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De la corte del rey Carlos XIV de Suecia a la Bogotá de la Independencia (1825-1826)

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Por Carl August Gosselman
Notas de Guillermo Angulo


En abril de 1825 un bergantín, bautizado casualmente ‘Cristóbal Colón’, llegó a Cartagena de Indias trayendo desde la fría Suecia a un nuevo descubridor, el joven marinero Carl August Gosselman, inteligente observador lleno de prejuicios «que ni siquiera trataba de disimular». Venía a buscar nuevos mercados para su país y consignó sus observaciones en un libro que en su tiempo tuvo gran éxito, tanto en Suecia como en Alemania: Viaje por Colombia (1825 y 1826).

Primero recorrió toda la costa Caribe, haciendo ligeras observaciones que han perdurado como injusto lugar común:

Los días festivos que seguían a la Semana Santa, sumados a la pereza y curiosa lentitud de los habitantes, evitaron que lográramos realizar muchas cosas en ese tiempo. Puedo decir con razón que los colombianos durante la mitad del año tienen días de fiesta y el otro medio año no hacen nada. No se necesita ser muy exaltado para perder la paciencia cuando, después de haber corrido durante largos días detrás de un señor, éste —moviéndose en su hamaca— pronuncie su frase favorita: «Vuelva mañana»; y al insistir en un nuevo retorno recibe la categórica respuesta: «Hoy es día de fiesta».

Luego emprendió viaje desde Cartagena hacia Bogotá, con escalas en Mompox y Medellín, haciendo parte del camino a lomo de mula y, luego de una larga espera de un barco de vapor que nunca llegó, remontó el Magdalena en una piragua, que el autor describe así:

Era un árbol entero de cedro, de veinte pies de largo y unos tres de ancho, con una profundidad de tres cuartos de pie; su fondo era redondo, sin quilla, y no se hundía más de nueve pulgadas en el agua.

Se asombra de la exigencia de pagar por adelantado, entregándole el dinero al timonel:

Especialmente en un país en que la honradez no está muy desarrollada, menos las acciones de la policía.

Concepto que cambia cuando habla de la gente de Antioquia, adonde fue a parar en búsqueda de paisanos que le dieran sus opiniones, y llegó a conocer al célebre compatriota, el ingeniero Carlos Segismundo von Greiff, quien vino a Colombia en busca de oro sin saber que nos iba a dejar un legado de inteligentes descendientes, matemáticos, musicólogos y poetas.

El principio de la descripción que Gosselman hace del Valle de Aburrá es de clara inspiración náutica, pero el final del primer párrafo podría ser firmado con orgullo por cualquier antioqueño:

El valle me recuerda una quilla de barco. Sus costados están formados por los cerros: en su cúspide está Envigado y en su base Medellín. Sus casas rojas y verdes alamedas limitan por un costado el paisaje alegre de prados, arboledas, sembradíos, arbustos y pueblos desparramados a ambos lados de la cordillera, bañados por las curvas del río. Esto nos hace sentir que nada falta para que el lugar sea ideal y fomenta el deseo de vivir y morir en esta libertad. Si no es así, al menos hará surgir el siguiente interrogante: ¿Será posible encontrar un paraje más hermoso en la tierra?
[…]
Pronto comprendería que, en general, los habitantes de Antioquia tienen esta cualidad. Existe la seguridad de poderles hacer entrega del efecto más valioso y siempre se recobrará. Escuché decir en varias oportunidades a bodegueros y grandes comerciantes que a un peón puede entregársele la maleta con toda confianza, pues se encargará de llevarla a su destino; y ella puede ir abierta o cerrada y el dinero puede estar o no contado, y todo el contenido llegará a la meta sin haber sigo hurgado ni sustraído.
[…]
No se puede olvidar que en otros lugares personas del mismo bajo nivel no tienen ningún reato de conciencia de tomar lo que no les pertenece y llenar su panza con el sacrificio de otros.

Al continuar su viaje por el Magdalena, el autor describe el novedoso paisaje que veía desde la piragua: animales hoy prácticamente inexistentes, como los caimanes, y las escandalosas (en color y sonido) guacamayas, que describía así:

Durante la mañana, la ruta siguió la margen izquierda del río, con la compañía de monos y papagayos, como los únicos capaces de interrumpir el silencio de la naturaleza. Gran número de cocodrilos dormían plácidos sobre los bancos de arena, abriendo sus enormes fauces para luego arrastrarse, al notar nuestra presencia, hacia el interior de las aguas, en las que se distinguían por su columna, parecida a una sierra colocada sobre el nivel del río.

Al llegar a Bogotá, anota cómo la capital es mucho más poblada que Medellín, de la que había dicho:

«Su población llega a las nueve mil personas, que en gran parte son comerciantes»: Una ciudad con treinta y cinco mil habitantes. La solidez de todas las construcciones parecen un desafío a los movimientos de tierra que puedan presentarse. Cuando ya veníamos de regreso comenzamos a apreciar la belleza de la catedral, que había terminado de construirse en 1814.

