Un cachaco en La Cueva
Por Guillermo Angulo
La Cueva, Nereo, 1954
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| Alvaro, El Nene , Cepeda con amigas en La Cueva. Foto © Guillermo Angulo. |
La Cueva ha vuelto a renacer. El famoso lugar de reunión del Grupo Barranquilla, cuyos ‘mamadores de gallo’ se ganaron un lugar en Cien años de soledad, tenía como clientes más visibles a Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor y Álvaro, el Nene, Cepeda. Y quiero rescatar algunos recuerdos de la primera etapa de este particular lugar en el que había, como certificado de mi asiduidad, la foto de una manifestación política en México hecha por mí. Del hoy dulcemente exilado en Nueva York, Nereo López, había otras fotos, y al lado de ellas unos calzoncitos femeninos muy bonitos, cuya propiedad estaba protegida por la discreción de los indiscretos asiduos de La Cueva. Más al fondo había un mural de Alejandro Obregón —que no sé si aún existe— y cuadros de Roda y Orlando Rivera, Figurita.
Un día Eduardo Vilá, uno de los más inteligentes miembros de esa cueva de inteligentes, me hizo el homenaje de decirme: «No. Tú no eres cachaco. Tú eres paisa». Quedé muy contento por la exclusión derogatoria de cachaquería, resumida en esta frase: «Cachaco, paloma y gato, tres animales ingratos». Pero más tarde me enteré de que los antioqueños no salíamos mejor librados ante el ojo crítico caribe, que refiriéndose a nosotros los paisas excluye toda escogencia: «Antioqueño, ni grande ni pequeño ». También le pregunté una vez a Vilá cuál era la diferencia entre corroncho y bagre. Y me dijo: «La definición es muy difícil. Pero tal vez lo vas a entender mejor con un ejemplo: Alejandro [Obregón] puede llegar a ser bagre [brocha en bogotano] pero nunca corroncho [lobo en la capital]».
En un Ford inglés, que Vilá —su dueño— metía por todas partes y llamaba «el pequeño tractor», salimos una vez de La Cueva a seguir los pasos del barón de Humboldt y su inseparable Aimé Bonpland, buscando el volcán de lodo que ellos habían visitado en Turbaco.
En otra ocasión partimos de la misma Cueva con Obregón, Cepeda, mi mujer y yo como pasajeros y Juancho Jinete como capitán. Atravesamos en frágil lancha con motor fuera de borda el río Magdalena, para después perdernos en los meandros de los manglares cercanos a la Ciénaga Grande de Santa Marta.
Obregón aprovechó para contarnos cómo una vez en esa zona se había encontrado un ahogado. Y de esa historia salieron tres obras distintas: el propio Obregón se inspiró en ella para pintar Ganado ahogándose en el Magdalena, cuadro con el que ganó un primer premio en un Salón de Arte colombiano; García Márquez escribió, recordando la historia de Obregón, El ahogado más hermoso del mundo. El Nene hizo un guión con visos de La noche del cazador (The Night of the Hunter), dirigida en 1954 por Charles Laughton, película de culto para toda la zona intelectual de La Cueva. Ante ellos, Cepeda iba explicando su guión, que empezaba por una toma acuática de la cara del cazador, y una grúa hacía subir poco a poco la cámara hasta que se veía todo el entorno de manglares. Luego, unos pescadores recogían el cadáver, e iban a los distintos caseríos preguntando si conocían al muerto. Tal vez una mujer quiso reconocer a un hombre que había querido y se había esfumado sin motivo —de eso hacía mucho tiempo—, por lo que los trazos de su cara se habían vuelto imprecisos, y el abotagamiento del ahogado había aumentado la difusión del recuerdo y le impedía reconocer su posible viejo amor.
Los pescadores seguían indagando y, ya al anochecer, en vista de que nadie conocía o quería el difunto, lo vuelven a arrojar al agua. Otra vez la cámara, en una grúa, toma desde lo alto la arrojada del cadáver al agua, y empieza a subir lentamente, a subir, a subir, mientras la luz de la proyección se va disminuyendo poco a poco, hasta llegar a negro. Tres obras de arte distintas y un solo ahogado verdadero. Y las tres visiones salidas de La Cueva, en un solo día, originadas en un solo relato: el de Obregón que un día, después de tragarse un grillo vivo y pasarlo con ron, se fue a vivir a Cartagena, y la Cueva empezó a apagarse lentamente, como la película del Nene.
Entonces Cepeda abrió su propia Cueva, que llamó la Tiendecita. Era una tienda común de barrio, que funcionaba siempre como tal, y los clientes llegaban a comprar velas, pescado seco, cerveza, aceite y jabón sin sospechar que el Nene había convertido la trastienda en su guarida, donde tenía de todo, incluyendo una pequeña cocina en la que una vez el fotógrafo Quique Scopell hizo un arroz que le quedó tan duro que Cepeda lo arrojaba contra el abanico (en Bogotá, léase ventilador) y los granos sonaban y rebotaban como si fueran balas.
Naturalmente, Álvaro había llevado equipo de sonido y televisor. Ahí estuvimos, un 20 de julio de 1969, viendo al comandante Neil Armstrong pisar por primera vez suelo lunar, mientras recitaba su laboriosamente improvisada frase: «Un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la humanidad». En esas llegó Piña, el chofer de Álvaro, quien vivía siempre con la cabeza rodeada de humo. Y Cepeda, en tono de regaño le dijo:
—Piña, se perdió la llegada del hombre a la luna.
A lo que Piña le respondió con voz tranquila:
—Don Álvaro, yo ya fui y volví.






