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Freda Sargent o el enigmático poder de la poesía

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Por Juan Gustavo Cobo Borda

Esta artista inglesa, quien estudió con Viera da Silva en su estudio de París, y cuyos cuadros se encuentran en la Tate Gallery de Londres y en la colección del gran crítico e historiador sir Kenneth Clark, expone ahora en la galería El Museo de Bogotá.


Freda Sargent, cuando llegó a Colombia

Quince óleos de pequeño formato. Quince óleos de mediano formato, donde el paisaje, el bodegón o el retrato están concretados en una pincelada que tiene tanto de caligrafía aérea como de sinceridad expresiva. Porque lo primero que sorprende es su delicadeza visionaria, honda de misterios y amor por las presencias, sea la luna solitaria en una noche luminosa, sean mujeres, sentadas, en interiores donde la circunvolución del trazo las fija con rigor pero a la vez les abre en suscitaciones y ósmosis.

Su pintura está cargada de una energía palpable en sus tonos azules, verdes, blancos o grises, con la que el color adquiere un ritmo de fusión con lo subjetivo como al mismo tiempo una técnica de composición donde la silla, el florero, los caballos o las mirlas nos sumergen en un mundo en el que no han perdido las magias verbales y visuales de la infancia. El encanto de una naturaleza, que está tanto en la mente como en un fresno o en aquella característica única de la poesía inglesa, siempre en diálogo con lagos, cascadas, fuentes y árboles seculares.

No es de extrañar entonces que la exposición esté jalonada por textos inolvidables, sean de Alfred Tennyson o de T.S. Eliot. De William Wordsworth y de William Blake. Ya que la sensibilidad de Freda Sargent es de un tipo muy especial: aquella que admite la fragilidad fugitiva de las cosas. Unas hojas que caen en una fuente. Una nube que refleja un río. La transparencia cristalina de un jarrón, y todo ello en su proverbial clima espiritual de siFiguritas en el suelo. Proyecto del artista Camilo Restrepo. Primera exposición del Sexto Premio Luis Caballero.lencio nocturno, aromado siempre de flores, pero dotado a la vez de una claridad que sólo la mirada reconciliada con el mundo asimila y comprende.

Este puente que la pintura obliga a cruzar para compartir un símbolo de Semana Santa, el abigarramiento cromático en su textura impresionista, de un macizo táctil de pétalos, violetas, ocres, marrones, como un himno de celebración y gozo.

Es admirable que alguien nos restituya, con tanto encanto y sabiduría, las fluctuantes ondulaciones de una naturaleza plástica que no desmerece nunca de la otra, la naturaleza hoy en día mancillada y explotada sin misericordia. Contra la erosión de la técnica, el frescor hondo y grávido de una rosa.

Una rosa y un futuro que sólo puede atisbar, con temblor y ansia, la mirada de una niña pintora que recuerda tres pequeñas compañeras de colegio con sus uniformes grises, asomándose en un puente a la fugacidad de la vida en forma de tren. Un soberbio cuadro, donde lo férreo de la estructura metálica, el trazo firme y negro de las líneas que lo estructuran, se sumergen en esa nube blanca del humo que envolverá todo en el sueño real pero a la vez imaginario de una escena que sólo Freda Sargent pudo captar y mantener, para siempre. Como sucede, por cierto, en muchos de esos rostros, apenas cejas y bocas, que sobrevuelan sobre campos remotos, al intentar concretar una imagen que tenga el sello inconfundible de su tarea. Tan real para impactarnos como fantasmal y elusiva para obligarnos a soñar con ella.

He aquí el mudo logro de su capacidad para conciliar los contrarios y dotarlos de esa suave firmeza con que su visión nos impone su hermoso arte de artista perdurable.

La sensibilidad de Freda Sargent es muy especial: admite la fragilidad fugitiva de las cosas: unas hojas que caen en una fuente, una nube que refleja un río, la transparencia cristalina de un jarrón.
Juan Gustavo Cobo Borda

Agradecimientos a la artista Freda Sargent y a Luis Fernando Pradilla y Silvia Garavito de Galería El Museo por el suministro de las fotos hechas por Danny Acevedo.