No dejamos de jugar porque envejecemos;
Envejecemos porque dejamos de jugar.
George Bernard Shaw (1856-1950), escritor irlandés y Premio Nobel de Literatura en 1925.
Por Fredy Díaz Sarmiento
Instituto Distrital de Patrimonio Cultural
¿Dónde ponemos el TAI? Es la pregunta táctica. Nuestro botín de guerra: maras y canicas. Gracias a una piedra, salto y salto en una pierna para acercarme al cielo. Esquivar el balón para no ser ponchado, la estrategia. Calles, parques y esquinas, el escenario preferido. «¡Un, dos, tres por mí y por todos mis amigos!», el grito de victoria. Y al finalizar la tarde, una señal de retirada: «¡Te entras ya para la casa!». Momentos de esparcimiento que hacen parte de nuestra memoria.
¿Lo recuerda?
Regreso a la diversión: Piedra, papel o tijera, para elegir el compañero o conocer quién inicia. Y previo al juego, algunas frases y canciones de eliminatoria que recitamos en voz alta mientras señalamos a nuestro hermano, primo o amigo:
«En la casa de Pinocho todos cuentan hasta ocho. Pin uno, pin dos, pin tres, pin cuatro, pin cinco, pin seis, pin siete, pin ocho».
«Zapatico, cochinito cambia de pie, ci, to». 
Como parte de la evolución del juego, construimos un vocabulario que cambia al ritmo de una nueva jornada —casi podría crearse un diccionario, incluso con sinónimos y diferentes usos lingüísticos—: «Embocholar o enchocolar»: introducir la canica en un hoyo; «TAI»: ocasión en que se suspende el juego por solicitud de un participante; «Primis, segus, tercis»: orden de los jugadores, primero, segundo o tercero; «Taponazo»: golpe fuerte al contrincante con un balón; “toco o chiche»: acción o efecto de golpear la bola del oponente.
La exposición «Un, dos, tres por…
Diviértete y recuerda los juegos tradicionales de calle», es presentada
en el Museo de Bogotá por el Instituto Distrital de Patrimonio.
Seguramente muchos de nosotros, en nuestra niñez, podríamos catalogarnos como atletas consagrados —aunque no en deportes olímpicos—, pues practicamos todos los juegos de calle que pudimos conocer. En el variado repertorio encontramos juegos de habilidad como Canicas, Coca, Trompo, Yo-Yo y Yax, o de actividad física como La Lleva, Escondidas, Rejo Quemado, Rin Rin Corre Corre, Ponchados, Policías y Ladrones, Yermis, Cuca Patada y al Gato y al Ratón. Eso para no hablar de La Cometa, Hula Hula, Saltar Lazo, Aro y Palito, Golosa, Caucho y Ronda. 
En aquellos días en que el juego era casi todo y cuando sus huellas nos fortalecían —rodillas cortadas, raspones en el cuerpo y manos sucias—, sólo necesitábamos del aire libre, algunas habilidades básicas como saltar, correr, caminar y cantar… y de una pelota, tapas de gaseosa, palos de escoba, una tiza, un lazo, una correa, un caucho, una cáscara de fruta, piedras o canicas — objetos que generalmente carecían de valor monetario, aunque el sentimental era incalculable—.
Eran instantes en los que se ejercitaba la memoria, la dicción y el sentido del ritmo. «El puente está quebrado, con qué lo curaremos, con cáscaras de huevo… que pase el rey que ha de pasar, con uno de sus hijos se ha de quedar, el de atrás, tras, tras». Conocimos la torre Eiffel porque es uno de los trucos con nombre curioso en el Yo-Yo, así como La Vuelta al Mundo, Fuego Atómico, El Perrito Dormilón y El Kamikase.
El juego fomentaba nuestra creatividad, la imaginación y el respeto por las normas del grupo. Nos estimuló el deseo de aprender, de superarnos, de ser mejor y la sana competencia. Debíamos saber que «al Gato y al Ratón», un participante —el gato— estaba afuera de un círculo —conformado por jugadores— y otro dentro —el ratón— para que pudiera realizarse la apuesta:
Gato: Te apuesto una mogolla y un chicharrón.
Ratón: ¿A qué?
Gato: A que te como ratón.
Ratón: A que no gato ladrón.
Gato: Apostemos un chicharrón.
Ratón: ¿A qué horas?
Gato: ¡A las tres!
Luego el círculo cantaba y giraba «el reloj de Jerusalén da la 1, da las 2, da las 3», instante en el que el gato trataba de entrar para atrapar al ratón y los jugadores debían impedirlo.
Ahora que hicimos un repaso por momentos, frases, canciones y objetos de aquellos pasatiempos, es imprescindible recorrer la exposición Un, 2, 3 por… Diviértete y recuerda los juegos tradicionales de calle, creada por el Consorcio CR, que estará abierta desde el 30 de junio hasta el 30 de agosto en el Museo de Bogotá (Carrera 4 No 10-18). Durante la visita será posible divertirse con la mayoría los tradicionales juegos. Los dos meses que dura el montaje habrá una programación que incluye charlas especializadas y talleres de trompo, yoyo y hula-hula. Incluso, se enseñará a fabricar cometas. 
La muestra, ideada por el Consorcio CR —conformado por las conservadoras y restauradoras de bienes muebles Andrea Gutiérrez, Adriana Medina, Ángela Muñoz y Paula Roa—, es el proyecto ganador de la convocatoria Ciudad y Patrimonio 2010 del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, entidad adscrita a la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. Con él se busca evidenciar el aporte a nuestra sociedad de los juegos tradicionales, como componente del patrimonio inmaterial de Bogotá que se ha trasmitido de una generación a otra y ha afianzado el sentido de pertenencia.





