Por Juan Gustavo Cobo Borda
Las librerías en Colombia han sido un fructífero punto de encuentro y de intercambio cultural. En un país pobre y aislado del mundo, ellas eran ventanas abiertas a otros continentes. Canales de comunicación con el saber universal y a la vez foros para el debate nacional, al respaldar y promover las miradas de los colombianos sobre ellos mismos. En muchas ocasiones, las librerías constituían sitios obligados de peregrinaje para quienes, desde la provincia, acudían a la capital departamental o a Bogotá misma en pos de la última novedad o del libro clásico inconseguible de otro modo. Debemos rescatar (y exaltar) esos nombres de gentes en muchas ocasiones marcadas por la pasión del libro, quienes terminaban por importarlo o recibirlo en consignación para negocio y disfrute en primer lugar, o para conversarlo en la inevitable tertulia con los amigos, siempre proliferantes en torno a esas paredes atiborradas de volúmenes o plagadas en el sótano de tesoros secretos.
![]() Miguel Antonio Caro, fragmento de un afiche con la Constitución del 86, ideado por Camilo Umaña. | |
La librería de don Miguel Antonio Caro
Iniciemos nuestro repaso con la Librería Americana, de Miguel Antonio Caro, presidente de Colombia de 1892 a 1898, que funcionaba en la calle 12 de Bogotá. Uno de sus dependientes era un hijo del célebre poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González. El otro, joven también y también estudiante, era José Vicente Concha, futuro presidente de Colombia. A dicha librería llegaban colecciones como la Biblioteca de Autores Españoles, que el mismo Caro consideraba había producido más ciegos que sabios, dado lo exiguo de su tipografía. Era, como es de suponer en el caso de Caro, una librería católica ortodoxa, interesada en los clásicos españoles y figuras como Balmes y Marcelino Menéndez y Pelayo.
En sus sabrosos recuerdos sobre Las viejas librerías de Bogotá, Laureano García Ortiz recuerda la librería Barcelonesa, de dos catalanes, Soldevilla y Curriols, que combinaban las ediciones de lujo (telas rojas y cortes dorados) y otras excesivamente populares, con ilustres pornógrafos del momento como Paul Féval o el visconde Ponson du Terrail. Editores, además, de pésimas traducciones, su olfato de negociantes sin pudores los llevó a proponer el clásico Madame Bovary, de Flaubert, transformado en un incitante y sugestivo ¡Adultera!
La librería Camacho Roldán
En 1932 cumplía medio siglo la Librería Colombiana, fundada por Salvador Camacho Roldán y Joaquín Tamayo. Si la librería de Miguel Antonio Caro promovía, como era obvio, el pensamiento conservador –encabezado por el padre Ginebra–, la de Camacho Roldán abría sus estantes al mundo de la economía y la sociología, al positivismo y, en general, a los nombres de Comte y Spencer. Una librería como esta salía de sus muros y se proyectaba por los caminos de Colombia, como lo atestiguan las impresiones de viaje de Miguel Samper yendo a Honda, preocupándose ya por el canal del Dique o, como fue el caso de Camacho Roldán mismo, dándonos una primera visión ‘científica’ no sólo de los tres partidos políticos de Colombia de 1855 a 1857 (el liberal antiguo o draconiano, el gólgota o el liberal moderno y «el antes retrogrado, bautizado luego con el apellido menos apasionado de conservador») en su muy brillante y aún vigente análisis de la novela Manuela, de Eugenio Díaz. Mirada global del altiplano andino en una novela de costumbres. De seguro este precursor análisis del papel de la Iglesia, de las raíces del caciquismo, a partir de un texto de ficción, no hubiera sido posible sin los volúmenes de su librería.
La Librería Mundo de Barranquilla
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| Gabriel García Márquez en 1957. Foto: Guillermo Angulo Peláez. | |
«El 15 de diciembre de 1949, entré en la Librería Mundo a las cinco de la tarde para esperar a los amigos que no había vuelto a ver »: así recuerda Gabriel García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla, (2002) esta mítica librería de Barranquilla. La cual, como ha documentado su biógrafo Gerald Martin, pertenecía a un antiguo comunista llamado Jorge Rondón Hederich, «a quien se consideraba sucesor espiritual de la librería que había regentado el propio Vinyes y que quedó destruida por el fuego en los distantes años veinte».
Una tradición de libreros nutriría la cultura de la costa Atlántica, con publicaciones tan valiosas como la revista Voces (1917-1920), del sabio catalán Ramón Vinyes, personaje de Cien años de soledad, y que en el caso de Mundo editaría el primer libro de cuentos de Álvaro Cepeda Samudio, Todos estábamos a la espera (1954), en cuya nota de presentación Germán Vargas hablaba, con razón, de la atenta lectura que Cepeda había hecho de la narrativa norteamericana –William Saroyan, ante todo– y del entonces desconocido trabajo de dos cuentistas del Río de la Plata: el uruguayo Felisberto Hernández y el argentino Julio Cortázar. Lo cual había sido posible gracias a que Rondón pedía en ocasiones a los miembros del grupo de Barranquilla (Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Cepeda Samudio, García Márquez) le ayudasen a marcar en los catálogos de los agentes vendedores de Losada o Suramericana las novedades que parecían interesantes.
