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“La vida es en blanco y negro, el color es Walt Disney”

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Por Adriana Gómez Arbeláez

La exposición rescata los experimentos y búsquedas en torno al soporte fotográfico que Fernell Franco realizó a lo largo de su carrera y fueron -hasta ahora- una faceta desconocida del trabajo de este fotógrafo caleño. Abierta hasta el 24 de abril, en el Museo Nacional.

En el Cali de Andrés Caicedo hizo su primera exposición Fernell Franco. En Ciudad Solar, una casa donde el arte se amancebaba deliciosamente con la vida, pues allí vivían muchos de los exponentes de la contracultura caleña en los años setenta. La serie Prostitutas, realizada en el puerto de Buenaventura, ya dejaba ver el talante que caracterizó su obra durante cuarenta años. También dejaba clara una diferencia. Mientras aquellos vanguardistas eran muchachos pertenecientes a familias acomodadas de Cali, Fernell llegó a la ciudad muy niño con su familia, a finales de los años cuarenta, huyendo de la violencia política en su natal Versalles, pueblo del Valle.


Prostitutas en La Pilota de Buenaventura. Fotografía de Fernell Franco.

Fernell estuvo sobreexpuesto a la vida, lo cual sustentó inmensamente su obra. Dicen que muy joven fue controlador en un paradero de buses y que incluso ejerció de zapatero. En la fotografía empezó como mensajero de un fotoestudio, repartiendo por la ciudad los encargos de los clientes; hizo fotos para cédula en la registraduría e inmortalizó a los transeúntes en el legendario puente Ortiz. Todas estas cosas tienen en común el contacto entrañable con la ciudad y su gente más anónima.

Sólo en los años sesenta logra empezar a trabajar como reportero gráfico de periódicos locales y posteriormente entra al medio de la publicidad, donde se relaciona con la gente del Caliwood en una época irrepetible, caldeada por las luchas estudiantiles y el movimiento cultural. Completamente autodidacta, a Fernell lo formó la ciudad misma, la gran curiosidad con que miraba revistas y publicaciones, y también el cine, de donde decía que le venía su convicción por el blanco y negro, para él referente de la vida y la muerte. Aunque era un reportero nato, el oficio perdió auge y las publicaciones optaron por encargos más comerciales. Por este motivo, sin proponérselo, su trabajo da un giro hacia la fotografía artística.

A mediados de los noventa, cuando tuve la oportunidad de compartir unos meses con él, todavía quedaban vestigios del Cali cultural. En la rumba caleña se encontraba unos personajes muy interesantes, que vivían y siguen viviendo de ese pasado. Fernell, inmune a esas cosas, era uno de los artistas más respetados en Cali, casi una persona de culto, incluso en vida. Algo que a él le traía sin cuidado. Era alguien un poco volátil, de una encantadora y moderada timidez, de movimientos muy delicados, siempre esquivando un mechón de pelo que se le venía a la cara.

Yo había salido de la universidad y no se me pasaba por la mente un trabajo convencional, pues lo que a mí me gustaba era caminar por la ciudad, que era muy bella, y hacer fotos en sus calles. Por esa época llegué una tarde a su casa y simplemente le dije que quería trabajar con él. Con una enorme gentileza, sin conocerme siquiera, inmediatamente me aceptó, con la salvedad de que era medio tiempo. Fue el trabajo más agradable que haya tenido en mi vida: tomábamos café, conversábamos intensamente y nos reíamos tres de las cuatro horas de mi medio tiempo; a veces me sumergía en el cuarto oscuro para asombrarme siempre mientras surgían las imágenes de Fernell, o nos sentábamos ante su gran escritorio a iluminar con un poco de óleo algunas fotografías, para después montarlas bellamente sobre trozos de papel, como sólo él sabía hacerlo. Otras veces salíamos a cumplir con un compromiso y en esas ocasiones realmente tenía que forcejear con Fernell para que me dejara ayudarle a cargar el equipo. En ese entonces me empezaron a llegar mis primeros encargos como fotógrafa (hermosa actividad que cambié por los áridos oficios editoriales), y me quedaba algunas tardes encerrada en su laboratorio haciendo fotogramas que al salir a la luz le mostraba a Fernell buscando su visto bueno.

Aunque Fernell registró los procesos de decadencia de la ciudad, no era un nostálgico, sino una persona contemplativa, llena de curiosidad y de proyectos, de los cuales muchos tristemente no se realizaron. Recuerdo haberle escuchado que quería hacer una serie en una cárcel de mujeres, pero lo agobiaba pensar en las dificultades para realizar proyectos fotográficos en Cali, consciente de que esto requería un trabajo de investigación demasiado costoso que obligaba a recurrir a la financiación de las empresas.

Un poco tarde las cosas empezaron a cambiar para Fernell, tal vez a raíz del trabajo que hizo la curadora María Iovino. Fruto inicial de ello fue la exposición y el catálogo Fernell Franco: otro documento (2004), a los cuales siguieron muestras internacionales que le abrieron un lugar en la fotografía latinoamericana. En 2005 Fernell ganó un premio otorgado por la Universidad de Harvard y el David Rockefeller Center for Latin American Studies. Con su muerte, en 2006, estas instituciones decidieron financiar la Fundación Fernell Franco, donde su esposa y sus hijas colaboran en un trabajo de digitalización, catalogación y conservación de una obra que anda por los 45.000 negativos. En Colombia su trabajo empieza a conocerse.

Todos los que rodearon a Fernell Franco lo admiraron y lo quisieron de verdad. Ninguno de su entorno escapó al imán de su silencio enigmático y a la precisión de sus pocas palabras.
Jorge Mario Múnera
En el ensayo inédito FERNELL La amante del fotógrafo - Una versión de la vida de Fernell Franco

Al Museo Nacional, gracias por el suministro del material que forma parte de la exposición Fernell Franco, fotografías “Una impecable soledad”.

Lugar: Museo Nacional Cr 7 Nº 28-66
Abierta hasta el 24 de abril
Horario de visitas: martes a sábado 10:00 am a 6:00 pm; domingo 10:00 am a 5:00 pm
Costo: $500 a $3.000; gratis niños menores de 5 años, ancianos y discapacitados
Informes: 381 6470