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El precursor del Maestro: En el principio fue Ezequiel

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…Y aprenda a quererme como yo le quiero.
Ezequiel Uricoechea

Por Ana Ochoa Acosta
“Aprenda a despepitar, a no ser maula… ¿no me quiere usted ya?”, escribía desde Madrid el filólogo y naturalista bogotano Ezequiel Uricoechea y Rodríguez a Rufino José Cuervo, su amigo, alumno de alemán y socio en el ingrato negocio de importar libros. Era el dos junio de 1872, hacía casi un año no recibía carta y le reclamaba tanta incuria, tanto desdén. Ezequiel estaba en España buscando algún “retacito de ciencia entre los hijos del Manzanares”, y cambiando de aire luego de publicar en París su Gramática, vocabulario, catecismo y confesionario de la lengua chibcha, una de las obras que integraría su Colección lingüística americana. Ese año sería nombrado miembro de la Real Academia Española, se confesaba algo importuno de cuerpo, aunque faltaban ocho años y 56 días para que le llegara “el trueno grande”, la muerte súbita en Beirut, a los 47 años, camino al desierto, durante sus vacaciones como profesor de árabe en Bruselas. Era el primer catedrático de árabe en una universidad Europea.

Para entonces Rufino José Cuervo, de 27 años, había publicado su Muestra de un diccionario de la lengua castellana (1871) con Venanzio G. Manrique, y fabricaba en su casa bogotana de la calle la Esperanza (hoy calle 10), una de las primeras cervezas de Colombia, en aquellas épocas de chicha y chocolate. Lavar botellas, llevar cuentas, recoger caldos malogrados y espumas vinagres eran los ires y venires del joven profesor de latín que huía del ruido y del fulgor, un alma suave, decía Luis López de Mesa. Uricoechea le enviaba desde Europa corchos para las botellas y le preguntaba a Cuervo para qué tenía verdadera embocadura: “creí un tiempo —usted recordará— que tal vez alguna peregrina belleza lo traía a usted a mal parar; sospeché luego que tal vez habían vuelto a sonreírle ciertas ideas sacerdotales… Usted me dijo o me dejó comprender que la coyunda matrimonial no lo halagaba, bien, será lo otro?” Sobre “lo otro”, Uricoechea no ocultaba sus resabios de rojería [liberalismo]: “El roce con esas gentes de oficio beatos, tiene muy malas consecuencias para el alma y para el bolsillo”. “Frecuente la sociedad: si sale usted chasqueado, le permito que ´me ajuste seis´. A usted lo que le falta es confianza en sí mismo y roce con las mujeres”. Pero ambos cultivaron la solteronía, la negativa a los “ojillos mentirosos del amor”.

Ezequiel Uricoechea se sentía un judío errante. “La tal tierra no es sino una cáscara de huevo, algo más que de avestruz”. Nació en Bogotá en 1834 y quedó huérfano de padre y madre a los ocho años. “La cuantiosa fortuna de mis padres cayó en manos de extraños y si no nos arruinaron fue porque no pudieron”. Terminó sus estudios de bachillerato en Flushing, Nueva York. Fue médico a los 18 años en Yale, a los 20 doctor en filosofía y maestro en artes liberales, especializado en química y mineralogía en la universidad de Gotinga en Alemania, a donde había ido por recomendación de Humboldt, huésped de la hacienda familiar de Canoas, vecina de Soacha. Allí descubrió un nuevo cuerpo, el Otobil, y publicó el libro Memoria sobre las antigüedades neogranadinas (1854) que abrió claros a la arqueología en Colombia. En 1857 regresó al país y fue profesor de la cátedra de química en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Publicó en 1860, en Londres, la Mapoteca Colombiana, colección de los títulos de todos los mapas, planos, vistas… relativos a la América Española, Brasil e islas adyacentes.

En 1859 creó la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos, de la que formaban parte 12 fundadores y 67 socios, 47 de ellos extranjeros, entre ellos sus famosos profesores, Quetelet y Wohler; también aparecía como miembro de la Sociedad Neogranadina Charles Darwin (1809-188219), años antes de serlo de la de la Academia de París. La sociedad se disolvió por la guerra de 1860. “Todo parece quimérico en nuestro país, todo encalla”. “La tal política me tiene jarto” decía Uricoechea. En 1868 “le eché la bendición —entienda maldición— a mi tierra y me vine para París”. “He hecho muchas en mi vida, pero la mayor bestialidad de todas fue irme a meter de cabeza en Bogotá… en fin, no dejé el pellejo y debo considerarme feliz”.

Rufino, “líe petacas y véngase este verano… ya sabe que en el número 199 se puede usted ´desmontar ´ a la hora que guste, ahí le arreglaremos el ´junco´”, escribía refiriéndose a su casa —vecina de la de Balzac— en el 199 Faubourg Saint Honoré. Cuervo estuvo en Europa de 1878 a 1879. Y volvió a París en 1882, para vivir allí 29 años de trabajo que lo convertirían, en palabras de Menéndez y Pelayo, en “el filólogo más grande de la lengua española que produjo el siglo XIX”.

Ezequiel Uricoechea había muerto dos años antes en Beirut, el 28 de julio de 1880. Un accidente cerebrovascular terminó con su plan de vivir con una tribu del desierto. “Esta máquina ya necesita unto”, comentaba. Cuervo le sobrevivió 31 años y murió el 17 de julio de 1911 en París. Escrituró parte de sus bienes al hospital San Juan de Dios, a la Sociedad San Vicente de Paúl, a su empleada doméstica francesa y a un desconocido: “un obrero tipógrafo, bogotano de nacimiento, reconocidamente pobre, padre o cabeza de familia…” Eso dibuja bien a Rufino José Cuervo.

Quince columnas de texto dedicó don Rufino a la palabra “Amor” en su monumental diccionario, y ésta es una de sus citas: “El amor no tiene otra paga ni otra satisfacción sino el mismo amor”.