Inicio de sesión

Navegación

Buscar




Espinosa, las batallas de la libertad

Versión para impresora

Por Juan Gustavo Cobo Borda
Bolívar por José María EspinozaEs conmovedor verlo cómo se veía a sí mismo. Sí. Como José María Espinosa (autor de estas caricaturas). Una acuarela sobre papel, donde la silueta en negro, con capa, paraguas y sombrero de alta copa, alarga su gruesa nariz y su poblada barba blanca, husmeando un nuevo tema, atisbando quizás un personaje cotidiano por las calles bogotanas, como él mismo, pero ya parte de la historia de una república reciente ( e incipiente). Era viejo Espinosa, inclinado respecto al mundo que giraba sin tregua, autodidacta en pintura, cronista fiel en sus Memorias de un abanderado, pero este «soldado de la patria» recreó de modo insuperable, «aquella época gloriosa de los albores de nuestra independencia».

Lo hizo con ojo bogotano, donde la miniatura convive con la caricatura y su mirada se detiene con pareja simpatía, tanto en el héroe como en los locos. Tanto en la batalla como en la infancia del general José María Córdoba, montado en su caballito de palo.

Pero el que en verdad aparecía no era un niño sino ya un adulto, con la mirada fija y obsesionada en el complejo porvenir. Se trataba de una generación madurada de prisa, en el vivac de los campamentos guerreros, en la desilusión ideológica entre centralistas y federalistas, en las discusiones sangrientas y en las asperezas de una vida sacudida de arriba a abajo. Su mejor imagen: la del Bolívar que dibujó en 1830 con carboncillo y lápiz sobre papel. El pelo revuelto, las mejillas hundidas, hinchados los párpados y todo el dolor vencido y la tristeza asumida en un rostro que consideraba erróneo el saldo final de su vida. Por ello cuando Felipe Santiago Gutiérrez pintó al óleo al propio Espinosa, hacia 1873, también su mapa facial de arrugas y la pelusa blanca de su cráneo los emparenta a los dos con la imagen que el mismo Bolívar utilizó al considerarse un iluso: eran Quijotes, cada uno en su campo, arando en el viento.

Pero «las ochos batallas y acciones de guerra en que intervino el autor, y dos más sobre las acciones de Boyacá y Maracaibo, que pintó de oídas», como recuerda Eugenio Barney Cabrera en su excelente trabajo «Las batallas y los héroes de Espinosa», incluido en El arte de Colombia (1980), nos traen casi siempre una paradójica doble visión: un primer plano, tranquilo y rutinario, de ganado y caballos o de parejas con vestidos típicos (Batalla del Alto Palacé) y solo al fondo el estruendo, el humo y las llamas. Otras son mas minuciosas en la disposición ordenada de los diversos cuerpos de los ejércitos en pugna, como en la Batalla de Calibío, donde la fila simétrica de soldaditos, que parecen de plomo diluyéndose en el horizonte, convive con las campesinas segando por última vez el trigo. O en la Batalla de Tacines, los dos hombres que destazan un blanco buey. Había que disparar, qué duda cabe, en cada combate contra el fastidioso invasor español, pero lo que sí había que hacer era almorzar la carne asada en una hoguera de crepitante leña todos los días.

Pero donde el ojo mágico de Espinosa despliega todo su encanto es en aquella visión despejada con que recreó la Acción del Castillo de Maracaibo. Un Aduanero Rousseau del Caribe jugando con velas, banderas y el asediado castillete de la isla desierta. Un prodigio de simplicidad y belleza. Honesto y frugal Espinosa que no recurría a la grandilocuencia pues sabía muy bien de cómo Bolivar y Santander habian tiritado, con frio y hambre, en la Batalla del Pantano de Vargas, tal como lo registró la nerviosa línea de su lápiz al tratar de sembrar esos vastos campos con algo más que sombras errantes en pos de la gloria, con sus menguados lanceros que no solo habían cruzado los paramos sino que tambien soñaban, no se sabe cómo, con el mismo sol de una victoria feliz contra los godos peninsulares. Ejemplar Espinosa que siempre hay que volver a mirar para sentirnos reconfortados. Para saber que sus batallas artísticas fueron las más justas y atinadas.



Paso del ejércit o libertador por el Páramo de Pisba (fragmento, 1922). Óleo sobre tela de Francisco Antonio Cano.
Casa Museo Quinta de Bolívar

 


 
Todos estos cuadros de batallas fueron pintados por José María Espinosa, escritor, pintor, patriota y verdadero testigo de la Independencia
[José María Espinosa es el autor de Memorias de un abanderado]

Agradecimientos a:
María Victoria de Robayo, Directora del Museo Nacional por el suministro de los materiales que conforman estas páginas.
Todas las imágenes con crédito al Museo Nacional forman parte de la exposición Historias de un grito, abierta actualmente al público.