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Nuestra sangre afro, raizal, indígena y gitana

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Por Rafael Caro Suárez

Mientras mambea junto a sus «hermanos» menores del cabildo indígena muisca de Bosa, Edward Arévalo Neuta recuerda las enseñanzas de sus antepasados, los que habitaron la gran sabana de Bacatá hace siglos. La primera es que prefiere el verde natural al gris urbano, a pesar de ser un joven citadino: es el representante del Consejo de Indígenas ante el Consejo Distrital de Arte, Cultura y Patrimonio de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. Por su parte, Maura Watson Fox, mujer madura y de piel oscura, manos grandes y ojos vivaces, aunque nació en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, se siente bogotana por adopción. Pero es una orgullosa raizal y una líder de la Organización de Raizales Residentes en Bogotá.



Y bailando hasta el cansancio, siguiendo el galope de los tambores que retumban en un salón de ensayos, el profesor Walter Nilson Atehortúa siente cómo circula por sus piernas esa fuerza que caracteriza a la cultura afrocolombiana. Él también es un líder afro, o mejor dicho, afrobogotano, representante del Consejo de Afrocolombianos.

También Jazmín Cristo, quien es referente Rom del IDPAC - Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal, ayuda a preservar la memoria de los gitanos mediante sus asesorías e investigaciones que han derivado en importantes documentos como el libro El pueblo Gitano-Rom que habita la ciudad de Bogotá.

Estos son algunos de los integrantes de los Grupos Poblacionales, que nos invitan a participar del Mes de la Diversidad, una conmemoración a través de la cual la Administración Distrital contribuye a preservar las costumbres y tradiciones de estas culturas que se han instalado en la capital, y que hacen parte ya de su patrimonio inmaterial. Bogotá se consolida como un territorio que acepta y visibiliza la diversidad y exalta la multiculturalidad.

Bogotá es un territorio diverso y multicultural: variedad de lenguas, etnias y costumbres confluyen en
sus 20 localidades. En mayo se reconocen esas diferencias que nos acercan a nuestras raíces.


Hermanos indígenas
«Ser indígena se lleva en la sangre: es una herencia, una forma particular de pensar y ver el mundo ». Con esas palabras, Edward Arévalo reafirma su lucha por no dejar morir las tradiciones de las culturas amerindias en la capital. Una labor que le resulta compleja, porque las nuevas músicas como el rap y el reggaetón, así como la cultura por el dinero fácil, hacen que los más jóvenes olviden qué es ser indígena. «La gente nos mira desde los estándares occidentales, en los que lo importante es poseer bienes y riqueza. Pero lo importante para nosotros es interactuar con la naturaleza: sentir cómo hablan los pájaros, correr junto al viento, entrar en contacto con el verde que nos rodea», dice. Eso le enseña a los suyos, pero también lo hace aprovechando la tecnología: para entrar en el nuevo siglo, su comunidad ha implementado una página web con la palabra de los sabedores indígenas.



Hace más de 50 años se instalaron en Bogotá los kichwa, ingas y pijaos. Y en la última década también lo hicieron los embera, yanacona, huitoto, nasa (páez), misak (guambianos), wayuu y pastos, que viven principalmente en Bosa, Suba y Kennedy.

Negros somos
Del 21 al 27 de mayo se celebra la Semana de la Afrocolombianidad. En ella se conmemoran 160 años de abolición legal de la esclavitud en Colombia, se visibiliza su identidad y el aporte del negro a nuestra nación.

La mayoría de los afrobogotanos residen en Ciudad Bolívar, La Candelaria, Suba, Engativá, Kennedy y Chapinero, y han llegado de Buenaventura, Tumaco, Chocó y Bolívar. Pero las nuevas generaciones nacieron en Bogotá, por lo que paulatinamente han perdido muchos de sus rasgos típicos.

Afortunadamente, Colombia Negra, Yambambó, Afrovisión, Asopacífico, Cimarrón y otras tantas organizaciones culturales, se encargan de difundir y velar por los derechos de los afro.

Primos raizales
Dentro del amplio mundo afrocolombiano se diferencian los raizales: los negros nacidos en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, con un idioma (creole) y música propios (chotí), y saberes ancestrales que los hacen únicos. Desde el año 2006 celebran la Semana Raizal con eventos académicos, culturales, deportivos y gastronómicos que exaltan sus tradiciones.

La Organización de Raizales Residentes en Bogotá se encarga de impartir talleres y cursos a los raizales que viven en la capital, como los de aprender a tocar «quijada de burro» —ese instrumento autóctono, base del chotí—, o el de aprender a preparar un suculento plato de rondón.

Corazón gitano
El origen del pueblo rom-gitano se remonta hacia el siglo X, en el norte de la India, pero a lo largo de la historia se ha impregnado de elementos multiétnicos y pluri-geográficos en Europa, América y África, continentes que se han untado de «gitanía». Hablan romaní (o romanés) y, por ser nómadas, han sido injustamente tildados de vagabundos cuando en realidad son fieles, fraternos y amigos de la libertad. En Bogotá, la mayoría de kumpanias (campos gitanos) están en los barrios Galán, San Rafael, Nueva Marsella, La Igualdad, La Primavera, La Francia, Patio Bonito, Pradera, Normandía, Siete de Agosto y Las Ferias.



El matrimonio es el evento social más importante en la comunidad rom: la mujer es quien cuida a los hijos y al marido, y eventualmente trabaja en actividades de quiromancia. Los hombres se dedican a oficios como forja de metales, comercio y mecánica. Aunque su tendencia es la de vivir errantes, muchos ya se han instalado en la capital. Sin embargo, su población en la ciudad es indeterminada y se calcula entre 600 y mil gitanos. Una de sus características más notables es que su vida social sólo la comparten entre gitanos. Y con los «no gitanos» (gadyes) establecen vínculos netamente laborales o comerciales. Por eso, sus costumbres hasta hoy se conservan intactas.