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Mi mamá: la mejor cocinera del mundo

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Por Guillermo Angulo

Todo hijo (todo buen hijo) piensa con razón que la mejor cocinera del mundo ha sido su madre. Claro, es el punto de comparación con el que nacemos y entramos a la buena comida. Es como aquel metro de platino e iridio que había en París y que servía de referencia de todos los metros. Naturalmente mi mamá era la mejor cocinera del mundo, pero una vez hizo unas empanadas tan duras que me rompieron un diente: confundió la harina de maíz con un resto de cemento blanco, sobrado de una perfunctoria reparación menor que un maestro de obra distraído había dejado en el poyo de la cocina.

Parece que quien sí tiene razón sobre las calidades culinarias de su madre, doña Cecilia Faciolince de Abad, es Héctor Abad, y la opinión no es del hijo —que le restaría autoridad— sino de quienes han tenido el privilegio de probar sus platos. Doña Cecilia tiene además la honestidad de titular su libro de cocina Recetas de mis amigas. Ningún autor culinario ha inventado todas las recetas, pero nadie lo confiesa. Hay algunas excepciones, como Alice B. Toklas, la amiga de Gertrude Stein, que trae una receta de «Alcachofas rellenas Stravinski» y le da crédito a Mercedes da Acosta. Hay otra receta de la Toklas, con Cannabis, llamada «Haschich Fudge», sin crédito pero con amplias referencias a Baudelaire y su «alimento del Paraíso». Y Alexandre Dumas (sí, el de El conde de Monte Cristo) en su libro de cocina apenas si le da crédito a M. de Courchamps, por una mísera receta para hacer pancakes. Pero doña Cecilia va citando, uno por uno, los nombres de sus amigas, que incluyen a una muy querida (la única amiga mía): Rosa Helena Álvarez de Betancur.


Portada del libro Recetas de mis amigas de Cecilia Faciolince de Abad Editorial Aguilar.

La frase «los hombres en la cocina huelen a rila de gallina» es auténtica, ya que las seis mujeres de mi casa la esgrimían contra los dos únicos hombres. Así que mi primer contacto con un libro de cocina, El arte de comer bien, fue en Italia. Su autor es Pellegrino Artusi (1820-1911) y lleva 111 reimpresiones. Don Pellegrino es muy divertido. Cuenta casi siempre una anécdota antes de cada receta y advierte, por ejemplo, que tal plato viene de Turquía y hace que las mujeres se vuelvan caderonas, porque así les gustan a los turcos. Y, antes de dar la receta de la pomarola, o salsa de tomate, dice:

Había un cura en una ciudad de Romaña que metía la cucharada en todo, interfería en la vida de las familias y en cuanto problema doméstico en el que pudiera dar su opinión. De otra parte, era un hombre honesto, y como de sus intromisiones salían más cosas buenas que malas, la gente las toleraba; pero el pueblo ingenioso lo bautizó Don Pomodoro [Padre Tomate] para indicar que él, como los tomates, entraba en todas las recetas. Por lo tanto, una salsa de esta fruta será siempre una ayuda plausible en la cocina.

Las recetas de doña Cecilia, al contrario de las de Artusi, están muy bien explicadas, pensando en los que no somos tan expertos en la cocina. Así son los buenos libros de cocina, como los clásicos de Giuliano Bugialli o de Craig Claiborne y Pierre Franey, sin mencionar a la legendaria Julia Child, ya inmortalizada en el cine (Julie & Julia), donde la representa Meryl Streep, a quien el malévolo Truman Capote bautizó como la «Carepollo». El libro de doña Cecilia trae 527 sólidas páginas pero, como dicen del buñuelo en Antioquia, «no tiene presa mala».

Todas las recetas están muy bien explicadas y son dignas de ser probadas. Yo empecé por una muy sencilla, de la sección «Picadas», el «Paté belga de hígados de pollo», y en una pequeña reunión con amigos tuvo gran éxito. La única receta que no pienso probar es el «Pollo Opus Dei», por prejuicio político. Y porque otros dos beatos son mis preferidos: el doctor José Gregorio Hernández, de sombrero y corbata, y el padre Marianito, hoy a la baja después de que Uribe le dijo: «Yo con vos estoy sobregirado». Qué confianzudo: vosear a Marianito...

Recomiendo ampliamente el libro de doña Cecilia e invito a que lo compren, previa advertencia a los malévolos: no tengo el gusto de conocer a la autora, y por lo tanto no aspiro a una comisión sobre sus ventas que, por una librera amiga, sé que han sido sorprendentes.