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Una obra proustiana del periodista y escritor Eduardo Caballero Calderón (1910-1993): Memorias infantiles

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[Fragmento del capítulo 12]

Don Tomás Rueda [Vargas] me empujaba a la literatura y le interesaba que yo leyera a los clásicos y estudiara la historia patria. En sus clases procuraba que ella nos apareciera como una historia viva y no un fatigoso desfile de fechas y de estatuas:

Bolívar, Santander, el general Nariño, eran iguales a ustedes, sólo que hicieron cosas que tal vez ustedes no serían capaces de hacer.

¿Por qué no iba a poderlas hacer yo? ¿De dónde sacaba don Tomás esa predisposición a la resignación y a la impotencia? En aquellos momentos yo hubiera deseado, sinceramente, que estallara otra vez la guerra de Independencia, o una guerra como la había conocido papá, para demostrarle a don Tomás lo que yo sería capaz de hacer, naturalmente si me nombraban general. De simple soldado raso, no me podía imaginar como héroe.

Por su parte, papá quería que al lado de mis aficiones literarias estudiara filosofía y ciencias sociales y políticas; y mamá vigilaba mi lecturas pues tenía la sospecha, muy fundada, de que había entrado en la etapa de las lecturas a escondidas. Varias veces Cacó había descubierto, al tender mi cama, que debajo del colchón escondía libros que me prestaban mis amigos pues no los encontraba en mi casa. Me había prohibido utilizar el sector de la biblioteca donde se encontraban Voltaire, Rousseau y los Enciclopedistas de mi tío abuelo Lucas, y de buena gana los hubiera quemado. (Mi tía Emilia les entregó a los padres jesuitas los manuscritos de una obra inédita del poeta Vargas Tejada, porque en ella los ponía verdes por su injerencia política en el país, en tiempos del general Santander).

Yo me orientaba un poco al azar en el mundo alucinante de los libros. Procuraba complacer a mamá menos en aquellos casos en que la tentación era demasiado fuerte, y darle gusto a papá, venciendo el tedio mortal que me producía la sola visión de los librotes que él me recomendaba; y seguir los consejos de don Tomás:

No escribas por escribir, sino cuando tengas algo qué decir. No trates de escribir bonito. No dejes que se te vea la gramática. El señor Caro decía que para construir una obra son necesarios los andamios y la gramática; pero una vez construida es necesario quitárselos.

Un día en la clase de literatura nos dijo don Tomás:
—Le descubrí una triple redundancia al señor Suárez en su último «Sueño de Luciano Pulgar».

Y nos leyó un artículo lleno de gracia que al día siguiente apareció en el periódico. Don Marco, cruelmente perseguido y vilipendiado en el Congreso y en la prensa por sus propios copartidarios, era un viejo fanático, quisquillosos, orgulloso dentro de una aparente humildad. Don Tomás era un hombre sencillo, irónico, agudo, sin un pelo de tonto ni de los otros en la cabeza, y tan descuidado que se arremangaba los pantalones que siempre le quedaban grandes pues era muy corto de estatura, pero se arremangaba más alto el uno que el otro.

En su próximo «Sueño» don Marco exhibía el Gimnasio como un colegio ateo y subversivo, y a don Tomás como un corruptor de menores y un escritor sin letras y sin gramática. Se le vino encima con un aguacero de citas de autores clásicos y modernos, para concluir diciendo que ese profesor de literatura castellana no sabía castellano.

Alarmado don Tomás nos mandó a su hijo Antonio y a mí a que le lleváramos una carta suya en la cual le daba toda clase de explicaciones sobre la ortodoxia del colegio y retiraba —«yo de mío soy»— aquello de la triple redundancia.

El viejo nos recibió en una casita que tenía en el Camellón de los Carneros, en una sala llena de libros y paobsequió peles. Tenía un gorrito de terciopelo negro en la cabeza y una gruesa manta le cubría los pies. A pesar de que éramos dos niños, se levantó muy cortésmente a saludarnos. En medio del rostro viejo y pálido, semioculto por una barba blanca, los ojos le brillaban como pedazos de antracita. Nos habló largamente, con un fuerte acento antioqueño, del padre Isla, que estaba leyendo en ese momento y del «Fray Gerundio de Campazas» que nosotros no habíamos leído todavía.

Otro día un condiscípulo, hijo de un señor muy rico e importante, amaneció haciendo versos. Por su cuenta y riesgo los mandó imprimir en un folleto, con un prólogo mío, pues no en balde en el colegio me llamaban «el literato». Su padre, en el colmo de la indignación, lo primero que hizo fue recoger la edición que aún no había salido de la imprenta. Mandó llamar a don Tomás y le manifestó su extrañeza por el hecho de que un colegio, al que estudiaba mi hermano mayor eran franceses, y los que papá leía para preparar sus clases de economía política en la Facultad de Derecho eran norteamericanos o ingleses. La generación que hizo la Guerra de los Mil Días, en el sector liberal, había estudiado biología en Darwin, economía en Stuart Mill, filosofía en Spencer y moral en Bentham. Y consideraba reaccionarios y retrasados a los conservadores porque estos estudiaban filosofía en Suárez, sociología en Vitoria y preferían los españoles a los ingleses y a Victor Hugo, Campoamor. Yo también tenía puestos los ojos en Europa y odiaba a los Estados Unidos «porque nos habían robado a Panamá ». Fragmento tomado del capítulo 12 de Memorias infantiles de Eduardo Caballero Calderón Panamericana Editorial (1994) con autorización de Beatriz Caballero parecer serio y honorable como era el Gimnasio, permitiera a los niños perder el tiempo haciendo versos.

