Buscar


De libros y palabras: Cómo me topé con los libros y las palabras

Versión para impresora

Por Juan Gossaín

Acaba de parar abril, el mes del libro y del idioma. Es decir: la época que destinamos cada año para rendirle tributo de sumisión al único rey que vale la pena reconocer, el único que merece pleitesía, el único ante el que me hinco de rodillas como un vasallo rendido: la palabra. Muchas veces me he preguntado y me han preguntado por el origen casi freudiano de mi amor por el lenguaje, por mi costumbre de divertirme con él, por rastrearlo como si fuera un animal de monte y por desentrañar hasta el más humilde vocablo.

Ahora que lo pienso en serio, por primera vez, la única respuesta que se me ocurre es que hay algo de ancestral en esas relaciones felices y ligeramente incestuosas. La palabra es parte de mi familia. Es un legado. Es la hacienda que me dejaron por herencia. Soy hablante de español en primera generación. Mis abuelos y mi padre, que descendían de navegantes fenicios, cruzaron medio mundo para encontrar destino, cobijo y compadres en San Bernardo del Viento.

«Cuando llegué aquí», diría mi padre, muchos años después, «yo no sabía si la letra o era redonda o cuadrada». Pero al final de sus días, sentado a la puerta de la casa en un taburete de vaqueta, era un contento oírlo declamar, con cierto acento entre andaluz y gitano, unos extraños poemas que Gonzalo de Berceo había escrito en Román paladino, cuando nuestra lengua apenas estaba aprendiendo a gatear. Desde el primer atardecer, cuando vio aquel pueblo adormecido al otro lado de los altos arrozales, dedicó su larga vida a descifrar los secretos más recónditos de su nuevo idioma. Para lograrlo echó mano de una sola arma: un diccionario antiguo y desarrapado que remendaba con amor y un frasco de goma. No lo consultaba con la frialdad hospitalaria de un vademecum ni para remediar las incertidumbres ortográficas de una secretaria; lo leía con pasión, como si fuera una novela de aventuras o un relato de viajes por planetas desconocidos.

Ese hábito fue la mejor tradición que me dejó. Ese fue su patrimonio. Colecciono diccionarios. Tengo ciento veinticuatro, aunque eran ciento veinticinco, pero algún malhechor sin entrañas se robó uno, el que tenía un hermoso nombre de poema: diccionario de palabras que ya no se usan. Por eso mismo, por eso, me hierve la sangre cada vez que recuerdo la frase infortunada de algún genio de las letras españolas, cuyo nombre, por fortuna, he olvidado: «El diccionario es el cementerio de las palabras». No estaba ni tibio cuando dijo eso. Es al revés. El diccionario es la cuna donde se cría el idioma, cuna y sonajero al mismo tiempo. Es la mano que arrulla el lenguaje, meciéndolo, y lo nutre con la leche materna. En las últimas ediciones publicadas por la Real Academia Española he descubierto, además, que las definiciones de cada palabra se han vuelto hermosas y poéticas con el paso de los años. Les pongo un solo ejemplo: «Aurora. Luz sonrosada que precede al amanecer». Si eso no es un verso de verdad, ¿qué diablos es, entonces?

Hay muchos libros inolvidables, incomparables, formidables, pero hay un solo libro imprescindible: el diccionario. La última vez que vi sonreír a mi padre, al borde ya de su cama de enfermo centenario, fue el día en que resolvió difundir entre el vecindario del pueblo el cariño por las palabras. Le prestó su diccionario incunable a la señora Bruniquilda Morelos, que era tan curiosa. Se lo llevó a su casa. Volvió a la semana, con una cara de desconsuelo. —Ay, don Juan —le dijo, avergonzada—. Usted perdone, pero ¿cómo puede uno leer un libro que ni siquiera tiene índice?

Fue entonces cuando él sonrió. Yo sabía en lo que estaba pensando. Pensaba que valió la pena haber venido hasta aquí, en el rabo del mundo, para acabar la vida recitando el soneto de Quevedo a unos huesos que ya eran polvo, pero polvo enamorado.

El autor se refiere a uno de los más bellos sonetos de la lengua castellana, que transcribimos completo para nuestros lectores:

Amor constante más allá de la muerte


Dibujos de Pablo Picasso
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo y Villegas