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Libros

Versión para impresora

Por Juan Manuel Baquero

Paisaje con figuras de Antonio Caballero

Los periodistas tienen la ventaja de haberse formado ya un público cuando deciden editarse una obra; de modo que siempre que un nuevo escándalo ensucia nuestra esfera política, uno espera la columna de Antonio Caballero como espera el próximo trabajo de Michael Moore o la última canción de Eminem.

El Malpensante recogió en este libro la actividad periodística de Antonio Caballero en la nómina de la revista española Cambio16: «Crónicas de arte, literatura y música», según el subtítulo de Paisaje con figuras, nombre que engloba esta recopilación. A fuerza de emplearse en el sano ejercicio de la crítica, Caballero se ha ganado su bien merecida fama de «doctor no», de intelectual a quien nada le gusta. En esta ocasión escribe sobre aquello que ama: exposiciones de pintura, libros, colecciones privadas, personalidades, etc. En su nota preliminar, el autor excusa el carácter demasiado heterodoxo del libro. Y lo vacuna contra quienes pudieran exigir un criterio de selección diferente del que ordenan las salas de redacción con sus fechas de cierre. Reconoce la escasa unidad de los textos —un problema que los escritores ‘modernos’ resuelven con grapas—. Caballero asegura con Libros su habitual sarcasmo: «Un periodista cultural no es serio. Una revista de actualidad no es seria». Para no contrariarlo, digamos, entonces, que si acaso esta lectura no es seria, a cambio, es supremamente agradable.

Para nosotros, lectores en este lado del mundo, resultará interesante saber qué pasaba en Europa durante las últimas tres décadas y —más aún— qué pasaba en la mente de tan sabroso escritor. No pediremos ninguna unidad a quien todo lo funde en su estilo, derroche de erudición implacable. No hay duda de que la variedad de los tópicos responde al espíritu de una ciudad como Madrid, donde se puede cenar bien por dos euros o encontrar restaurantes de fino lino en la misma cuadra. Donde se puede asistir al Museo del Prado o conversar en cualquier parte con las estrellas del fútbol.

Ya se trate de García Márquez, Borges, Bacon, Picasso, Dominguín o Mozart, Antonio Caballero siempre nos dice algo nuevo. Eso es lo más importante. Está bien que El Malpensante le eche otra vez el guante, como en los mejores días de esa revista, cuando publicaba sus cuentos. Quienes gustamos de todo cuanto escribe celebramos la aparición de este libro.


Los informantes
de Juan Gabriel Vásquez
El oficio de comentar libros en ocasiones puede ser superficial. A propósito, Oscar Wilde afirmaba que toda crítica era una forma de autobiografía; nada más cierto. Cuando el reseñista se engaña pensando que el resto del mundo se interesa por sus gustos, y le vemos contorsionarse para justificar sus preferencias, el lector —que acude a las páginas culturales con la esperanza de hacer algún descubrimiento— se encuentra, ya no con la crítica literaria, sino con la más zafia criticonería. Basta decir que Los informantes del novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez es un libro importante. En 1999, dos periodistas publicaron una investigación titulada Colombia nazi, basada en numerosos documentos de Estado, colombianos y norteamericanos. El libro iba sobre un capítulo prácticamente ignorado de nuestra historia reciente. No debe sorprendernos que hubiera espías alemanes en territorio nacional: la situación geográfica de Colombia era un mirador privilegiado para ofrecer información de la actividad marítima del Tío Sam durante la segunda guerra mundial.

Esta circunstancia no tardó en ser advertida por el servicio de inteligencia de la administración Roosevelt, quien alegando «amenaza del hemisferio » (¿Suena conocido?) pronto legitimó la intervención de agentes especiales. Colombia no era el único país infiltrado. Pero, mientras que en otras naciones latinoamericanas los agentes del FBI funcionaban encubiertos, en la República de la libertad y el orden actuaban a sus anchas, con el permiso irrestricto del presidente Eduardo Santos. Juan Gabriel Vásquez —para quien los avatares políticos no serían nada si no afectaran la vida de los individuos— comenzó a investigar. Partió de Colombia nazi, pero fue mucho más lejos. Remontó la memoria pública hasta dar con fuentes de primera mano: ciudadanos expatriados que sufrieron las arbitrariedades de los gobiernos sucesivos de Santos y López Pumarejo: un «fondo de estabilización» que confiscó los bienes aun de empresarios inocentes y penas tales como la concentración de alemanes en hoteles de Duitama y Fusagasugá.

La novela transcurre en Bogotá durante el siglo veinte y tiene su clímax en los años inmediatos al término de la segunda guerra. Gabriel Santoro hijo, un periodista novel, acaba de publicar su primer trabajo: la biografía de Sara Guterman, vieja amiga de su padre, emigrada alemana en Boyacá. Para que se aprecie la naturaleza dramática del argumento, piénsese en este personaje que, habiendo escapado de Hitler, llega a Colombia para ser hostigada por los esbirros de Roosevelt.

Vásquez es un escritor ambicioso. Mientras tantos autores se ocupan de narrar hazañas más o menos personales, sintomáticas de una perpetua adolescencia, Juan Gabriel Vásquez se hace las únicas preguntas relevantes: ¿Cómo narrar la Historia? ¿Cómo producir libros que respondan por toda nuestra modernidad?

Los informantes es un admirable ejercicio —muestra de la mejor literatura— que procura dar respuesta a estos dos interrogantes.