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Español y árabe: bilingüismo de lo cotidiano

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Está programado para septiembre de 2011 en Bogotá, el 'III Encuentro Cultural Colombo-Árabe y II Árabe-Latinoamericano', que tiene en su agenda una muestra que cubre todas las artes. A propósito, bueno saber que el idioma está impregnado por cuatro mil arabismos que, en buena medida, son de uso diario.

Por Vespasiano Jaramillo Barón
Alcaldía Mayor de Bogotá

Para la historia y los historiadores, en el año de 711 D.C. hubo una de las más arrolladoras invasiones que dejó la mayor parte del territorio español bajo dominio musulmán. Centros de ascendencia romana o goda como Toledo, Hispalis, Córdoba, Mérida, Tarraco o Cesaraugusta duraron más de cuatro siglos inmersos en la cultura árabe. El islamismo sometió a Toledo durante 370 años y a Sevilla 530 años. Por siglos fueron mozárabes.

Se llegó a decir que el latín se extinguió en estos territorios y que el árabe se generalizó.
Pero en este largo período hubo una pugna permanente, constantes manifestaciones de rebeldía, surgimiento y acción de heroicos personajes y mártires. Todo un conjunto social que incluyó la misma resistencia idiomática que permitió, a la postre, la cadena expansiva del uso del español en amplias latitudes.

La presencia de arabismos en la lengua española tiene, entonces, algo de conflicto y mucho de mixtura, es decir, de imposición y tolerancia, de convivencia y sustitución. Un evidente bilingüismo que ha llegado con su peso y significación hasta la era actual.
El saludo cotidiano de “hola” (wa-llah –por Dios-) hace que en los tiempos modernos del ya extendido español, se practique la mezcla iniciada en esos siglos de dominación de los moros (musulmanes o infieles) y que el ojalá (insallah –y quiera Dios-) sea de uso común, poniéndole el tono árabe a la conversación.

Para Karen David Daccarett, experta en arquitectura islámica y mudejar y en historia y sociología del arte islámico, hay términos o arabismos que deben decirse en la forma tradicional porque cualquier adaptación, sinonimia o intento de traducción pueden llevar al fracaso en la comunicación. “Siempre encuentro palabras directas del árabe, no de uso general, pero que están definidas en el diccionario de la Real Academia Española, es decir, que son válidas y deben utilizarse”, señala David Daccarett al referirse a la terminología que incluye en sus conferencias.

Se cuentan cuatro mil arabismos en el español, originados especialmente en actividades productivas que, cuando los moros tomaron el mando, se volvieron ejemplares y necesarios para las gentes que dominaron. No había otra forma de nombrar aquello que llevaron en su conquista por igual en ciencias y artes.

Tras los conceptos y la mano de obra árabe se impuso su palabra, pues llegaron con grandes adelantos en matemáticas, construcción, gastronomía, arte y cultura, entre otros.
Aceite, aceituna, zanahoria, berenjena y arropía (melcocha), son árabes al igual que la serie de golosinas almíbar, jarabe, alcorza, alajú, alfajor y alfeñique. También, en otras áreas, aunque con menos uso, alfayate (sastre), albéitar (veterinario), almocrebes (arriero), alfajemes (barbero) o alatar (perfumista).

Los árabes fueron grandes matemáticos y científicos y de esto palabras como cero, cifra, algoritmo, guarismo y, por supuesto, álgebra. Aportaron, además, el ajedrez, juego “de la cabeza” que tuvo su auge al igual que el moderno fútbol de hoy que se juega con los pies.

Después del alfabeto latino, la segunda caligrafía más usada es la árabe y su impronta sigue muy marcada en cuanto a la relación con el español. Los mismos topónimos lo indican: Gibraltar, Guadalquivir o Guadalajara y muchos más. Desde la derrota de Rodrigo, el último rey godo, en la batalla de Guadalete en 711, cuando el español entró en período de resistencia y el árabe se insertó en el idioma de la península ibérica, se practica este bilingüismo, productivo para la comunicación de unos y otros.

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