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En el MamBo:La exposición Confluencias, dos siglos de gran pintura

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Por Juan Gustavo Cobo Borda

  
 Dora Maar. Óleo sobre lienzo de Antonio Saura, 1983. 


Hasta el 23 de mayo de 2010 podrá verse en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, Mam- Bo, la muy sugerente y rica exposición denominada Confluencias, que abarca dos siglos de modernidad en la Colección del banco BBVA.

Una exposición que se inicia con 10 grabados de Los caprichos de Goya, en los que la moral ilustrada del siglo XVIII busca, a través de aguafuertes, aguatintas y aguadas, fijar, escarneciéndolas, las condiciones de un mundo, sin lugar a dudas, medieval en sus prejuicios oscurantistas de diablos y brujos, de aquelarres y ritos satánicos. Un mundo de claroscuros donde serviles celestinas siguen ofreciendo doncellas en pingüe transacción matrimonial, y un coro desdentado de viejas mantiene viva la locura de una razón que se extravía y engendra monstruos. Sin embargo, es el mismo Goya quien en 1808 despliega su lienzo de más de dos metros de alto del capitán de húsares don Pantaleón Pérez de Nenin, con su redondo rostro, enmarcado por bigote y patillas, y dominado por toda la parafernalia militar de su capa, espada, bastón, alamares y rojo penacho sobre el azul del uniforme. Pero lo singular de esta lograda obra es que toda esa refinada orfebrería dorada de galones, presillas y borlas no ahoga al bilbaíno, muy goyesco y muy humano, al cual su familia contribuyó a financiar, patrocinando este cuerpo del ejército.

En vísperas de la independencia del Nuevo Mundo, el imperio lucía sus atributos. Pero ese imperio sería muy pronto, en el XIX, sólo otra nación en el concierto europeo. Por su parte, el retrato de Bolívar del caraqueño Martín Tovar y Tovar (1827- 1902) señala los nuevos ámbitos políticos, todavía tan dependientes del viejo orden en la imaginería revolucionaria, pero que ya comenzaban a nutrirse de la savia popular, con las acuarelas de Pancho Fierro (Lima 1807-1879) permitiéndonos ver a esos tipos indígenas con su llama como medio de transporte, atravesando, quizás, plazas del altiplano, mercados populares donde convivían vendedoras de maní y coheteros. Todo ello en grafismos sumarios, en el registro impaciente de quienes no tenían tiempo que perder y buscaban apenas dejar su testimonio de poncho y capacidad de resistencia. Pero será, no hay duda, el paisaje y el retrato los que perdurarán en una sostenida continuidad y que en Antonio Smith (Chile, 1833-1877) nos brinda ese Paisaje cordillerano con las nieves remotas, los ocres contrafuertes y el áspero primer plano rocoso y que muestran cómo la naturaleza, en su geología primordial, será la que defina en primer lugar al Nuevo Mundo. Muchos intentos fallidos, muchos viajes a París, mucho aprendizaje de técnicas y percepción, irán configurando la expresión humana en las dos orillas que baña el Atlántico.

Allí está la joven mujer pintada en entonados verdes por Raimundo de Madrazo (Roma,1841-Versalles,1920), con la airosa pluma del mismo color, el bucle rubio, las flores amarillas y las dos joyas o el Rostro de mujer, de Nicanor González (Chile, 1864 - 1934), hecho de blancos copos de nieve, sobre el cual contrastan, con delicadeza, el rosa pálido de la piel y, con firmeza, el negro del cabello para entregarnos, en fin, la pensativa lejanía de su mirada. Pero será el Estudio de una calavera (1883), el óleo sobre cartón del pintor español Joaquín Sorolla, el que con sus dramáticas oquedades y sus desdentados contrastes de blanco sobre negro, nos estremezca con su realismo tenebrista. Con su clausura de un modo de entender la pintura. Ya en el siglo XX y como lo ha indicado con claridad Tomas Llorens, curador de esta valiosa muestra, muchas veces la narrativa acezante de los ismos que se devoraban unos a otros impidió percibir cómo la vanguardia, en ocasiones, no era más que una relectura de la tradición. Así sucede con el maestro mexicano de los muralistas, el Dr. Alt —Gerardo Murillo— (1875-1964), quien con su Volcán Paricutín, carbón sobre cartón, vuelve a una naturaleza tiznada de negros y grises, en verticales trazos, mientras la boca del volcán —un tanto infantil— dispersa ceniza. Una ceniza, bien pudiera decirse que llega hasta 1967, cuando David Alfaro Siqueiros utiliza nuevas técnicas —piroxilina sobre conglomerado— para hacer que la secular montaña ondule en capas superpuestas y logre darnos los efectos ilusorios y un recobrado futurismo en movimiento. Dentro de esa voluntad de encontrar un signo ya americano en la pintura, caso de las maternidades picassianas del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, destacan los paisajes rituales del peruano Fernando de Szyslo, con sus totémicos árboles de formas angulares y colores sombríos apenas iluminados por dos o tres trazos de rojo sangre, que lo hacen aún más extraño y poderoso, en su raíz mítica. Vemos también, en la parte española, a una muy rica y representativa nómina de informalistas, entre los que se destacan Millares, Tapies, Feito (Madrid, 1929) y sobre todo Antonio Saura (1930-1998), con una soberbia recreación de 1983 del retrato que Picasso hiciera de Dora Maar en 1939. Es una metamorfosis brutal y enérgica, con una paleta de negros, blancos, grises y sienas, del gran destructor que era Picasso, llevándolo más allá de sí mismo, hasta su último límite expresivo. Hasta tacharlo y rearmarlo sólo con trazos que tiemblan y se combaten en un soberbio tour de force en el cual la pintura vuelve a matar sus ancestros y erguirse como imagen absoluta. Las sesenta pinturas y grabados que componen esta muestra excepcional muestran la riqueza indudable de un arte que, en dos siglos, ha mantenido una continuidad creativa digna de mirarse y admirarse. (Confluencias, actualmente se exhibe en el MamBo.)
 



Las pinturas de esta página forman parte de la gran exposición Confluencias, de la colección del Grupo BBVA, actualmente exhibidas en el MamBo

Agradecimientos:A Gloria Zea, directora del MamBo y al Grupo BBVA por el suministro de los materiales aquí publicados.