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Abdu Eljaiek: la rebelión apacible

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«Abdu no exalta ni profana, no experimenta, no denuncia ni comercia con la realidad...»

Por Santiago Mutis Durán

Lo sencillo encierra el enigma
de lo que permanece.
Martin Heidegger

El trabajo de este fotógrafo calamarí tiene más raíz y más inocencia de la que el hombre de ahora quiere o puede soportar. Es noble y directo, con sencillez, como las palabras de esa niña misteriosa que fue Emily Dickinson: Si consigo evitar que un corazón se rompa, / no he de vivir en vano». Fácil de decir, incluso de sentir, pero todo se opondrá a que se cumpla una vida de tal «simpleza». (Por eso su cumplimiento hará de la misteriosa sencillez algo... ¡heroico!).


Ansel Adamaamaamas, Estatados Unidos, 1974.

En sus fotografías no se trata de registrar la vacua cotidianidad de la vulgaridad humana, como tal vez temía Jung de la abundante fotografía que comenzaba a cercarnos: «una conciencia pasiva, meramente perceptiva, o más bien un simple ojo... expuesto sin freno ni selección a la catarata turbulenta, caótica, disparada, de los hechos físicos y psicológicos...».

Los contemporáneos de hoy resienten en su obra la ausencia de «crítica», el que no trabaje con »fragmentos, grietas, residuos, harapos, escombros y conjuntos inorgánicos»: con la descomposición, la disolución, con »formas abortadas precozmente», con la ambigüedad, lo siniestro... en fin, con las nieblas del Hades.


Alejandro Obregón.

Podríamos decir, utilizando una vez más las palabras de Jung –espero que no abusivamente– que Abdu quisiera «restaurar al hombre... despertando el recuerdo de la sangre». En la moral bestial de hoy, esto es falta de visión, un retroceso... algo totalmente superado. «Tu alma morirá antes que tu cuerpo: ¡no temas ya nada!» Por eso, la más alta poesía es la que nos condena. Ante el brillante nihilismo actual, y la soez realidad en la que florece, muchos aún nos preguntamos: «¿Es posible crecer interiormente?» Todos sabemos que sí, pero la respuesta no forma parte del Gran Negocio*, como sí el dejarse arrastrar por la corriente, por la compulsión del consumo, la deformidad, el lujo, el dinero (a mayor insatisfacción moral, mayor es la «necesidad» de compensación económica), la exuberante corrupción, el embrutecimiento, la inhumanidad... Uno se acostumbra a todo cuando se ha alcanzado el grado exacto de resignación, nos dice Jung. En esta libertad que mutila, en esta atrofia espiritual, esta malformación de los sentimientos y las emociones, «lo destructivo ha sido convertido en fin en sí mismo». Es aquí en donde la personalidad y el trabajo de Abdu cobran sentido, capaz de contrariar todo este jolgorio apocalíptico, este bosquiano jardín de delicias. Abdu insiste en mostrarnos lo que ya no vemos, no queremos ver, porque no nos conviene: la firmeza de un ser, un Hombre honrado consigo mismo, maduro, erguido, con personalidad, capaz de expresión, responsable de sus actos, de autonomía, de vida vivida, de belleza interior, de humanidad...


Rogelio Salmona, 1986.

El orden, la composición, los valores formales de sus fotografías, son manifestaciones de su temperamento y valores humanos, valores que buscan amorosamente una imagen, y la sostienen; lo que sólo creemos «anquilosamiento en la tradición» (en palabras de cualquier curador de hoy: ¡ya entenderán!), son virtudes, su voz viva y su secreto, su núcleo, abierto al movimiento de ser; Abdu ve correr la savia de la vida y lo celebra; festeja la honda sencillez, que aflora desde la naturalidad y de la experiencia; sonríe ante la sorpresiva aparición del humor y nos deja ver todo el peso de la gravedad, de la trascendencia, y también la garra con que nos cava el tiempo... que misteriosamente circula en el centro de sus imágenes.
Es así como Abdu rehusa encandilarnos con la búsqueda de novedades o rarezas. Él hace síntesis, quiere la nitidez, lo afirmativo, y lo asegura con marcadas verticales y horizontales que fijan un mundo en imagen, pero no como un pobre insecto expuesto a la curiosidad que le ha quitado la vida, sino que sus imágenes respiran, se mueven: «el centro se halla abierto».

Abdu ha hecho que en sus fotografías el tiempo viva, se anime. Como diría un niño de cinco años respondiéndole a su maestro, «es cuando Dios nació»: el alma convertida en viento.

