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Ciudades para lelos: Bogotá y Río de Janeiro, tienen bellezas paralelas aunque diferentes

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Por Óscar Domínguez G.

Si bien el Carnaval de Río es en febrero, a los forasteros nos parece una ciudad en estado de samba perpetua. Aquí somos menos anárquicos. Más aconductados.

Bogotá es activa, ejecutiva, estresante. La gente se mueve más rápido. Río es balneario por excelencia. Es ciudad sin prisa. La gente se toma media hora para morir de repente.

Bogotá ofrece el encanto erótico del frío. Río regala la sensualidad del calor que invita al estriptís. Río ha sido definida como «ciudad corruptora de mayores». En Bogotá también se puede pecar con fluidez de noche. Río es ‘solar’, costeña, ruidosa. Bogotá es ‘lunar’, melancólica, bulliciosa.

La eficiencia que sobra en Bogotá hace falta en Río. El aire puro que hace falta en el centro bogotano, sobra en la Avenida Atlántica, junto al mar.

En Río se baila samba. Bogotá es salsera de tiempo completo.

Bogotá tiene más planes culturales. Los cariocas prefieren las actividades al aire libre. En Bogotá manda el aguardiente. Río se baña en cachaça.

Los cariocas son costeños: extrovertidos, bulliciosos, informales, amables. Los bogotanos son bogotanos: introvertidos, formales, amables, educados, desconfiados. Encorbatados. En Río van a trabajar en chancletas. La comodidad primero, la moda después.

A Bogotá el mar se lo dieron en lujuriosa sabana. En Río, el mar se atraviesa más que un lotero en la Séptima. Por donde usted mire se encuentra paisaje de agua salada con sobrevuelo permanente de aves. Ambas ciudades se merecen vuelos directos, sin escalas en Perú o en São Paulo. Las escalas, dicen allí, son ‘chatas’ (fastidiosas, aburridas).

Tienen el Cristo del Corcovado, el más ametrallado del mundo por fotógrafos profesionales y por es más turístico. En cambio, el Cristo de Monserrate es más milagroso. Quedamos en paz.

No es fácil hacer amigos en Río. Bogotá se da más, como una mujer coqueta.

Los cariocas prefieren verse en la calle: la playa, el restaurante, la iglesia, el bar de la esquina. Rara vez invitan a su casa. Los bogotanos disfrutan invitando a sus amigos a comer, tomar trago y arreglar el mundo, ojalá alrededor de una chimenea. O velas, en su defecto.

Bogotá impacta con La Candelaria, Río ‘humilla’ con Santa Teresa. Son sitios diferentes, pero igualmente embrujadores por su antigüedad, belleza y ambiente bohemio, ‘socialbacano’.

Nuestras empanadas encarnan en los pasteles cariocas, rellenos de delicias que arruinan cualquier dieta.

Tienen hermosas y concurridas bibliotecas. Pero están mirando con lupa la red de bibliotecas bogotanas (Luis Ángel, Virgilio Barco, Tunal, Santo Domingo) para replicarlas en su territorio. Adelante. No somos egoístas.


Panorama desde las playas de Río. Al fondo, El Pan de Azúcar en ambas fotos.
Fotos: Andrea Domínguez


Ambas ciudades alientan la informal cultura del rebusque. Les llevamos de ventaja los audaces malabaristas de los semáforos que hacen cursillo para trabajar en el Circo del Sol.

Ellos venden la raqueta electrocutadora de mosquitos (eficiente arma contra bichos que producen dengue e insomnio causado por el zumbido volador).

Bellísimas personas, los cariocas. Los invitaría a almorzar si no fueran tantos, como once millones. Como bogoteño, infiltrado o forastero que llaman, no tengo quejas de la amabilidad y ternura rolas.

Río tiene mejor transporte público que Bogotá. Empezando por el metro que incluye vagón rosado, exclusivo para mujeres que desean ponerse a salvo de los impertinentes pellizcos del varón domado. Suena poético un Transmilenio con vagón rosado.

En ambas capitales, los taxistas son los jefes de relaciones públicas de la ciudad. Usted se instala y el taxista lo pone al día en segundos. Nos enteramos pronto de que en Río, como en Bogotá, los políticos suelen meter la mano en el bolsillo ajeno.

Las dos metrópolis emulan en la oferta oficial de espectáculos que tienen el encanto de lo gratuito. Por supuesto, hay menú cultural paralelo, privado, para todos los bolsillos.

La deliciosa carne que se consume en Río parece comprada en alguna fama bogotana.

La vanidad carioca suele expresarse en las playas de Ipanema y Copacabana. Aquí nos las arreglamos con la Zona Rosa, T, G, y demás consonantes que convocan al goce pagano.

En Bogotá, se habla de estratos 1a 6. En Río barajan distinto: la gente es de clase A, B, C, D, E.


Vista parcial de Bogotá, desde Monserrate.

A las cariocas las llaman para consumir y están ocupadas vaciando los centros comerciales. Claro que en ‘oneomanía’(gastar sin medida y sin necesidad) las bogotanas no se quedan a la zaga.

Si los cariocas probaran las frutas nuestras se morirían de la envidia. Por decir algo, un mango, un banano, una papaya del coloso suramericano, no les dan a los tobillos a los nuestros.

