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El pintor Carlos Salas: la búsqueda sin fin

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Por Juan Gustavo Cobo Borda

Carlos Salas nació en Pitalito, Huila (1957), estudió arquitectura en la Universidad de los Andes y hace nueve años dirige una de las más creativas galerías de arte de Bogotá. La galería Mundo, ubicada en las torres de Salmona. Ha acompañado las diversas muestras con la publicación de 36 revistas monográficas, muy bien ilustradas, sobre artistas que exhibe (Obregón, Rayo, Negret, Ramírez Villamizar, Grau, Ana Mercedes Hoyos, Álvaro Barrios), sobre la historia de los salones nacionales de arte, extranjeros en Colombia, o temas específicos como puede ser la muerte o el laberinto. Sin olvidar, por cierto, su formación de arquitecto, con muestras dedicadas a Salmona o Daniel Bermúdez. Sin embargo, su pasión por la pintura no se diluye entre sus otras actividades y conserva algo de sus estudios de arquitecto. La documentación rigurosa, en fotografías, de la evolución de un proyecto.

De los cambios en un cuadro a lo largo de su dilatado proceso creativo, como fue el caso de Paso a paso (2000). También algo de esa retícula presente o difuminada y esa visión ortogonal se mantiene en el fondo de sus ahora muy vastos lienzos, de dimensiones desmesuradas. Allí donde la cuadrícula apenas perceptible trata de estructurar su masa explosiva de pinceladas expresionistas, superponiéndose en un ovillo cromático, o chorreando en pinceladas sinuosas que se envuelven o desplazan por esos acrílicos sobre tela.

Geometría que se ha vuelto sensible. Allí donde también muy claros conductores en amarillos rectángulos guían el ojo, en medio de esa conflagración apasionada. Intelletto d’amore llama a su propósito. Allí donde el orden marca la cartografía de la nada y el sentimiento trata de fugarse hacia un goce táctil en ocasiones, angustiado en otras. Ya Michel Semphor, al hablar de «la noción de arquitectura en la pintura contemporánea», lo explicó bien: la reducción a lo esencial, el despojo que puede limitarse a una vertical y una horizontal, se convierten al final en «un signo que condensa una suma de ideas».

La barrera puede ser puente, el enlace, la reserva, porque en definitiva «la arquitectura no suprime el lirismo sino que lo canaliza y fortifica». Pero esa arquitectura de la visión no elimina superficies aparentes de objetos, sino que se hunde en las cavernas del yo, en los verdaderos ejercicios mentales de una pintura abstracta, donde el artista, al igual que un arqueólogo, descubre estratos más profundos, gracias al pincel y la espátula. Mediante el desafío de rehacer, mil veces, el aparente cuadro terminado.

Pintura postmortem, donde los rojos oxidados y los verdes submarinos rescatan la energía, pero a la vez terminan por seguir siendo reflexión analítica, racionalidad que busca estructurar el caos allí donde el pensamiento no es ajeno a la mancha encontrada en un buscado azar. Pintura, entonces, de fugas y texturas, de descubrimientos musicales, pero que siempre tiene detrás suyo una idea que la rige.

Ella puede apelar a la ambigüedad, pero también a la sagaz observación que estampó en su momento Edgar Degas:

Pintar un cuadro es como cometer un crimen; es preciso tener previstas todas las coartadas.

Por ello, quien ha cortado sus cuadros los ha rearmado, los ha colocado en el piso y ha buscado romper los límites tradicionales del marco. Ha querido en esta muestra en la galería Mundo sacarles a la vez radiografías para así tener el diagnóstico técnico de su propia pulsión. Del ejercicio, riguroso y a la vez espontáneo, con que la mano edifica un horizonte saturado en el cual nos hundimos para atrapar allí los núcleos que son totalidad. Donde la regla ha corregido la emoción. El fragmento, que es mundo, llamado a edificar el orbe complejo y apasionante de su válida y activa pintura.

“Pintura de fugas y texturas, de descubrimientos musicales, pero que siempre tiene detrás suyo una idea que la rige”.

Juan Gustavo Cobo Borda

Agradecimientos por todo el material fotográfico de la obra de Carlos Salas, que hizo posible esta muestra “Cartografía de la nada”.
Cortesía de Tamara Zukierbraum, directora de la Galería Mundo.