Por Alejandro Arciniegas Alzate
José María Espinosa —el abanderado del general Antonio Nariño— ha pasado a la historia como el más importante artista plástico del siglo XIX colombiano. Extraño hombre, Espinosa. Germán Arciniegas, en su prólogo a la reedición de Memorias de un abanderado, le llama, simplemente: «El bogotano». Un gentilicio que entonces suponía, entre otras cosas, la desventura de no haber conocido nunca el mar.
Afirma que donde otros creadores, acaso deslumbrados por la majestad del tópico guerrero habrían procedido, con materiales rimbombantes en murales gigantescos, José María Espinosa, en cambio, descubre en miniaturas la medida justa de su arte. Igual economía retórica se aprecia en sus Memorias, texto precursor del relato histórico literario, un género desconocido por la historiografía del momento.
Participó en la última de las batallas de insurrección contra Sámano. Cuando ordenaron marchar a la funerala, es decir, cuando una tropa realista les apuntaba con fusiles en mampuestos de la temible Cuchilla del Tambo, Espinosa se lanzó junto con otros para ser sofocado y puesto bajo custodia, en la célebre prisión de Popayán. Fiel a su natural soberbia, mientras permaneció en capilla para ser ejecutado, no ocupó las horas de privación en lamentarse; antes bien, aprovechó para mofarse de sus más íntimos amigos, dibujando las caras del presidio en cuantas superficies quepa imaginarse. En eso era moderno: cuentan que El Abanderado se valía incluso del buril para inscribir en bolas de billar sus miniaturas.
Introdujo la mueca deicida en el dolor. También, como el de Goya, su pincel se desplazaba con trazos principescos del semblante más sublime a la vulgar monstruosidad del campo de batalla, fijando por igual los rasgos heroicos del prócer junto a la realidad encanallada del combate. Mal que les pese a nuestros académicos, abundan testimonios de la época como para tomarse muy en serio los trabajos de tantísimos autores, que posteriormente y con sobrada justicia adornaron el período. Carecen éstos del sustrato histórico de quienes —como Espinosa— tomaron in situ a sus modelos. El que se tiene por retrato definitivo del Libertador es suyo, justamente.
Quiso Bolívar costearle un viaje a Italia para perfeccionar sus dotes. El viaje nunca se produjo, y acaso fue mejor: José María Espinosa fue en sí mismo escuela del retrato colombiano.
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Ironía es el término con que se suele sobreestimar el chascarrillo bogotano. Supuestamente, los capitalinos serían propensos a la expresión del buen humor. José Caicedo Rojas, en la nota que a modo de prefacio introduce la edición príncipe de Memorias de un abanderado (Ed. El Tradicionalista), afirma que Espinosa participaba de aquella inclinación «tan propiamente bogotana» al ver el aspecto ridículo de los acontecimientos. Nos parece un error emparejar la vena medianamente humorística del ciudadano raso con la más fina observación del primer caricaturista colombiano. Espinosa no era exactamente un irónico. Si admitimos provisionalmente los rasgos que según G. K. Chesterton distinguen a la ironía del humor, se apreciará bien cuál era el talante de El Abanderado.
Chesterton compara al irónico con el juez que pronuncia una sentencia para condenar a su congénere, sin sufrir ninguna consecuencia por los juicios que ha emitido. El humorista, en cambio, no puede zafarse del lugar que ocupa entre los hombres a quienes arranca sus bromazos; se burla por igual de todos y de sí. En cada uno de sus gestos hay una confesión de inconsistencia; como si estuviera allí para enseñarnos que detrás de las firmes apariencias se esconde otra cosa mortalmente más blanda, que es la cualidad particular de lo meramente humano. El humorista es, para decirlo todo: un trágico inconsistente.
Ese era Espinosa. El 20 de julio de 1810, animado por la turba cundinamarquesa, entró en fuego. Todo lo narrará El Abanderado alegremente. Una vez resuelta a favor de Nariño la refriega entre centralistas y federalistas, Espinosa recordará que los proyectiles de ambos bandos planeaban por encima de su frente. Tal impresión le había dejado la mala puntería de los soldados nacionales, que escribirá en su libro:
No hay duda de que la República estaba entonces en el noviciado del arte de derramar sangre en que hoy es profesora consumada. Tal vez por eso la llamaban Patria Boba.
Cuando después de haberse destacado en la primera campaña del ejército patriota, le salieron al paso para felicitarlo José María Córdova y el coronel Montalvo. Espinosa respondió, desenfadadamente:
Mi capitán, sin duda que no soy yo el arrojado; el trago que me hicieron tomar antes de la batalla fue el que me dio ánimo, y así es quien merece las alabanzas.
Ahí lo tienen: el hombre que marchaba por delante del ejército, enarbolando la bandera, rehúsa el propio mérito y se vuelve para culpar de su arrojo al aguardiente. ¿Podemos suponer que esta reacción, tan brillante como espontánea, sería la de todo aspirante a humorista bogotano? Más bien se rendiría uno a la presencia del general Córdova y no desestimaría la ocasión que le brindaba para romper en alabanzas de sí mismo. Fechas sin par de nuestra independencia. Aquellos hombres fueron conscientes del momento histórico que estaban protagonizando. José María Espinosa fue el pintor y memorialista de esa Colombia nueva, con su montón oscuro de gentes desclasadas, pero libres. Si alguien quiere obtener un sentimiento exacto del período, acuda a sus dibujos, pero también a sus Memorias de un abanderado.