Y sobre el cual García Márquez pudo escribir, en el mismo 1954, este concepto: «Todos estábamos a la espera es, para mi modo de interpretar las cosas, el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia». García Márquez forjaría también allí las armas para su saga narrativa propia, a partir de las obras publicadas en Sur, de Buenos Aires, por Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, como su celebre Antología de la literatura fantástica (1940), y sus no menos provocadoras traducciones de Virginia Woolf y William Faulkner. Sin esas librerías nada hubiera sido posible. Los autores costeños más destacados extrajeron, a través de las librerías claves, las raíces de una cultura propia.
Por ello vale la pena concluir estos apuntes sobre la Librería Mundo con lo que Héctor Rojas Herazo, también partícipe de ese punto de encuentro, escribió en su columna ‘Telón de Fondo’, del Diario de Colombia, el 1º de noviembre de 1952. Señala cómo la librería ha exhibido los lienzos de la pintora Cecilia Porras, exposición inaugurada por Meira del Mar, ampliando así su positiva labor cultural. Y concluye, según texto recogido en Héctor Rojas Herazo, obra periodística:
Las librerías ya han dejado de ser simples expendios de lectura al por mayor para convertirse en una grata y fecunda síntesis de biblioteca, tertuliadero y galería de arte. Sitios donde adquirir un libro no sea, simplemente, un helado intercambio de monedas por letras de molde. Sino, muy por el contrario, un lugar donde la inteligencia, en sus variados frentes, sea algo vivo y catequizante. Algo, en fin, que dignifique a la ciudad y al individuo. Y esto ya ha sido alcanzado por la Librería Mundo de Barranquilla.
La librería La Gran Colombia de Carlos H. Pareja
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| Portada de una de las ediciones de Simón Latino | |
El profesor de Derecho Administrativo en la Universidad Nacional en la época del 9 de abril de 1948 era Carlos H. Pareja, nacido en Sincé, en la costa Atlántica colombiana, el 15 de julio de 1898. Pero su nombre de guerra literario era más sonoro: Simón Latino. Había fundado en 1942, en la carrera Séptima con calle 18 de Bogotá, la librería La Gran Colombia, con la colaboración de Jorge Andonoff, de origen búlgaro, y Jorge Mora. Libros de calidad, con inclinación a la izquierda, y con una celebre tertulia a la cual asistían Alfonso Palacios Ruda, Héctor Rojas Herazo, Jorge Eliécer Ruiz y Alberto Estrada, un ortodoxo miembro del partido comunista que editaba carpetas de grabados eróticos japoneses, entre otros, animaban el lugar.
Pero el trágico 9 de abril marcó a Pareja, por gaitanista. Fue encarcelado y tuvo que exiliarse en la Argentina. Sin embargo, allí continuó su labor de editor y amplió su empresa más destacada: los cuarenta títulos que selecciono y editó, entre 1943 y 1963, de sus Cuadernillos de Poesía, que en dos millones de ejemplares permitieron a los latinoamericanos conocer a sus poetas y, en antologías por países o temáticas, tener una visión más generosa y justa de sus creadores. Luego de publicar en 1968, en México, un libro sobre el padre Camilo Torres, moriría olvidado y amargado en Vancouver, Canadá, en 1987.
La Torre de Babel de Karl Buchholz
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| Karl Buchh olz, ga lerista y librero. Foto © Hernán Díaz, cortesía de Rafa el Moure | |
De 1951 a 1992, Bogotá disfrutó la pasión por el libro de un alemán de revuelta cabellera blanca, como Beethoven, que había orientado librerías y galerías de arte en Berlín, Nueva York, Bucarest, Lisboa y Madrid. La torre de libros de la avenida Jiménez 8-40 albergaba volúmenes provenientes de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Estados Unidos, España, México y Argentina, por lo menos, y se convirtió en un semillero de lectores informados y de artistas en busca de referencias novedosas sobre su trabajo.
Un político economista, como Carlos Lleras Restrepo, acudía siempre allí, al igual que un arquitecto como Fernando Martínez Sanabria. Y un novelista abogado, experto en brujas, como Pedro Gómez Valderrama, no dejaba de intercambiar ideas y opiniones con un poeta como Álvaro Mutis, un pensador como Nicolás Gómez Dávila o un politólogo como Mario Latorre. Este era el espíritu de Buchholz que animaba una galería en el último piso de los siete de esta torre, donde Obregón y Botero nos mostraban el nuevo clima del arte colombiano y en donde 272 números de la revista ECO, de 1960 a 1984, registraron los nombres de figuras como Nietzsche, Hölderlin o Bertolt Brecht, en pie de igualdad con capítulos inéditos de Cien años de soledad o poemas de Aurelio Arturo y Octavio Paz.
Esta fue la hazaña generosa de este librero infatigable, que fue colonizando nuevos espacios al abrir también librerías en el Centro Internacional, en Chapinero y más allá de la calle 100. El libro preparado por su hija, Godula Buchholz, publicado por la prestigiosa editorial alemana Dumont (2005), registra en 270 páginas la trayectoria fascinante de este librero universal que tanto hizo por el lector colombiano y por el libro científico y artístico.
(Este es un fragmento de un libro sobre libreros colombianos, escrito por nuestro colaborador para el Centro Regional para el Fomento del Libro en América latina y el. Caribe, CERLALC)









