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Cuervo: El bogotano que les enseñó castellano a los españoles

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Por Juan Gustavo Cobo Borda
         para Elvira Cuervo de Jaramillo

Cuando Ángel fallece en París —el hermano menor—, Rufino José Cuervo Urisari (Bogotá, 19 de septiembre de 1844-París, julio 17 de 1911), prepara una minuciosa «Noticia biográfica de D. Ángel Cuervo», que aparecerá como prólogo al libro de éste, titulado Cómo se evapora un ejército. Fechado en París en 1899 es, en verdad, un recuento autobiográfico del padre de estos dos hermanos tan unidos, y los percances de una familia en la Colombia de aquellos años.

Vale la pena tomar en cuenta las variadas alusiones en dicho texto al interés que Ángel Cuervo manifestó por la pintura, su preocupación de que ésta, algún día, se desarrollara en Colombia y la conciencia de los obstáculos de muy variada índole que se oponían a tal sueño. A ello se refiere al hablar del diletantismo con que sus compatriotas «a la carrera y sin preparación suficiente han recorrido los museos de Europa». Otra la pobreza de nuestra tradición al respecto y «el valor relativo» por ejemplo, «de nuestro pintor Vásquez Ceballos». Sin embargo, cuando donó dos cuadros suyos al Museo Nacional de Bogotá, «no quiso dar a entender que eran obras admiradas en Europa».

Entusiasta, sí, pero realista sobre el país que había dejado atrás. Por ello recorrió con calma los museos europeos, anotando las impresiones de su viaje a Europa en 1878 donde el interés por ruinas clásicas y catedrales medievales, el Partenón y la Alhambra, se mezcla a su admiración por las mujeres de cada país y sus apuntes técnicos sobre la fabricación de cerveza, ya sea en Inglaterra, Alemania o Bélgica —motivo oficial del viaje—, junto con la visita a la Exposición Universal de París. De allí surgirá, una década después, el libro de Ángel Cuervo, Conversación artística, publicado con el seudónimo de Moreli. Tenía 118 páginas donde, como dice su hermano, «campean no menos los primores del estilo que el acierto de las apreciaciones sobre estatuas y cuadros franceses».

Desde 1882 hasta su muerte los hermanos Cuervo residirán en París y desde allí, desde la distancia y la nostalgia, podrán repasar la pintura que habían visto en Bogotá. No eran Velásquez ni Ticianos sino cuadros oficiales de virreyes, de abadesas muertas.

Por ello podemos imaginar la pintura que vio y los acompañó en Colombia a partir de un cuadro emblemático de 1841: la Muerte de Santander de Luis García Hevia (1816-1877), pintor —y fotógrafo cuando en Colombia apenas se empezaban a usar las cámaras—. Diez y siete personajes, en una tela de gran formato, asisten al fallecimiento de «El hombre de las Leyes». Reunidos en torno al moribundo, alguno se distrae y mira fijamente al espectador. A nosotros, que nos colamos en el recinto de la historia, en la agonía del proverbial rival de Bolívar y del partido al cual Cuervo fue fiel toda la vida: el conservador. Concluía realmente la Independencia, pero otras imágenes podrían anteceder esta muerte. Serían los pintores de la Expedición Botánica, creada en 1784, los cuales podemos sintetizar en la celebre miniatura del botánico y dibujante de flores, Francisco Javier Matiz, realizada por José María Espinosa (1796-1886).

Qué irónica gracia en esos ojos alertas y esa boca sensual que contradicen la pensativa mano en la cabeza, de estos científicos amateurs. Allí está Espinosa con su agudeza y su comprensivo encanto humano, incursión en la caricatura o en el relato épico, entre nubes de pólvora de las batallas de Independencia.

Estaría Alberto Urdaneta y su Papel Periódico Ilustrado, fundado en agosto de 1881. Trabajos de José María Espinosa, Ramón Torres Méndez, José Manuel Groot, Epifanio Garay, Manuel María Paz y, por supuesto, el mismo Alberto Urdaneta, quien había estudiado en París en el taller de Meissonier.

Si a las copias que se enviaban desde Sevilla del taller de Murillo con sus vírgenes añadimos Expedición Botánica, Comisión Corográfica, y nombres como, otra vez, Epifanio Garay, Ignacio Beltrán, José Celestino Figueroa, y José Miguel Figueroa —quien retrató cuando niños a todos los hermanos Cuervo— podemos tener una idea, imaginativamente aproximada, de lo que los cuatro ojos y la sensibilidad de los hermanos Cuervo vieron en Colombia antes de irse para siempre a París.

Nacido en la calle de la Esperanza, en el barrio de la Candelaria, alumno de los jesuitas, y profesor en el Seminario y el Colegio del Rosario, la obra de Cuervo se forjó, en sus líneas generales, en ese Bogotá que lo vio nacer. Aquí publicará la Gramática latina, en 1867, las Notas a la Gramática Castellana de Andrés Bello en 1874, la Muestra de un diccionario de la lengua castellana en 1871 y las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano en 1872. Las raíces de la tarea que proseguiría durante treinta años en París están entonces en Bogotá. Y, como le escribe Cuervo a Miguel Antonio Caro:
Es sabido, por más que nos duela confesarlo, que el público de nosotros los americanos está en América y no en España, por más que los españoles nos hagan mil carantoñas, encaminadas más que a otra cosa, a que les compremos sus vinos y aceitunas.
(Epistolario Cuervo con Caro, ICC, 1978, P. 203).

Podemos concluir pensando que Cuervo termina por enseñarles a los españoles su propia lengua, renovada a partir de Rubén Darío, gracias al trabajo que inició en Bogotá.

Muchos más de mil días de guerras civiles en Colombia no impidieron que los artistas siguieran trabajando.
Estas obras fueron hechas durante el ciclo de vida de los hermanos Cuervo.

Agradecimientos a Maria Victoria de Robayo y Ángela Gómez Cely del Museo Nacional de Colombia por su colaboración que hizo posible la publicación de estas obras de arte.