—Lo malo no es hacerlos —le observó don Tomás— sino hacerlos malos…

El padre de mi amigo estaba más allá de esas sutilezas. Años atrás su hijo mayor empezó a llegar tarde al almacén de géneros al por mayor que la familia tenía en la calle de Florián.

—Figúrese usted que el muy estúpido a escondidas se había puesto a aprender violín. Le dije que me gustaría oírlo tocar, pues me había enterado de sus ocupaciones matinales, y ambos regresamos a casa… Y allí, sin perder tiempo en escucharlo, le rompí el violín en la cabeza. Y sepa usted que salvé a ese muchacho. ¡Hoy ha hecho, con su propio esfuerzo, más de trescientos mil pesos!

Mi vocación de escritor se fortaleció el día en que don Tomás, de premio por una composición literaria, me paobsequió un Quijote en cinco tomos, con comentarios de Rodríguez Marín, bellamente encuadernado a la española. Yo me sentí feliz, sólo que al día siguiente don Tomás me pidió prestados los libros que me había regalado y dedicado, y como era hombre muy desmemoriado y yo no me atrevía a pedírselos, los perdí para siempre. La dedicatoria decía:

Cuando tomes la pluma para escribir recuerda la leyenda que tenían en la empuñadura los viejos aceros toledanos: No me saques sin razón, ni me guardes sin honor.

Es curioso que una frase oída a una persona a quien nunca volvería a ver, o un libro que alguien había citado delante de mí, o un mal libro en lugar de uno bueno, o el personaje de un libro bueno o malo, tuvieran tanta influencia sobre mí, mucho mayor que la de un pariente o una persona de carne y hueso. Inconscientemente iba almacenando en mi memoria y en mi imaginación cosas que habría de utilizar más tarde en vista de un destino que en mi caso, y desde muy pronto, sería insinuado como una vocación. Más que el mundo real me interesaba mi mundo imaginario poblado de personajes literarios a quienes yo convertía en mitos que trascendían la realidad cotidiana.

Por ejemplo, un día mi profesor de física, un suizo muy inteligente y culto que nunca logró interesarme en las esferas de Magdeburgo ni en los extraños fenómenos de la electricidad, me prestó el primer tomo de la obra de Marcel Proust. En aquella carabela maravillosa me introduje no sólo en el Mediterráneo de los escritores franceses, sino en mi propio mar interior. El colegio, la calle, la casa, mi jardín, todo dejó de existir ante la presencia pungente y alucinante de la literatura.

Para navegar por el mar proustiano, surcado de corrientes profundas que apenas rizan la superficie pareja y azul, me dediqué con todas mis energías a estudiar francés. Compré un libro llamado La vie de Carpentier écrite par lui même. Anotaba en las márgenes, con la ayuda de un diccionario, el significado de las palabras que desconocía, y cuando terminaba la lectura la comenzaba otra vez, repitiendo esa operación hasta llegar el momento en que sabía el libro de memoria.

Trataba de encontrar en los amigos y los parientes, hasta en personas que veía en la calle por primera vez, encarnaciones de los personajes literarios que frecuentaba en los libros. Mi tío Alejandro era una figura de Dostoyevski. La señora de mi tío Antonio María era Doña Trifaldi, la dueña Dolorida; el niño de la calle 13 era el Pequeño Escribiente Florentino. Trabajo perdido, pues esos seres me resultaban menos auténticos y verdaderos que los otros. Frente a la abigarrada colección de tapices que eran el Quijote o las novelas de la picaresca española, y ante la galería de gobelinos que desplegaba ante mis ojos la obra de Marcel Proust, mi colegio, mi casa, mi jardín, mis amigos y mis parientes, eran el reverso de una tela donde todo se enreda y se desdibuja, se borra el diseño, la visión se confunde, e hilachas, nudos y cabos sueltos quedan flotando en el aire. La única realidad redonda, compacta, indiscutible, es la literaria en la cual las personas tienen principio y fin, y aparecen siempre de frente y en primer plano.

En la biblioteca de mi casa, con excepción de los clásicos españoles que habían sido del abuelo Calderón, y los clásicos franceses y los enciclopedistas que fueron de mi tío abuelo Lucas Caballero Echavarría, la mayoría de los libros trataba de ciencias políticas que no me interesaban. La mercancía más codiciada de la Librería Colombiana eran los libros franceses y en las tertulias políticas y literarias del Café Windsor o el Café Inglés se comentaban apasionadamente las novedades europeas. Los libros de medicina en que estudiaba mi hermano mayor eran franceses, y los que papá leía para preparar sus clases de economía política en la Facultad de Derecho eran norteamericanos o ingleses. La generación que hizo la Guerra de los Mil Días, en el sector liberal, había estudiado biología en Darwin, economía en Stuart Mill, filosofía en Spencer y moral en Bentham. Y consideraba reaccionarios y retrasados a los conservadores porque estos estudiaban filosofía en Suárez, sociología en Vitoria y preferían los españoles a los ingleses y a Victor Hugo, Campoamor.

Yo también tenía puestos los ojos en Europa y odiaba a los Estados Unidos «porque nos habían robado a Panamá ».

Fragmento tomado del capítulo 12 de Memorias infantiles de Eduardo Caballero Calderón Panamericana Editorial (1994) con autorización de Beatriz Caballero