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La Vuelta a Colombia en Arte

Versión para impresora

Por Juan Gustavo Cobo Borda

  
Castillo de San Felipe, Óleo sobre papel de Cecilia Porras. Circa 1967.
Fotografía de Ernesto Monsalve.
 

Usted puede oír la precisa y sobria voz de Gabriel García Márquez leyendo un fragmento de El coronel no tiene quien le escriba o la recia y enfática voz de Álvaro Mutis recitándonos su poema El miedo o la más frágil, pero cargada de risueña ironía voz de León de Greiff diciéndonos: «Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida». O en cuatro rojas y cómodas viejas sillas de cine mirar un fragmento de El río de las tumbas. Ha llegado un nuevo cadáver por el río y el policía lo aleja de la orilla diciendo: «Problema para el otro alcalde». O La langosta azul, con Álvaro Cepeda Samudio de actor. O Marta Traba, en televisión de la época, hablándonos de Andrés de Santamaría y Fernando Botero. O la radio omnipresente en todos estos años con la Vuelta a Colombia en bicicleta y los concursos de belleza.

En todo caso, esta didáctica y exhaustiva muestra, La vuelta a Colombia, artes plásticas 1948-1965, curada por Julián Serna, Nicolás Gómez y Felipe González y que estará en el Museo Nacional hasta el 13 de junio, tiene, como se dice, muchos contextos, variadas ayudas explicativas, publicidad de la época, documentos oficiales de tiempos del general Gustavo Rojas Pinilla, pero nada de esto sustituye el golpe de reconocimiento ante los muchos Boteros y bastantes Obregones que animan las salas, con la gratificante sensación de lo ya visto y gustoso de ver de nuevo o las más singular de algo hasta ahora saboreado por primera vez como el Paisaje urbano de Florencia, un óleo de Fernando Botero de 1954 que explora la geometría con sus sólidos cubos, torres, círculos y triángulos y su maciza cúpula de basílica, que tiene algo de mirada deformante de niño, feliz entre colores. Entre rosa y marrón. Las sorpresas siguen con un delicioso Sofía Urrutia: Casitas de la calle 24, donde una luz suave y unos prados tenues nos proponen sus tejas de colores enmarcadas por los cables de luz, y animadas aún más, en su apacible y luminosa sobriedad, con la cuerda de ropa tendida, tan alegre y cromática.

Otra mujer nos impacta, con registro diferente. Es Cecilia Porras, quien en 1960 pinta las Murallas en la noche. Su Cartagena de piedra, pesada de historia, se arremolina y estremece entre distorsiones grises y ráfagas negras. Ya no se trata sólo de un gigante inmutable. Es una cabal obra de arte. Un temperamento que explora la psiquis histórica de una ciudad que su pintura funda de nuevo, en el caos original. El remontarse, también, a la fundación mítica de El Dorado, como hace Eduardo Ramírez Villamizar, en 1957, tan sobrio, tan arquitectónicamente ensamblados sus curvas y planos, sus finas luces y sombras, nos despeja la visión para mirar obras como las de Carlos Rojas de los años 60 con su Rostro y su Bodegón, depurados y elegantes en sus papeles pegados sobre madera, que muestran lo bien que entendió a Matisse o Braque. O sentir, ante el Armando Villegas de 1958, un óleo titulado Azul violeta verde luz, cómo la racionalidad geométrica de ascendentes triángulos se hace enigmática en oscuridades iluminadas por unos pocos círculos de luz. Un edificio visual de sabias tensiones y armonías. Así, la «experimentación formal» como señalan los curadores, adquiere «un carácter poético y simbólico».

Sólo que la tal modernización, siempre próxima, siempre esfumada, esta cruzada por la marca sangrienta de la violencia, en los aguafuertes y aguatintas de Luis Ángel Rengifo, en la visceralidad amorfa con que Norman Mejía plasma sus «malas horas», blancas y lechosas, entre rojos sangrientos y negros expresionistas. Y, sobre todo, Alejandro Obregón, no sólo en sus óleos que resumieron la época sino también con su xilografía airosa, elegante de líneas piramidales, dos manos que empuñan un cuchillo y se cierra todo ello en un muro y una negra ventana que clausura el futuro.

Los curadores insisten en recrear un clima de época, un trabajo en grupo, más afinidades generacionales, dando voz colectiva a un arte colombiano que luego promocionó a algunos y desdeñó a otros, en los altibajos del mercado, la orientación de la critica, y la cada vez más amplia internacionalización de esa cultura, todavía entonces tan cercana al campo y tan marcada por los símbolos religiosos. Pero son las cosmogonías personales las que subsisten como Débora Arango, con su feroz y sin embargo hilarante sarcasmo de carnaval humano-animal propio de El Bosco. Allí donde se grita «Viva Gaitán», se vive una época aciaga y esperpéntica de piernas desolladas y bayonetas clavadas en cuerpo deformes, entre los marrones verduzcos de la acuarela. Y las campanas son tocadas a rebato con mirada perversa, mientras monjas y soldados arman su aquelarre.

La vuelta a Colombia, en pintura, ofrece muchas lecciones imprevistas que vale la pena asimilar. Esta es sólo una invitación a ese recorrido doloroso y apasionante.

Narrativa de la vida de un santo, óleo sobre tela de Fernando Botero (Circa 1959). Colección del Museo Nacional de Colombia. Fotografía de Juan Camilo Segura.


La vuelta a Colombia en pintura ofrece muchas lecciones imprevistas que vale la pena asimilar. Esta es solo una invitación a ese recorrido doloroso y apasionante.
Juan Gustavo Cobo Borda

Agradecimientos a María Victoria de Robayo, Directora del Museo Nacional, por el suministro de los materiales que conforman estas páginas.