Los prisioneros de Popayán amenazados con la muerte
Continuaban los fusilamientos de los prisioneros patriotas. En esos días fueron pasados por las armas varios que estaban en otros calabozos, entre ellos el fogoso Gutiérrez, Matute, Quijano y algunos más, y esto hacía prolongar nuestra espantosa incertidumbre, o más bien ansiedad: hubiéramos deseado ser los primeros, puesto que al fin había de llegarnos nuestro turno, tarde o temprano. Hacía más de dos semanas que estábamos presos, cuando un día oímos el toque de generala y mucho bullicio en las calles. A poco rato sentimos los pasos de la tropa que entraba por los corredores de la cárcel; enseguida corrieron el cerrojo del calabozo, y se presentó un capitán, que decían era don Laureano Gruesso, el cual nos dijo: «Salgan ustedes». Fuimos desfilando, y al mismo tiempo nos registraban los bolsillos y toda la ropa a ver si teníamos armas ocultas. Bajamos al patio, donde encontramos un piquete de cincuenta hombres, frente a los cuales nos hicieron formar ala. El capitán, algo chispado según se veía, comenzó a pasearse por en medio de las dos filas, y en tono de arenga nos dirigió la palabra en los términos siguientes: «Señores, se tiene noticia de que los insurgentes han derrotado al general don Carlos Tolrá en la Ciudad de la Plata. En consecuencia, el brigadier don Juan Sámano ha dado orden para que, al oírse un cañonazo, sean pasados por las armas todos los prisioneros que existen en los calabozos de esta ciudad. La alarma es general y no hay sacerdotes que los auxilien a ustedes; y así, pueden ir haciendo un acto de contrición y previniéndose para morir» Para hacer menos enojosa nuestra prisión, nos entreteníamos en contar anécdotas, en recordar pasadas aventuras y referir nuestras vidas, como los ladrones de Gil Blas. Los aficionados a la poesía hacían versos, casi siempre epigramáticos contra los españoles, o lamentando nuestra suerte. Yo, llevado de mi buen humor, y de mi afición hacia el dibujo, hice una caricatura de don Laureano Gruesso con mi barrita de tinta china que saqué de Santafé, y que no me abandonó en toda la campaña hasta mi regreso, y sirviéndome de pincel un esparto o paja que mojaba con saliva. Quedó tan parecido y tan ridículo, que fue motivo de larga chacota y risa por todo el día; y para mayor abundamiento la prendieron en la pared metiéndole por la garganta un alfiler que se había encontrado tirado en el suelo. El entonces sargento Florencio Jiménez, a quien llamábamos «el héroe de los bravos dragones de la Patria», había inventado un modo singular de divertirnos todas las noches, y era envolver un ladrillo en una ruana o saco, y cuando estábamos a oscuras se tiraba el ladrillo a lo alto y si le caía a alguno, éste lo arrojaba de nuevo, con lo cual se armaba una algazara infernal de ayes, gritos y carreras. Hubo vez que el centinela exterior, alarmado, gritase al cabo de guardia que los insurgentes nos estábamos matando: «¡Déjelos usted que se los lleve el diablo!»
Se ordena fusilar a Nariño
Todo se hacía allí sin prevenirnos, ni anunciarnos las órdenes que se daban. Habíamos permanecido varios días sin saber qué dispondrían de nosotros, pues nada nos volvieron a decir. Una mañana abrieron el calabozo, entró un oficial con el carcelero y comenzó a pasar lista. El que respondía iba saliendo a formar en el patio. Con gran sorpresa mía, todos salieron, menos yo, por lo cual hice presente al oficial que no me habían llamado por mi nombre; pero él, sin contestarme, salió, y la puerta del calabozo volvió a cerrarse. Era un misterio para mí, pues no atinaba con el motivo inconde tal excepción; de seguro no era para fusilarme, puesto que el indulto debía comprenderme, y, si alguna excepción había no sería para mí, que era un simple oficial subalterno, que apenas contaba veintiún años de edad. Sin devanarme más los sesos, tratando de descifrar este enigma, me quedé triste y pensativo sintiendo la falta que me hacían mis compañeros. La sociedad es tan necesaria en la prisión, que en otros países el encierro solitario se ha sustituido a la pena de muerte, casi como su equivalente; y leemos que Robinson cuidaba y agasajaba a una araña que vivía con él, porque era la única compañía que tenía en su soledad. Me puse a examinar hasta los más oscuros rincones del calabozo, y me entretenía en leer los letreros o inscripciones en prosa y verso que habían escrito mis amigos; entre ellas recuerdo una que reconocí ser de Herrán por la bonita letra que éste hacía, inscripción que comenzaba grotescamente: Quantum melior est mori. Cosa que a mí me parecía entonces muy seria y melancólica, y que alguno de nuestros sucesores en el calabozo atribuiría después probablemente a un gran conocedor de los clásicos latinos, o a algún clérigo patriota sepultado allí por sus fechorías contra los realistas.
Diariamente me permitían salir al patio a tomar una ración de sol y un bocado de aire, elementos tan indispensables para la existencia y para la salud; y un día en que estaba calentando, me llamó la atención un sargento anciano que me miraba con aires de intención y cariño. Entablé conversación con él, y me aventuré a preguntarle en voz baja cuál había sido la suerte del general Nariño; entonces me refirió que a los dos días de la derrota de Pasto, un soldado y un indio, que andaban recorriendo la montaña donde se había ocultado, se encontraron con él y, conociendo que era un jefe patriota, le apuntaron con los fusiles que llevaban; entonces Nariño les dijo: «no me maten y les prometo entregar al general Nariño preso en Pasto, pues yo sé donde está».