Y aunque la Séptima era todavía «la calle de la Carrera », se ve que ya existía lo que ahora se llama el septimazo:

La fachada [de la catedral] da hacia la plaza, de la que está separada por un paseo muy solicitado en los atardeceres, especialmente por las personas más prestantes de la ciudad, cuyos exponentes masculinos se pasean de un lado a otro con sus grandes cigarros.

Y describe el que, después de haber tenido diversos usos y muchas transformaciones —la última en 1905—, acabó siendo el Palacio Liévano, hoy sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá:

Frente a ella se halla el antiguo palacio de los virreyes, que actualmente es la residencia de los presidentes, hoy habitado por el vicepresidente, ya que el presidente se encuentra ausente. Pudiera decirse que tal palacio no tiene belleza exterior ni interior. Consiste en una casona de piedra, de dos pisos, pintada de blanco, de techo plano, con dos plantas adicionales, una de ellas ocupada por el canciller, y la otra por la guardia.

Habla de la pobreza de espectáculos, a pesar de tener un teatro vacío desde que se fueron los españoles. Apenas si hay pequeñas obras montadas por estudiantes. Y los toros:

Lo otro que podría mencionarse son las corridas de toros, aunque éstas parecen haber sido deformadas en toda la República en cuanto a su naturaleza verdadera. Comparadas con las españolas, éstas parecen imitaciones realizadas por niños.
[…]
Al toro, o mejor dicho al buey, se le amarra una cuerda a los cuernos y comienza a ser molestado por negros que, con pañuelos y frazadas, actúan como banderilleros, mientras que los picadores sólo están armados de palos cortos, y los sonadores, o sea los petardos, se encargan de asustar un poco más al animal, acompañado esto de gritos del público y ejecutantes.

La otra diversión que describe son las peleas de gallos:

La pasión por este espectáculo es tal, que puede verse a un esclavo negro llevar una gran bolsa repleta de onzas, con la que los dueños de los gallos hacen sus apuestas, así como también a señores del mejor linaje sacar su gallo favorito, oculto bajo unas mantas [el ‘gallo tapado’]. Ese era el caso de Arrubla, un rico comerciante extraordinariamente apasionado, que poseía una gallería con más de doscientos gallos, criados para peleadores, todos dedicados a ser masacrados en ese extraño, ridículo e inhumano espectáculo.

Pero la estadía del sueco coincide con la consolidación de nuestras guerras de independencia. Él cuenta como:

En 1820 se firmó un armisticio entre Bolívar y Morillo, tras el cual el general español se marchó a su tierra, dejando el mando de las tropas a Latorre y Morales. El Libertador consideró que ese pacto no le favorecía y lo rompió, disponiéndose luego a librar la batalla definitiva, la de Carabobo, en la que los realistas, si bien mayores en número, sufrieron una derrota estruendosa.

Y describe al Libertador así:

Bolívar no tiene más de cuarenta y cinco años, pero se ve bastante más viejo; la explicación es la vida que ha tenido que llevar. Su figura es más bien pequeña y delgada, aunque sus extremidades son bien proporcionadas. Es dueño de una fuerza y agilidad poco comunes. Su cara es alargada y está adornada con unos ojos oscuros, llenos de vigor y penetrantes y una nariz grande y curva. Su pelo es liso y negro, al igual que sus bigotes y patillas. La piel está curtida por los vientos. En general, reina en todo su aspecto una seriedad segura y de grandeza, mezclada con algo de meditación. De su figura, cuando se encuentra rodeado por amigos, resalta su bondad y viva alegría.


Cuenta una anécdota de algo ocurrido en casa de una distinguida familia, en la que se celebraba el triunfo de la batalla de Boyacá. Tarde llega un oficial británico, bien vestido pero con una camisa sucia, a lo que Bolívar le dice:

Usted es mi mejor coronel. ¿Cómo es posible que tenga la camisa tan sucia en una cena de tanta esplendez? El coronel respondió que lo lamentaba mucho, pero no tenía otra camisa. El Libertador se sonríe y ordenó a su mayordomo que le entregue una camisa a su oficial. El mayordomo dudó y miró avergonzado a Bolívar. Al notar éste tal duda, se molestó y preguntó por qué no se hacía lo que él ordenaba. El sirviente ya no pudo evitar la respuesta: Su excelencia no tiene más que dos camisas: la que lleva puesta y la que está en el lavadero.

Según cuenta en el prólogo del libro Hans E. Scold, en el año de su publicación embajador sueco en Colombia, su compatriota se despide así de nuestro país:

Las vagas cumbres de la Sierra Nevada de Santa Marta se sumergen por la popa del bergantín inglés ‘The Countess of Chichester’ y su despedida es: Detta sa sköna land hvars fysiska natur är sa otroligt och omväxlande (Este país tan bello, con una naturaleza tan rica y variada).

Todas las citas han sido tomadas del libro Viaje por Colombia (1825 y 1826), publicado por el Banco de la República en 1981 y traducido por Ann Christien Pereira.