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Los árabes en Colombia y la chapa del señor Nojordita

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Por Juan Gossaín

No voy a detenerme en la historia de los primeros antepasados míos que llegaron a estas tierras benditas, porque de eso se encargó ya, con mano maestra, la investigadora Pilar Vargas en un libro magnífico, “Los árabes en Colombia”, en el que narra toda la epopeya, sus orígenes, la odisea heroica de semejante viaje, sus avatares y sus aportes a la nueva patria en actividades tan diversas como la ciencia, el comercio o la literatura.


Mezquita en el centro de Barranquilla

Me ocuparé apenas, modestamente, de una pequeña anécdota, porque la historia menuda a veces es más ilustrativa que los grandes tratados. La revolución del 20 de julio se comprende mejor en el episodio del florero de Llorente que en el discurso de Acevedo y Gómez.

Sucede que hace algunos años, en Barranquilla, otra mujer admirable, Zuleima Slebi, organizó por su cuenta el primero de los congresos árabes que se han hecho en este país. Se me pidió que interviniera como expositor ante sus participantes. Me advirtieron que el doctor Salomón Hakim hablaría de los árabes y el avance de la medicina, que don Chaid Neme lo haría sobre el comercio, que el gran Yamid Amat se encargaría del periodismo. Ante semejante nómina, me pregunté qué diablos era lo que podía agregar yo.

Fue entonces cuando decidí hablar de cómo se gana un extraño la confianza de sus vecinos, que ni siquiera usaban el mismo idioma. En ese momento me acordé de lo que había pasado entre mi padre y el señor Nojordita.

Don Juan Gossaín Lajud, un libanés descendiente de fenicios, había llegado con su mostacho de califa otomano a San Bernardo del Viento, un pueblo perdido en los recovecos de Córdoba, a orilla del río Sinú, cuando todavía se escuchaban los últimos disparos de la primera guerra mundial. El señor Nojordita, que en realidad se apellidaba Villa, era un antioqueño montaraz, grande y cuadrado como un armario, que tenía un colmillo de oro. Gozaba fama —merecida, por lo demás— de ser un hombre áspero, de genio duro y peleonero. Tenía un pedazo de tierra a la salida del pueblo, en el sector de «La Playita», donde sembraba unas hectáreas de maíz o de arroz.

Lo llamaban así porque llegaba al pueblo los domingos, día de mercado, montado en una mula, y no saludaba a nadie. Si alguien lo saludaba, él respondía entre dientes:
—A mí no me jordan.

No tenía amigos el señor Nojordita. No cruzaba palabra. Y, como si fuera poco, en cada brazo cargaba la misma fuerza salvaje de la naturaleza desatada, como un terremoto o un huracán. Dicen que había matado de una trompada a un tigre que tuvo la mala ocurrencia de lanzársele encima. Lo cierto es que una mañana de domingo, muy temprano, entró a la tiendecita de mi padre, con el sombrero calado hasta las orejas y dos al forjas terciadas al hombro, y sin dar los buenos días exclamó:

—Señor, yo vine hoy fue a beber trago, pero si me emborracho son capaces de robarme las dos chapas nuevas que me acaba de hacer Pepe Corrales en Lorica. Guárdemelas. Yo confío en usted.

Diciendo y haciendo, se sacó las dos prótesis dentales, relucientes, y se las tendió a mi padre, que las envolvió en un papel blanco y las metió en la misma gaveta de madera donde se guardaban las monedas de la venta.
Al día siguiente, lunes de guayabo, con el sol impiadoso quemándole la cabeza al pueblo, el señor Nojordita se bajó de su mula, hizo sonar las espuelas en el cemento, saludó como los militares, con una mano abierta en la sien derecha, alargó luego esa misma mano y mi padre le entregó el envoltorio.

No habían pasado ni diez segundos de aquella escena. Yo, que por entonces tenía como siete años, vi ambos episodios desde el otro lado del mostrador, que me sacaba dos cuartas de altura, porque mamá me ponía a ayudar en la tienda todas las mañanas. Para que aprendiera a trabajar, según decía, y aunque los compradores ni siquiera podían verme.

Diga usted que transcurrieron diez segundos apenas, pero fueron suficientes para que aprendiera la lección más importante que me ha enseñado la vida: un hombre al que se le pueden confiar las chapas de uno, se le pueden confiar también los hijos de uno.

Cuando el señor Nojosrdita volvió a montar y puso grupa en su mula, ya yo había entendido que la confianza ajena es el mejor capital de trabajo que uno puede tener. Es lo que llaman la credibilidad. Yo prefiero decirle respeto. Eso fue, ni más ni menos, lo que intenté en cuarenta años largos de periodismo: que los lectores o los oyentes de radio me confiaran sus chapas.

¿Qué se habrá hecho el señor Nojordita?