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Literatura afrodescendendiente en Bogotá

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Por Juan Gustavo Cobo Borda

El arte se nutre más de la memoria que de la tierra física de origen. Por ello resulta sugerente pensar en cómo creadores de regiones tan diversas y cálidas de Colombia, como Mompox, Lorica y el Chocó, hayan encontrado en las montañas capitalinas un refugio mental para realizar sus obras, aunque quizás las circunstancias físicas, económicas y sociales no hayan sido las ideales. En todo caso, varias figuras afrodescendientes encontraron en su residencia temporal o permanente en Bogotá estímulo para la escritura.

Pinturas de Guillermo Wiedemann.

Reproducciones, cortesía de la Biblioteca Luis Ángel Arango

En 1887, en Bogotá, habían aparecido los Cantos populares de mi tierra, de Candelario Obeso, curiosamente dedicados en su mayoría a figuras de la política y las letras, como Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo y José María Samper. El hijo natural y sin contactos, que había venido de la Costa carente de recursos a estudiar en Bogotá, buscaba así vincularse con el poder a través de las letras, y algunas prebendas diplomáticas consiguió: en Panamá, primero, y luego en Francia. Sólo que ese romanticismo también dejaba traslucir la discriminaciones y la injusticia.

Pero Candelario no cejaba, como lo atestigua su largo poema La lucha por la vida publicado en 1882, y los manuales que traducía para aprender inglés, francés o italiano, sin olvidar por ello su versión del Otelo de Shakespeare. No sería extraño que esta figura singular, en un medio ramplón y obnubilado por la blancura de la piel y el lustre de los apellidos, terminara suicidándose el 3 de julio de 1884. Su admirador, Juan de Dios «El Indio» Uribe, lo despidió así: «Candelario Obeso tomó la muerte por su propia mano en vez de esperarla calmado».

A partir de esta brecha abierta por Obeso, otras figuras afrodescendientes enriquecieron la historia literaria colombiana con aportes concretados en Bogotá. Tal el caso de Arnoldo Palacios y Manuel Zapata Olivella. Palacios, nacido en el Chocó en 1924 y afectado de poliomielitis desde niño, viajó en 1943 a Bogotá, con una beca para terminar su bachillerato en el colegio Camilo Torres. Allí, un hombre próximo al mundo del latín, el griego y la gramática, que era su rector, José María Restrepo Millán, alentaría su interés por las letras, que ya se hace visible en cuentos y una obra de teatro.

Pero fue un poeta, rector de un colegio ya célebre en Zipaquirá —donde estudió Gabriel García Márquez—, quien le prestaría máquina de escribir y le daría papel al joven Palacios para que, sin abandonar sus perpetuas muletas, tecleara con pasión y furia una novela de unas 130 páginas que titula Las estrellas son negras. Se trataba del poeta Carlos Martín, el benjamín del grupo «Piedra y Cielo». Palacios terminaría su novela el 8 de abril de 1948 y el edificio ‘Cadena’, donde estaba el manuscrito, sería incendiado. La tragedia personal se funde en el drama nacional y el texto, marcado por la injusticia, tiene un centro trágico: el hambre que acosa a su personaje, el joven Irra, y las 24 horas de su desolada peripecia. Pero las cenizas del 9 de abril de 1948 no dispersan su recuerdo. En dos semanas reescribe el manuscrito quemado, de memoria, y el generoso y entusiasta Manuel Zapata Olivella se lo entrega al editor español Clemente Airó, propietario de la Editorial Iqueima.

Allí aparece esa singular mezcla de objetividad descriptiva y lenguaje impregnado con la musicalidad expresiva de los hablantes del Chocó y de las orillas del río Atrato. En septiembre de 1949 Arnoldo Palacios viaja a Francia a estudiar lenguas clásicas en la Sorbona. Pero fue en Bogotá donde logró dar forma a su testimonio comprometido con una realidad desoladora.



Manuel Zapata Olivilla, nacido en Lorica, Córdoba, en 1924 y fallecido en Bogotá en el año 2004, era médico y estudioso del folclor. Antropólogo que estudió las raíces africanas de la etnia negra en Colombia, viajero por tierras de América (Centroamérica, México, Estados Unidos) —de lo cual dio muy aguda cuenta en sus crónicas de viaje— pero ante todo era un novelista y afronta, con su obra La calle 10 (1962), el tema urbano en Bogotá visto en su marginalidad dolorosa. Pero ya en 1947 había dado la pauta para entender su visión del mestizaje y la diversidad cultural del país cuando escribió:

Bogotá ha despertado al oír el tamborileo de los bongoes, el aullido de las maracas y el verso pícaro, desnudo de rubores, de la puya y el vallenato costeños. El Caribe dejó escuchar en los picachos andinos sus cantares impregnados de la algarabía africana.

Era él quien los había traído a estas alturas y quien los había promovido y nos hablaría, en la década de los 50, de los gaiteros de San Jacinto o de los acordeoneros de Valledupar o de cómo el porro conquista Bogotá.

También aquí en Bogotá, a partir de 1965 y durante 20 años, Zapata Olivella sostuvo, contra viento y marea 42 números de una revista llamada Letras Nacionales, en la cual defendió sus tesis sobre una literatura nacional comprometida, que abría con largueza sus páginas a figuras como Jorge Zalamea y Manuel Mejía Vallejo, y estudiaba fenómenos culturales como el nuevo lenguaje de la novela latinoamericana, ante la aparición de obras como las de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

Novela y poesía, teatro, ensayo y pintura, son analizados en un primer planteamiento que corroboraría el sentido ulterior de la revista y el trabajo de su cultura, donde convivirían clásicos como León de Greiff y Fernando Arbeláez, con la nueva generación poética y narrativa representada por Roberto Burgos Cantor, Luis Fayad y José Luis Díaz-Granados. Tal la importancia hospitalaria —además de su valor como novelista y de su obra humanitaria como médico— de Manuel Zapata Olivella, en su cruzada cultural en Bogotá.