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Cien años de Eduardo Caballero Calderón

Versión para impresora

(Beatriz, la hija, escribe sobre su padre)

A mí también me pusieron de tarea a Eduardo Caballero Calderón… Desde niña tuve la angustia de que algún día me iban a preguntar sobre papá y yo no iba a saber qué contestar. Porque él era escritor, periodista, salía retratado en los periódicos, era un señor importante. «Hasta 1967, era corriente la afirmación de que Eduardo Caballero Calderón era el mejor escritor vivo del país», dice el crítico literario Jacques Gilard en su libro Veinte y cuarenta años de algo peor que la soledad.

—¿Qué dice aquí? Léeme, que no veo bien— decía haciéndose el que no alcanzaba a leer. Y era algo que había salido sobre él en el periódico, en una revista, o era el primer ejemplar de un libro recién salido de la imprenta.
Era desesperante esa cantidad de niños de colegio que llamaban a la casa por teléfono porque les habían puesto a papá de tarea. Al principio era divertido, pero cuando ya eran treinta las llamadas en una sola tarde, nos empezamos a aburrir. A veces papá mismo era el que contestaba:
—Tengo que leerme Siervo sin tierra pero me da pereza, ¿por qué no más bien me lo cuentas…?
—Porque ya se me olvidó…
Una niñita más envalentonada, cuando supo que estaba hablando con él, le dijo:
—¡Pues ni se sueñe que me voy a leer su jartera de libro! Y le colgó.
Otro día le preguntaron:
—¿Cuándo naciste?
—Pues… el 6 de marzo de 1910.
—¿Y cuándo te moriste?

Ese día mamá, que era tan práctica, escribió a máquina su biografía en una hojita de papel, se la llevó al señor de la papelería del barrio, y él la fotocopió y empezó a vender a 20 centavos.

* * *

Pues, tal como me lo temía, a mí también me llegó el día en que me pusieron de tarea a papá, ¡y yo que no me lo había leído! ¿Para qué, si en la casa, en la sala, en el comedor, le oía contar lo mismo que escribía? Me acuerdo muy bien de un día, en que no habíamos terminado de almorzar y se levantó afanadísimo de la mesa: —¡Eso está bien interesantísimo, voy a ver qué pasa! Y «eso» era Siervo sin tierra o el Cristo de espaldas, o Manuel Pacho.

A las siete de la mañana, antes de coger el bus del colegio, nosotros pasábamos a despedirnos de mamá y papá a su alcoba, que estaba todavía en penumbra, y nos daban un beso entre sueños. Papá había escrito hasta la madrugada, en la cama, con mucho cuidadito de no ir a despertar a mamá. Escribía a mano, con lápiz o estilógrafo de tinta azul, en un block tamaño media carta sin rayas; después, con bolígrafo en un cuaderno de colegio, cuadriculado y de resorte, con una letrica que con los años se le fue achicando a tal punto que llegó a no entendérsela él mismo, y yo se la tenía que descifrar. Por las tardes escribía en la sala, sobre una tabla sacada de un roble de la montaña de Tipacoque. Se pone sobre los brazos de la silla, a manera de pupitre, con «recado de escribir»: cuaderno, lápiz, gafas, cigarrillos, cenicero, tinto o lo que sea, donde nos seguimos instalando yo y Antonio.

[…]

A las diez, bajaban a la sala a pasar a máquina las notas para el periódico, o lo que papá estuviera escribiendo en ese momento. Mamá alistaba su maquinita Olivetti Lettera 22 —porque era de ella—: todos, incluso papá, teníamos prohibido tocarla, pues era la herramienta de trabajo de la casa, decía ella. Limpiaba el rodillo con un algodón mojado en alcohol, las techas y los tipos con un cepillo de dientes, y metía el papel: unas hojas de papel periódico tamaño oficio que mandaban de El Tiempo. Papá empezaba a dictar, caminando aprisita de un lado para otro de la sala, en las puntas de los pies por su pata coja, descalzo, en pijama o en bata. Mamá tecleaba llevándole la voz, y eso que escribía sólo con cuatro dedos. Papá alcanzó a ser capaz de escribir con dos en sus tiempos de trasnochador en el periódico y a lo cual le achacaba su insomnio. Nosotros lo remedábamos. Le robábamos el bastón y nos hacíamos los que dictábamos, cojeando: «El bus bramaba, coma, gemía, coma, escupía, coma, trepaba cuesta arriba, punto»…

Mamá pedía un tinto y encendía un cigarrillo. Ella se fumaba un paquete diario de Nacional y él, dos de Pielroja. Papá cambiaba un adjetivo, cortaba una frase larga poniendo un punto, empezando la siguiente con «Lo cual…», y ¡ras, ras!, rasgaba sus hojas escritas a mano y las tiraba lejos.
—¡Salimos de esta vaina! Y subía a bañarse. Mamá se iba al garaje a calentar el carro. Él bajaba y lo llevaba a El Tiempo, en la Jiménez con Séptima, a entregar la nota.
Una vez me preguntaron:
—¿Entonces… tu papa es escritor?
—No, mi papá es dictador, la que escribe es mamá.


Del libro de Beatriz Caballero Holguín
Papá y yo / Eduardo Caballero Calderón
Taurus, 2004
Con autorización de la autora.