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Diana Uribe: la historia contada como un cuento

Versión para impresora

Por Guillermo Angulo

El teatro Arlequín ya vio sus mejores años. Sus paredes, sus luces, su asientos, todo, denuncian tras su oscuridad una edad inocultable. El escenario da grima: una pantalla con marcas no sólo de mejores días sino de pasadas goteras. Como adorno, apenas una mesa con una jarra de agua. Pero apareció Diana Uribe y todo cambió: el escenario, sin que prendieran la luz, se llenó de luz propia. La trajo ella. Y fue recibida con sonoros aplausos que ella acalló al empezar a hablar. Sólo quería que la aplaudieran al finalizar su conferencia, después de habérselos ganado. Y tenía razón: la aclamación final fue atronadora y casi no acaba, después de haber explicado el por qué de un bicentenario y cómo se iniciaron todas las independencias en América casi al mismo tiempo. Se había ganado el aplauso, después de hablar hora y media sin parar, sin equivocarse en una sola palabra, sin dudar, sin trastabillar y apenas tomando tres sorbos de agua. Todo sin una sola nota. ¿Para qué, si tiene toda la historia en la cabeza y una memoria privilegiada?

¿Saben lo difícil que es para una sola persona llenar un escenario, mantener constantemente la atención del público, oyendo cómo reacciona, cómo capta lo que ella quiere decir, riéndose de su humor que empapa todo lo que dice? Pues Diana Uribe es una entretenedora. Para definir lo que ella hace, habría que inventar un inexistente término: Standup history. Porque ella hace atractiva la acartonada historia, la historia oficial, la de Henao y Arrubla del colegio; la convierte en un delicioso cuento (todo verdad) que va conectando con la música de cada región, con su cine, con la pintura, la literatura, a veces inclusive con los acentos: para hablar de la independencia mexicana habla en mexicano. Y, para ponerle humor, anota que todos los países que liberó Bolívar tienen al menos una avenida, un barrio, un cerro, un departamento, una plaza que se llama Bolívar. Y cuenta el chiste de un borrachito que se despierta de una perra en nuestra plaza principal y pregunta: ‘¿Dónde estoy?’. Y le contestan: en la Plaza de Bolívar, y el borrachito repregunta: ‘¿De qué país?’.

Alguna vez le conté a Diana que yo nunca aprendí historia universal porque en el colegio me la enseñaron toda como la Guerra de Troya, que tenía que recitar de memoria, a toda carrera y sin respirar hasta el final, cuando uno podía hacerlo pero se quedaba sin entender nada:

Páris-hijo-de-Priamo-rey-de-Troyarobó- a-Helena-mujer-de-Menelaohermano- de-Agamenón-rey-de- Micenas.

Otra de las muchas habilidades que tiene Diana es la de saber contar una película. Esa tradición existía en Antioquia y en algunos pueblos de la costa Atlántica, donde fácilmente podían contar una película de hora y media en tres horas, introduciendo comentarios, imitando disparos, galopes de caballos y descripciones de la muchacha. La otra habilidad es saber oír música (esa no se puede contar, pero sí utilizar como fondo o intermedio de sus programas radiales). Sus gustos musicales recorren de Agustín Lara a Bach, pero deteniéndose en los Beatles y en todo el movimiento rock, particularmente en Woodstock, que puede describir como si hubiera estado allí. Y hablar de las implicaciones sociales y los cambios que los Beatles aportaron a las costumbres, a la manera de vestir, al peinado masculino. Y hasta la forma de hacer cine animado, con el Submarino amarillo. Desde luego no desprecia la salsa, que le gusta bailar y oír, y todas las música étnicas.

Y no crean que por ser historiadora ella sólo se interesa por las ocurrencias históricas: pónganla a hablar de cine: de la vida de Marylin Monroe o Marlon Brando o que les cuente el Ciudadano Kane, y unirá la historia de William Randoph Hearst (en quien se inspiró la película) con el nacimiento del amarillismo, de cómo hay que hacer guerras para tener noticias, sin importar si de por medio hay muertos, naufragios o países que quedan subyugados, como en la enredada guerra contra España.

Muere por Tolkien (se lo sabe de memoria) o por la Alicia de Lewis Carroll; por cuentos de duendes y hadas; por la fantaciencia o comics. En este último tema su marido es cómplice y los dos sacan parecido de lo que ocurre en la fantasía con lo que pasa en la vida real, alabando de paso la libertad que el comic y la ciencia ficción tienen sobre la realidad gracias al escudo de la imaginación.

Esta historiadora nunca hizo estudios formales de historia: se graduó en Filosofía y Letras en los Andes, pero en rigor no ha hecho sino leer de todo y estudiar historia toda su vida. De su prodigiosa memoria dice que no es culpa suya sino del disco duro: que vino así. Se le graba todo lo que leer y automáticamente lo va relacionando con otras lecturas: va sacando conclusiones, haciendo el montaje en su cabeza. Yo la he visto grabar sus programas, a los que llega con montones de discos y son ninguna nota. Y, además, tiene un sentido del tiempo, del timming que dicen los gringos, que le indica cuándo debe hacer la despedida de su programa, que es un resumen exacto de lo dicho, en un corto párrafo. En La Luciérnaga la imitan, pero se quedan en la superficie: en su uso del slang (que la berraquera, que le dieron chumbimba, que a la hora del té), que es uno de sus éxitos, porque sólo así se puede llegar a todos los públicos. No quiero echarles a perder la tarde a mis amigos de La Luciérnaga, diciéndoles que Diana es única e inimitable.