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Perfil: Julio Mario Santo Domingo: generoso, intelectual y sensible

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Por Guillermo Angulo

  
Don Julio Mario Santo Domingo.
Foto © Hernán Díaz, cortesía de Rafael Moure
 


Julio Mario Santo Domingo, amigo de Kissinger, de los presidente Bush —padre e hijo—, Carter y Clinton; de los Agnelli, dueños de la Fiat, de Carolina Herrera, «es uno de los hombres más influyentes del mundo» según la revista Vanity Fair. Se mueve cómodamente en el jet set internacional — donde se le oye hablar con gran fluidez en alemán, portugués, francés, inglés o italiano— y se ha desenvuelto con igual desenfado en el medio de la cultura.

Su mejor amigo en Barranquilla era el escritor y periodista, Álvaro El Nene Cepeda, y a través de él llegó a formar parte del Grupo Barranquilla, en el que compartía tertulia y ron con Germán Vargas, Eduardo Vilá, Alfonso Fuenmayor (quien según Gabo, mamaba gallo en latín y estaba corrigiendo la Enciclopedia Británica) y el mismo Gabriel García Márquez, en ese entonces apenas autor de Jirafas.

No es que ese ambiente haya convertido a Julio Mario en escritor, sino que si no hubiera sido intelectual no habría podido formar parte del grupo, que en La Cueva ya se había dividido netamente entre intelectuales y cazadores. Venía precedido de un mito: su padre, Don Mario, habría inventado el correo aéreo, lanzando desde la carlinga abierta de un avión piloteado por Knox Martin —bufanda fluctuante al aire— un saco con cartas en la plaza de Puerto Colombia, y fue pionero de la aviación comercial en el mundo. Los Santo Domingo siempre han mirado hacia adelante.

En su juventud, Julio Mario había publicado un cuento titulado Divertimento, que años después habría de descubrir —entre toses y estornudos producidos por el hojear de las polvorientas ediciones de la revista— otro escritor costeño, Juan Gossaín:

 

Fatigado y enfermo, cuando estaba a punto de renunciar a mis propósitos, encontré por fin el bendito cuento, que ya se me había convertido en una maldición. Fue publicado hace ya casi cincuenta y tres años. Aparece en la página 15 de la edición correspondiente al sábado 26 de febrero de 1949, con un dibujo de Alejandro Obregón. En ese momento, Alfonso Fuenmayor era el director de Estampa y se lo envío a sus cofrades de Barranquilla para que lo reprodujeran en Crónica. Allí fue, precisamente, donde yo lo leí por primera vez.

Julio Mario maduró y se convirtió en el más importante y culto industrial colombiano (y el más elegante: Saville Row, zapatero personal en Italia, camisas francesas sobre medida) y siguió cultivando sus gustos artísticos, que son múltiples: coleccionista de arte (en su apartamento de Nueva York, alzándose sobre muchos otros, un impresionante Picasso preside la sobria sala, en la que un piano de cola agrega a su belleza la de una orquídea Phalaenopsis blanca). Gran aficionado a la música —en especial al jazz—, conoce a fondo la literatura, particularmente la inglesa y la francesa, sin olvidar el cine.

Un amigo suyo recuerda haber estado presente en un encuentro de Julio Mario con el director hispanomexicano de cine, Luis Alcoriza (guionista de Buñuel), y haber visto la cara de asombro del director cuando Julio Mario le preguntó:
—¿Tiburoneros (una de sus películas menos conocidas) es del 62 o del 63?
A lo que Alcoriza, sin tratar de esconder su asombro, le dijo:
—La filmé en 1962, pero sólo se estrenó en el 63. Así pues, Julio Mario es un industrial atípico. En Colombia apenas pueden citarse unos pocos más al hablar de arte y literatura, entre ellos José Alejandro Cortés, cuyas compañías del Grupo Empresarial Bolívar patrocinan un conocido premio anual de periodismo y publican cada diciembre, desde hace más de treinta años, un libro de arte, y Nicanor Restrepo, un experto en Balzac, quien después de abandonar la presidencia de Suramericana de Seguros (que conlleva el inexistente pero visible título de presidente del Sindicato Antioqueño) se fue a estudiar a La Sorbona, en París, como cualquier veinteañero.

La familia Santo Domingo ha estado de tiempo atrás ligada a la cultura, particularmente a la educación: a la Universidad de los Andes le donó un edificio, así que no es sorpresivo que ahora le haga a Bogotá el mejor regalo que le haya hecho particular alguno: el Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo, situado en la localidad de Suba. Cuando era gerente de la Red de Bibliotecas de Bogotá y más tarde, como Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte del Distrito, Catalina Ramírez Vallejo tuvo el privilegio de asistir al nacimiento de esta idea, a su desarrollo y concreción desde cuando le sirvió de guía a Julio Mario y a su hijo, Alejandro, por todas las bibliotecas importantes de Bogotá. Desde un principio, Santo Domingo captó que había una zona huérfana de facilidades culturales, Suba, y decidió que su Centro Cultural —que además de una enorme biblioteca contaría con dos teatros y salas de conciertos y exposiciones— se situaría en esa zona.

Si por muchas otras razones Julio Mario Santo Domingo no se hubiera ganado un primerísimo lugar en la historia de la economía colombiana, ahora va a estar presente, por mérito propio, en los millones de corazones agradecidos de los habitantes de Bogotá.

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