En asuntos de frutas ellos tienen algunas que extrañamos: cajá o acai. No conocen el lulo o el mangostino. En el peor invierno, Río no le niega días soleados a nadie.

En el mejor verano, Bogotá no se olvida de su prontuario de tierra fácil para los aguaceros.

Pobre cultura gastronómica carioca (gentilicio exclusivo de los nacidos en la sibarítica y hedonista Río): no conocen el patacón de plátano verde. En Bogotá, se encuentra en cualquier restaurante de uno o de varios soles. Si los cariocas desean comer papas de verdad-verdad, los esperamos por acá.

Los bolardos bogotanos son enemigos personales del parqueo de vehículos en la calle. En Río, cualquier vía es pretexto para improvisar ordenado parqueadero. Eso se traduce en comodidad para los propietarios, sin que se violen los derechos humanos de los transeúntes. De paso, genera empleo informal para cuidadores de vehículos.

Por favor, nacidos en la sorprendente Río, no nos hagan fieros con su imponente Jardín Botánico. El bogotano se llama igual y ha logrado reunir flores, árboles y plantas de todos los climas en un mismo sitio.

En cuestión de flores, la sabana está a años luz de Río.Del portugués dijo Cervantes que es una lengua sin hueso. La tragedia de los colombianos que optaron por Río para amar y trabajar, radica en que para aprender portugués deben empezar por olvidar el español.

Los más ricos de Suramérica carecen de la letra ‘eñe’ como tal. Tienen el sonido. Les hace tanta falta esa ninguneada consonante, que recurrieron al matrimonio entre la n y la h para lograrlo. Como en senhor.

En Río, los buses son cómodos, limpios. Nada de racimos humanos. Los conductores suelen tener un asistente que se encarga de recibir el vil metal. Nos podríamos copiar de ellos. Y mejoraríamos la calidad de vida de nuestros fittipaldis.

Los buses sólo se detienen en los paraderos. En Bogotá, los paraderos sirven para lo que sirven los bolsillos de las piyamas. Allá y acá los conductores manejan como si transportaran bultos de papas. Hay buses que tienen anoréxica pantalla de televisión en la que van suministrando titulares de las grandes noticias, a manera de certeros trinos. Enciman el estado del tiempo. A nadie le niegan su horóscopo.

Los habitantes de Bogotá y Río compiten furiosamente en el arte de brindar información rápida y certera al turista de a pie.

Correcto: en Río pululan provocadoras y provocativas garotas ligeras de equipaje. La ropa se queda en el clóset. Sobre todo en verano. Pero en asuntos de belleza femenina jamás nos golean 5-0. Hablaría de empate técnico porque las que taconean en la pasarela Bogotá también provocan insomnio. Bogotá es más democrática en su menú futbolístico. En Río sólo existe el fútbol hecho en casa (en una casa de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados que tiene el país). Les gusta tanto este deporte, que en el estadio se ahorran himnos. Sin preámbulos, se mueve el balón.

A la hora de las telebobelas, Bogotá y Río son una sola lágrima. En ambas prospera la industria del clínex para coleccionar furtivos lagrimones. En asuntos de inseguridad urbana tampoco nos pisamos las mangueras: atracadores y raponeros también pagan arriendo. Y sus hijos van a la escuela.

En Bogotá abunda el almuerzo corrientazo al mediodía. En Río, su equivalente sería el restaurante por kilos: se paga lo que se consuma en gramos. Cómo lo hacen para no perder es el gran enigma. Bogotá podría trasplantar esa modalidad. De nada por la idea.

A la hora del tinto, Río no le da a los tobillos a Bogotá. Difícil encontrar un buen ‘carioca’ (café) en la que fue capital de la nación hasta 1960, cuando la desbancó la jartísima Brasilia.

La multinacional Starbucks, de la que aprendimos el negocio de preparar café en todas sus modalidades, manda allí. Su alumno, Juan Valdez, le daría sopa y seco. Cafeteros: hay un filón en Brasil.

Correcto: Río tiene sus grandes almacenes. Pero no en el formato y atención de un Éxito, Carulla, Alkosto.

De nada, Río, por recibir asesoría colombiana (del metro de Medellín, específicamente) para el sistema de transporte por cable para llegar hasta las favelas, como el Alemão.

Nos aventajan en el imponente Pan de Azúcar, pero eso caminando rápido no se nota.

Río tiene miles de favelas que de lejos parecen vistosos pesebres que titilan en los morros. También en Bogotá, la pobreza se «mece altanera» más cerca de las estrellas. Como si miraran a los ricos desde el gallinero.

Tanto en Bogotá como en Río se puede hablar mal del gobierno sin que lo metan a uno a la cárcel. Que es la expresión de la democracia, en la semántica del maestro Echandía.

Bogotá: 2.600 metros más cerca de las estrellas. Río saca la mano y ahí está el mar, a cero metros.

En Río la despertada matinal y el adiós vespertino corren por cuenta de pájaros o de chicharras que ‘cantan’ como pájaros. Bogotá es más ortodoxa. En tan pertinente materia, sólo pájaros de carne y plumas despiertan a los bellos y feos durmientes sabaneros.

Obrigado.