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La educación, alma del barrio Fátima

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Por Otty Patiño
Observatorio de Culturas

Este barrio debe su nombre a la parroquia de Fátima, que actualmente va más allá de los confines del barrio. La parroquia fue creada el 7 de octubre de 1960, por decreto del entonces arzobispo de Bogotá, Luis Concha Córdoba. El nombre completo de la parroquia es Nuestra Señora del Rosario de Fátima, en honor a una de las más conocidas advocaciones marianas cuyo origen se remonta a tres niños campesinos, pastores de ovejas y cabras, en una región de Portugal nombrada Fátima por los árabes cuando estos dominaron la península ibérica.

Según la leyenda, a estos niños se les apareció la virgen durante seis meses consecutivos, desde el 13 de mayo hasta el 13 de octubre de 1917. Los pastorcitos echaron el cuento de que, durante estas apariciones, la virgen les dejó un mensaje en tres partes. La última parte se convirtió en un secreto papal y, según algunos jerarcas católicos, allí hacía recomendaciones para evitar calamidades provocadas por el demonio. Estas anunciadas calamidades eran terroríficas y se conjuraban al encender velas benditas y rezar devotamente el rosario. Aunque muchos sacerdotes católicos, como el padre Ernesto María Cano, han desvirtuado muchas de las especulaciones derivadas de esta leyenda al calificarlas de supercherías, otros clérigos, como el archiconservador padre canadiense Nicholas Gruner, se han enfrentado al Vaticano acusando al Papa de ocultar «la verdad» del mensaje de Fátima.

Doña Rosa María Cabezas, dirigente comunal del barrio Fátima, quien vive allí desde los cuatro años —actualmente podría tener más de setenta—, nos dice: «para mí lo único importante de los gobiernos y las iglesias es que sirvan a la comunidad, porque ni de la religión ni de los colores políticos se come». Educada en el colegio de las hermanas de La Presentación cuando era gratuito, doña Rosa nos recibió, junto con otras dos señoras, en el segundo piso del centro comunitario, una edificación construida a pulso por la comunidad barrial en cuyo primer piso funciona un comedor comunitario financiado por el Distrito y que atiende diariamente a unas quinientas personas. «La comida es fresca, balanceada y bien preparada», nos asegura doña Olivia Luna, otra de las más antiguas activistas del barrio.

Fátima sigue siendo actualmente un barrio residencial de estrato 2, ubicado entre las carreras 33 y 38 y las calles 49 y 54 Sur. A un lado está ubicada la muy conocida Escuela de Policía General Santander, la cual participa en todos los programas comunitarios que allí se desarrollan. Antes de la creación de la parroquia tuvo otros nombres como El Tablón y La Libertad.

El nacimiento del barrio Fátima giró en torno a tres grandes establecimientos educativos: El Colegio Industrial Piloto de los Hermanos Cristianos, la Escuela de Nuestra Señora de Fátima de las Hermanas Vicentinas y el Colegio de la Presentación de las Hermanas Dominicas. Ese nacimiento alrededor de estos centros educativos es lo que posiblemente ha preservado a Fátima como un lugar residencial con gente profundamente enraizada en el territorio barrial.

Cuando le preguntamos a doña Rosa cuál era el centro del barrio, ella nos dice que el parque. Lo visitamos un viernes como a eso de las 10 de la mañana y estaba totalmente ocupado por colegiales del IED Instituto Técnico Industrial Piloto, cuyas cuatro sedes absorbieron a los antiguos colegios y escuelas manejados por religiosos, con excepción del colegio de La Presentación. Así mismo, le indagamos por el lugar más representativo del barrio y ella nos afirma, sin vacilar, que la iglesia. En efecto, a partir de 2002, por decreto 606 expedido por la Alcaldía Mayor de Bogotá, el templo parroquial fue declarado como un «Bien de Interés Cultural».

Durante nuestra conversación con doña Rosa, doña Olivia y doña María Emma Garrido (de esta última supimos que, pese a su larga edad, todavía era una gran deportista), nos dimos cuenta de la gran importancia que, para la gestación del barrio, tuvo el lugar donde luego se gestó el Colegio Industrial Piloto. «Era un lote cercado por matas de fique donde primero se construyó un galpón. Allí, gracias a la inmensa labor del Hermano Carlos, se fue haciendo el colegio, pero también era el lugar de refugio de los habitantes cuando esto se inundaba en los inviernos. En ese sitio también se instaló Sendas, que era el programa social del general Rojas, manejado por su hija María Eugenia», aseguran.

La vida cultural del barrio Fátima depende en buena parte de la oferta de la localidad donde pertenece, es decir, Tunjuelito. Doña Rosa nos dice, orgullosa, que ella hace parte de la base cultural de la localidad y que le gusta mucho la Casa de la Cultura de Tunjuelito. «Allí tratan de que la gente vaya más, a pesar de que no sabe aprovechar las cosas que tiene», señala.

Antes de irnos del barrio, hicimos un pequeño recorrido por los lugares cercanos, el de los colegios, y nos llamó la atención que muchas de las manzanas tienen formas redondeadas: no son ortogonales, como es lo tradicional. Es decir, el barrio no nació, como otros, alrededor de la plaza: fueron los colegios los que le dieron la impronta urbanística que caracteriza a Fátima.

Agradezco la colaboración de Giovanna Torres, asesora del Observatorio, quien tomó los apuntes de la entrevista para este artículo.