuosas telas y ondulantes cortinajes estampados en refinados diseños. Pero estos interiores, tan siglo XIX, tan cargados de plantas, ofrecen la irónica coquetería del autorretrato de la pintora, en el espejo de la polvera, en el desordenado batiburrillo de muchas cosas caídas por el piso. Ya estaba ella allí, como un personaje del Grupo Bloomsbury, apresurándose al concierto o a la cita a la hora del té.

Venía de la Argentina, había estudiado en la Universidad de los Andes, podía imaginarse metida en una bolsa de papel de envolver, y salir de viaje y pasar largas temporadas en Estados Unidos. Un cuadro de 1993, un pastel sobre papel titulado Bathers, es revelador. Los tres cuerpos extendidos en primer plano, en sus ondulaciones que contrastan con la verticalidad fabril de la estructura que domina el conjunto.

A Mónica Meira parece incitarla el desafío de los antagonismos inexplicables. Porque en realidad el escenario de una serie central en su trabajo son los bañistas en la playa, exudando la satisfacción corporal de esos gimnastas exhibicionistas, de ese mostrarse en grupo para acentuar, en negro, el contorno de un cuerpo que, sobre azules, lilas o dorados, es una lección de anatomía clásica, tendido, en reposo satisfecho, o destacando las líneas del vestido de baño. Todo un ejercicio de ángulos, escorzos, perspectivas y poses, que bien podían aludir a la exaltación de la salud y el deporte, y las virtudes de la expansión al aire libre, como quizás al hecho, ya secular, con que una pintora de hoy se mide ante un desafío milenario: el propio cuerpo humano expresándose a sí mismo. Interrogándose, de modo plástico, en el exultante esplendor de su energía. La luz con que los potencia recalca un brillo que sólo concede la pintora.

Finalmente, a todo lo largo de la década del 2000, la pintora colombiana Mónica Meira trabaja de modo obsesivo con el paisaje de montaña colombiana, en verdes profundos y ocres y marrones conturbadores, donde las ásperas sinuosidades del terreno son el fondo permanente sobre el que despliega frágiles figuritas humanas, que enarbolan banderas, telones o rectángulos blancos, entregados a misteriosas actividades. ¿Son excursionistas, a los cuales rescatan? ¿O se trata más bien de alpinistas, aferrados a sus cuerdas? ¿O, desde el Cerrejón al Cañón de las Hermosas hacen referencia tangencial a un escenario de conflicto? No lo sabremos nuca, pero no dejaremos de admirar, siempre, esa sabia disposición con que líneas y coordenadas los sitúan, como puntos inverosímiles en un paisaje sobrenatural, donde en ocasiones las piedras se tornan nubes que levitan.

Un magistral dominio de los espacios subyugantes, del estruendo avasallador de lo telúrico en medio de un silencio donde la ladera arde u hombres y mujeres vuelven a caer en cuenta de su fundamental insignificancia. En reconocimiento a la madurez de una artista y la posibilidad de repasar íntegra su trayectoria en el texto de Germán Rubiano Caballero, en la edición de Benjamín Villegas, nos corrobora la importancia de que la industria privada, en este caso Seguros Bolívar, contribuya de modo efectivo a la irradiación de la cultura.

José Alejandro Cortés lo hace desde 1976 cuando inició esta magnífica colección con los Grabados de Juan Antonio Roda. No ha desfallecido ningún año hasta hoy y, si sabemos algo más —y mejor— sobre Obregón, Rayo, María Paz Jaramillo, Beatriz González, Manuel Hernández y Santiago Cárdenas, entre otros, es porque Seguros Bolívar, con el activo mecenazgo de su presidente, y el dinamismo de su jefe de Relaciones Públicas, Yvonne Nicholls, han dado memoria a los colombianos, en bibliotecas y escuelas, de su herencia artística, y han demostrado, en la fotografía y la edición, cómo los libros de arte encierran a la vez magia y conciencia. Placer estético y afirmación nacional.

Hay en la exasperación minuciosa del realismo, el poder de convocatoria del sueño imprevisto, como en Magritte, para resaltar aún más cuanto de fantasmal ofrece la rotunda evidencia.
Juan Gustavo Cobo Borda

Agradecimientos al presidente de Sociedades Bolívar José Alejandro Cortés y a Benjamín Villegas y Juan David Giraldo de Villegas Editores por facilitarnos los materiales para esta publicación.