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Tiempos posmodernos

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Por Sandro Romero Rey

En 1931, Charles Chaplin, convertido en el hombre de cine más famoso del mundo, decide hacer una gira mundial de promoción de su película Luces de la ciudad. En realidad, la ‘gira mundial’ consistió en viajar a algunos países europeos, donde su figura era más que idolatrada. Allí, impactado por los grandes conflictos económicos de la década del treinta, comienza a escribir una serie de artículos con utópicas fórmulas para la distribución de la riqueza. Dichos textos serían el origen de otro de sus filmes inmortales: entre el 11 de octubre de 1934 y el 30 de agosto de 1935, rodaría Chaplin su largometraje titulado Modern times, contando en el reparto con la joven actriz Paulette Goddard, con quien protagonizaría, a su vez, una escandalosa relación afectiva.



Hace 75 años se estrenó Tiempos modernos en las pantallas del mundo y, aún hoy, podemos decir que se trata de un filme de dimensiones universales. Pero, ¿qué le puede decir Chaplin a los espectadores del año 2011? Hoy, cuando el creador de Charlot es un ícono más grande que su propia memoria; hoy, cuando podemos contar con las 81 películas de sir Charles en nuestros propios reproductores; hoy, cuando gozamos con los estupendos documentales alrededor de su obra, cuando revisamos los comentarios del crítico David Robinson y de los hermanos Dardenne en la Colección Chaplin editada por MK2 en el año 2003; hoy, en fin, cuando el mundo parece estar demasiado lejos del llamado ‘cine mudo’ y de la historia del otrora séptimo arte, uno se sienta frente a la pantalla y descubre que Tiempos modernos es un film mucho más moderno que en 1936. Charles Chaplin consiguió aquí redondear su universo y crear una estética perfecta. Su hombrecito es un divertimento y, al mismo tiempo, es un paradigma. Es una película, por supuesto, que nos habla de la mecanización, del desempleo, de la locura, de la esperanza y del amor sin barreras. Pero, al mismo tiempo y, sobre todo, es una fiesta de los sentidos. Y casi sin habla. A pesar de que hacía años el sonido ya se había instalado en las pantallas del mundo, Chaplin insistió en construir sus filmes prácticamente sin diálogos y, con ello, mantuvo el tono, la biografía de su creación. La genialidad de sus películas está en la perfección del gag, en el humor impecable, en la fusión sin tacha entre el melodrama y la farsa.

Pero uno ríe aún con Chaplin, porque él supo contarnos uno de los peores dramas de la sociedad capitalista, recurriendo a su deliciosa y contagiada inocencia, la cual nos convierte en cómplices, hacemos fuerza por él, le ayudamos, lo escondemos para que la policía no lo capture, lo identificamos con los desvalidos de nuestros mundos y él sabe decirnos cosas sabias al oído, sin abrir la boca, mirando a sus congéneres con su miradita morronga, convertido en un héroe de las fábricas, de las cárceles, de los muelles, de los barrios de invasión, de los restaurantes, del music-hall.

En Tiempos modernos los personajes no hablan no por una limitación, sino por un recurso de la narración. Aquí, sólo tienen voz las máquinas (el monitor del jefe, la radio, las instrucciones de la ‘alimentadora Bellow’…). Los demás, los pequeños habitantes de esa sociedad imaginaria, son silentes. Sólo cantan, como cuando el vagabundo interpreta, en deliciosa jerigonza, una variación de la canción Titine, con la que empalaga a su público y pasa de villano a héroe en un abrir y cerrar de ojos. Charlot, a lo largo del filme, es el hombre al que le va mal en todo: al comienzo del filme, vemos un plano en picado en el que un rebaño de ovejas blancas avanza hacia ninguna parte. En la mitad, un oveja negra. Esa oveja negra es Charlot. Las ovejas son los obreros de las fábricas. Y, en particular, de una fábrica, una fábrica de la que no sabemos qué produce.

En esa fábrica trabaja nuestro hombrecillo. Atornilla ferozmente unas piezas hasta que la máquina se lo devora. Esa imagen, una de las más famosas de Modern times, es una hermosa alegoría del proyector cinematográfico: las poleas que convierten al obrero en una cinta que pasa, en una salchicha.



En su momento, la película fue acusada de plagio y de querer copiar las imágenes de À nous la liberté de René Clair. Es probable que de allí haya salido el impulso creador de Chaplin. Pero los grandes artistas siempre han copiado. Así como Elio Petri pudo tomar Tiempos modernos como modelo para su memorable La clase obrera va al paraíso. Porque en Tiempos modernos hay imágenes para copiar, para homenajear en todo momento. Hasta la cocaína hace su aparición desopilante en una cárcel, mientras el vagabundo come y termina siendo víctima de sus efectos. En ese carnaval de situaciones inolvidables, uno podrá llevarse a la isla desierta el recuerdo del hombrecito aleteando una señal de un camión y convirtiéndola, sin querer, en bandera de una manifestación. Uno podría guardar el rostro de Paulette Goddard con el cuchillo entre los dientes o la imagen final de los dos héroes, perdiéndose en el camino de la vida. Uno podría guardar tantas cosas de Tiempos modernos en estos tiempos tan posmodernos. Pero, si cerramos los ojos, nos quedaremos con Chaplin, con el eterno vagabundo, convertido en héroe feliz, en el paroxismo de sus triunfales derrotas.