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Ensayos para un mundo perfecto Fracasar es un acierto

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Da igual. Prueba otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Samuel Beckett

Por Juan Gustavo Cobo Borda


Estos Ensayos para un mundo perfecto, exposición que se exhibirá en la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango hasta el 2 de mayo de 2011 y que apoya el Banco BBVA y el Banco de la República, dan, en primer lugar, la impresión de una batiburrillo desconcertante.

Una instalación dadaísta de objetos perfunctorios, unos soportes tecnológicos al día que sólo registran la fatiga claustrofóbica de una cancha de squash o el abarrotado estudio de un pintor primerizo, saturada su pared con los recortes de sus ídolos previsibles: Andy Warhol, Paris Hilton, Jorge Luis Borges y Héctor Lavoe.

Pero el curador de la muestra, Carlos Betancourt, ha encontrado un hilo de Ariadna para este galimatías. El fracaso como logro o esbozo de lo que no llegó a ser. La sugerencia irrealizada de una idea que no alcanzó concreción. El divertimento obsesivo que puede llegar a ser trágico en su repetición maniática.

Veamos así unos ejemplos válidos entre estos cuarenta jóvenes artistas. En primer lugar, Carlos Castro arma una máquina musical, una especie de tambor-marimba en la cual unas 69 armas blancas, de un lote de mil decomisadas por la policía, hacen vibrar las teclas que interpretan una marcha militar romana del siglo III. ¿La otra cara de la violencia exorcizada sería su conversión en música? La otra obra del artista une también la ironía con un mensaje no explícito: los granos de la mazorca exhibida son 381 dientes humanos.

Leemos así un abanico de relaciones entre vida y muerte, comer y sobrevivir, perdurabilidad y extinción que puede proyectarse a otros ámbitos de la muestra. Es el caso, por ejemplo, de Edwin Monsalve, en cuya obra hay una lámina, ícono de nuestra proverbial Expedición Botánica del sabio Mutis, que es recreada con amorosa dedicación científica, con pigmentos evanescentes de clorofila. Las especies que se extinguen desaparecen al igual que estos colores tenues y efímeros: la Expedición se ha trocado en la extinción palpable de nuestro medio ambiente. Así, de la violencia a la ecología, llegamos a otro de los núcleos centrales de la exposición: uno de sorprendente actualidad es el video de Óscar Leone, Agua Cero, donde la vasta extensión acuática de la Ciénaga Grande de Santa Marta y su dilatado horizonte marino son armónicamente sorprendidas por la caída de un bailarín-nadador que se hunde en sus aguas, una y otra vez desde diversos planos, en un ritual de hundimiento y resurrección reiterado. De invierno celebratorio.

Muchos otros artistas cultivan también esa obsesión enloquecedora en un mismo gesto congelado hasta el delirio, como las palabras de contabilista de Andrés Felipe Vargas o los paquetes de Juan Raúl Hoyos o las estampillas de Alex Rodríguez, con su vaca y su ternero mamón.

Actos fallidos, ambivalencia, ironía, las efigies de Marcel Duchamp y Gilles Deleuze nos acompañan con sus juegos de palabras, con su esquizofrenia conceptual, que logra en ocasiones concretarse en imágenes cuya evaporación y desvanecimiento nos recuerdan cómo también los sentimientos son históricos y todo esplendor conlleva caída, como los femeninos zapatos de tacón alto de Ana María Villate que, hechos de hielo, terminan por apuntar hacia la ilusión con que el amor construye castillos efímeros y relaciones harto frágiles.

Pero también la antropología tiene mucho que decirnos en las fotos, disponibles a la salida, de las quinceañeras palenqueras afrodescendientes de Wilger Sotelo, que nos acompañan con su risueña belleza y la sofisticación instintiva de sus trajes y adornos, o los puntos límites, de cierre y clausura, con que una lectora del modernismo brasileño, de enero de 1922, y su célebre manifiesto ‘antropofágico’, destruye y razona a partir de allí su propia obra, como es el caso de Lorena Espitia y El triunfo de la voluntad.

Así, el espectro recorrido nos puede llevar desde lo más clásico en dibujo, como el libro de viajero de Carolina Ruiz sobre Petra, o en pintura gracias a los colores fauvistas con que Sebastián Fierro vuelve a recrear la Ballena azul. Pero, en realidad, el caos humorístico que preside la muestra lo refleja la tienda Jarros (sucursal tropical de Harrods, de Londres) donde el colectivo N.N., de Montería, Córdoba, nos ofrece la mejor síntesis de «todas aquellas cosas que nunca quiso tener y cuya inutilidad está ampliamente demostrada». En contra del consumismo falaz y las marcas vacías, como ‘Colombia es pasión’, la sonrisa traviesa desmonta la política (y la parapolítica) y nos liberan con esta saludable extravagancia juvenil.
Lo que se presenta deliberadamente como un aparente fracaso colectivo es, no hay duda, una serie exitosa de logros individuales que vale la pena apreciar para sentir la temperatura creativa del país.

El fracaso es una forma de conocimiento y como tal hace más parte de nuestras vidas, que el propio éxito.
Reflexión de 43 artistas en la Luis Ángel Arango.