La dignidad y nobleza que hay en sus fotografías, responden, pues, a la claridad de alma y de visión que él ha construido, primero que todo en sí mismo; ese es su carácter y su visión del mundo, de Colombia, de sus gentes y los pueblos, de sus paisajes, de los caminos, de sus artistas y, sobre todo, de sus mujeres. La autenticidad, el sello indeleble de la personalidad, la vida hecha a pulso, la belleza y la integridad, la entereza de quienes se han hecho a sí mismos, son las virtudes a las que responde su trabajo de fotógrafo, seguro, diáfano, equilibrado, teñido de honda y límpida admiración, de franca amistad, por que son las cualidades que él reconoce y hoy defiende más que nunca, pues las sabe amenazadas por una vida que ya nos las valora, empeñada como está en un relevo de principios que ya no lo son más. No hay para Eljaiek más alto logro ni mayor tesoro que la luz de »un rostro», una cultura, un temple capaz de trazar o asumir un destino, decididamente humano. Este asumir éticamente la vida es lo que esconden sus fotografías, el valor que todos vemos en su trabajo, en su gente, a la que nos hace ver con su íntima riqueza, con la franqueza de su ánimo.


Gavilan, 1968.

Repito, la claridad moral que recibimos de las fotografías de Eljaiek se debe a su libre y decidida elección, limpia de prejuicios, la cual lo aguzan ante esos momentos en que «se manifiestan efectos visibles de lo invisible» —como diría nuestro siempre asombroso I Ching—: «donde un acto es clara expresión de la actitud interior». Aquí es donde nace el fotógrafo, porque él también necesita la vivificante fuerza de lo que encuentra.

Por eso Abdu no exalta ni profana, no experimenta, no denuncia ni comercia con la realidad... simplemente encuentra, reconoce en la vida que vive cosas que protege: la alerta seriedad de un niño que en un instante se hace hombre (y ve que el sudor / es una corona grave), una muchacha que se sorprende ante el repentino encuentro de nuestros ojos, toda la edad de una montaña iluminada a cuyo pie hemos levantado nuestra abismada existencia, el alma en vilo de Camilo Torres, el brillante esplendor de un gavilán que desde el vuelo de su sangre acecha toda la sangre, la mirada nada terrenal de Alejandro Obregón, la suave belleza de una joven del campo que siente impudorosa la fotografía, un anciano del pueblo que conoce los rigores de su dios, el viento ( que «... relata / lo que es sin tiempo y sin ribera»), un puñado de días lanzados a la luz del azar, un viejo bosque de olivos que han olvidado la mano del hombre...


Villa de Leyva, 1973.

«El camino [de campo] congrega todo lo que existe a su alrededor, y a todo el que por él transita le aporta lo suyo.... Amenaza el peligro de que los hombres de hoy permanezcan sordos a su lenguaje... A [quienes han perdido el camino] lo sencillo se les antoja uniforme, [y lo] uniforme hastía...». La callada fuerza de lo sencillo, que es un bien adquirido, «se ha agotado». Pero es allí, en el sencillo camino de campo, dice Heidegger, donde «madura la sabia serenidad»: «Quien no lo tiene no lo obtiene... Lo que es siempre lo mismo extraña y libera... oculta su bendición... Todo habla de una renuncia en lo mismo. La renuncia no quita. La renuncia da. Da la fuerza inagotable de lo sencillo».

Alguien o algo vela por sus criaturas. Tal vez un tiempo más perdurable, más genuino, más lento, como el »olor de la madera de roble».
Pareciera que Abdu no padece la oscura tiranía del tiempo –que nosotros llamamos libre albedrío–, ni su opresión ni lo mucho que sus manos deshacen,  abandonándonos a un laberinto que sabemos ya sin misterio, y donde hallaremos, apenas, un tardío desconcierto. Para Abdu todo tiene un centro; tal vez por eso uno siente que sonríe. Para él, personalmente, no hay paraíso, probablemente infierno, en los ojos de quienes no quieren ver.

Ante la malsana inconsistencia de una realidad que ha sustituido la civilización por la depredación –del hombre y de la naturaleza–, Abdu suprime la ordinariez, la provocación, la debilidad mental, el exhibicionismo, las ventas de cuerpo y alma, la vanidad y todas las rastreras »cualidades» del mercado de la imagen... Por eso fotografía a Eduardo Ramírez Villamizar, Héctor Rojas Herazo, Guillermo Abadía, Olav Rots, Rogelio Salmona, Ansel Adams... en la transparente responsabilidad de una vocación ascendiendo contra la corriente, que cae hacia lo más bajo.
Para mí está claro: estamos entre el Salvajismo y la Cultura, y, si hemos de responder con el don de la Imaginación, y con lo que nos resta de humanidad, entenderemos por qué Abdu Eljaiek jamás fotografió la brutalidad. Bogotá 2011



* En 1949 un documento de expertos (Naciones Unidas) nos dijo lo que sería el acelerado y doloroso desarrollo económico impuesto a los países subdesarrollados (nosotros): «Las filosofías ancestrales deben ser erradicadas; las viejas instituciones sociales tienen que desintegrarse; los lazos de casta, credo y raza deben romperse... y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida...» Etc., etc. (Gerardo Ardila, conferencia, Universidad Nacional 2011).