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La otra Suba, la del gran Centro Cultural

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Otty Patiño
Observatorio de Culturas


Suba es actualmente la localidad con más población del distrito: ya superó a la también populosa Kennedy.

En uno de nuestros primeros artículos sobre localidades describimos a la Suba que se encuentra allende los cerros y se extiende hasta las riberas del río Bogotá y cuyo corazón es la plaza fundacional de lo que antes fue el municipio de Suba, allí donde todavía subsiste el culto ancestral del agua y la supervivencia de humedales como La Conejera. En la periferia de esa Suba reconocida hay otra más reciente. De esta hablaremos ahora, a propósito de la nueva megabiblioteca Julio Mario Santo Domingo.


Plano de ubicación del Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo en la localidad de Suba.

La zona en la que se construyó este Centro Cultural es un terreno de reciente colonización urbanística, que anteriormente se identificaba más con el llamado Tercer Puente que con la antigua Suba. Toda esta zona sufrió una transformación radical con dos grandes acometidas viales: una desde el oriente hacia el occidente con la apertura de la calle 170, desde la Autopista Norte hasta la vía a Cota, atravesando el cerro de La Conejera, y otra desde el noroeste hacia el norte extremo de la ciudad con la prolongación de la Avenida Boyacá, a partir de la calle 127, bordeando el piedemonte oriental de los cerros tutelares de Suba. De la noche a la mañana, a lado y lado de estas expansiones viales emergieron infinidad de conjuntos residenciales en bloques de edificios de apartamentos con el tradicional y característico ladrillo a la vista de las construcciones bogotanas.

Antes de esa repentina ocupación urbana, todo este territorio era una húmeda llanura donde pastaban apacibles las vacas blanquinegras en potreros separados por bajos muros de tierra o adobe y donde sobrevivían algunos de los árboles nativos como el sauce llorón, el cucharo y el arrayán, salpicados por una que otra casa y algunos pequeños conjuntos habitacionales llamados condominios. En el sector de San José de Bavaria, además de los condominios, se podían encontrar grandes mansiones y un sinnúmero de nuevos colegios campestres, razón por la cual la estrecha, barrosa y mal empedrada calle que antes era la 170, se llenaba, en los nublados amaneceres sabaneros, de buses de colegios.

En la única casa de una sola planta funcionaba la Estación de Policía y, diagonal a ésta, una Estación de Bomberos; un par de cuadras hacia el norte, en un antiguo potrero, había un paradero de los buses que hacían la ruta hacia la Bogotá urbana. La ciudad llegaba hasta las cercanías de Nueva Zelanda, Villa del Prado y Namur. En ese entonces, el tímido proceso de urbanización cubría tan sólo la más cercana rivera de la Autopista Norte. Se respiraba entonces aire de campo con vacas, caballos, ovejas, perros y unos cerros casi vírgenes, protegidos tan sólo por arbustos espinosos que castigaban el paso de quienes osaran adentrarse en la montaña.

No obstante, entre la celosa vegetación, existían claros para acampar aprovechados por quienes disfrutaban de los paseos campestres, a los cuales se llegaba por escondidas trochas donde los profesores de los colegios vecinos llevaban, en excursión, a los estudiantes ya mayores para, después de un frugal almuerzo, coronar sudorosos esas colinas y divisar, de un lado, al pueblito de Suba, los viveros de flores, las colinas de Cota y, del otro lado, el largo gusano de la Autopista Norte y la ya poblada localidad de Usaquén con sus cerros erosionados por las minas de arena de roca y piedra. De eso no más pasaron quince años. Calles y edificaciones de todo tipo, el portal del TransMilenio y grandes almacenes y centros comerciales como Carrefour, Alkosto, Éxito y la mole del moderno Centro Comercial Santafé, entre otros, cambiaron el bucólico paisaje de este territorio para integrarlo totalmente a la civilización de la cuadrícula, el cemento, el vidrio, el aluminio y el ladrillo.

Esto era inevitable en una ciudad como Bogotá, que se expande día a día con una velocidad asombrosa. Lo interesante ahora en este territorio es la aparición del Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo, que puede volver a llenar de contenidos más humanos un espacio que perdió su encanto natural en aras del progreso. Cuando este nuevo espacio se convierta en la colina emblemática de esta otra Suba y se oiga de nuevo la risa jubilosa y sorprendida de los niños sorteando el espinoso laberinto de otros riesgos para llegar a nuevos claros, podremos decir entonces que valió la pena toda esta expansión, todo este crecimiento, toda esta inversión, todo este esfuerzo.

(Este artículo fue elaborado con el apoyo de Andrés y Giovanna Torres, antropólogos y habitantes de Suba).