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En julio de 1911 murió en París Rufino José Cuervo

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Por Fernando Vallejo

Bajé en la estación del Père Lachaise, caminé unas calles y entré en la ciudad de los muertos: tumbas y tumbas y tumbas de muertos y muertos y muertos: La lápida del señor Visinet dice: “Administrador de la Compañía de Gas en Saint Germain en Leye, crítico dramático y musical del Journal de Rouen, 1845-1914”. Murió pues, sacando cuentas, tres años después de ti, y a los 69 años, de dos más que tú. ¿Y ese sargento Hoff de la tumba de enfrente? No tiene lápida ni fechas. Le han levantado en cambio, junto a la tumba, una estatua: la de un soldadito de quepis, fusil en la mano izquierda y saludando con la derecha al cielo. ¿A Dios? Dios no existe, y si existe le salen sobrando los saludos de los soldaditos franceses muertos por la patria y la gloria de Francia. ¡La gloria, la patria! Antiguallas del siglo XIX que dan risa en el XXI. Hoy la gloria es el éxito y la patria un equipo de fútbol. Para ti la patria eran la religión y el idioma. Para mí, la religión del idioma pues otra no he tenido.


Fernando Vallejejo toma notas para su libro sobre don Rufino José Cuervo, en la tumba dedel gramático en el cementerio Père Lachaise, en París.

Ahora voy por la Avenida Lateral Sur a la altura de la Décima División y el Camino del Padre Eterno, un sendero. Entonces vi un pájaro negro, hermoso. No, “hermoso” es pleonasmo, sobra. Todos los animales son hermosos. Éste es un cuervo, un pájaro negro de alma blanca que tiene el don de la palabra. Y ahora me está diciendo: “Por allí”. Al llegar a la Avenida de Saint Morys otro cuervo me indicó: “Por ahí”. Y cuando desemboqué en la Avenida Transversal Primera otro más: “A la derecha”. Y luego otro: “A la izquierda”. Y de relevo en relevo, de árbol en árbol los cuervos me fueron guiando hasta la División Noventa, un laberinto de senderos y de tumbas. ¿Y ahora? ¿Por dónde sigo? ¿Qué me dicen con sus graznidos y su vuelo? Ya sé. Los cuervos dicen su nombre, dicen tu nombre. Uno se separó de la bandada y se posó sobre una tumba, la más humilde, y me dio un vuelco el corazón: había llegado. Al acercarme a la tumba el cuervo, sin mirarme, levantó el vuelo. En ese instante recordé el del poema de Poe que decía “Nunca más”. Los cuervos parecen muchos pero no, son uno solo, eterno, que se repite.

Con la punta del paraguas me di a raspar el musgo que cubría la tumba y fue apareciendo una cruz trazada sobre el cemento. Bajo el brazo horizontal de la cruz, al lado izquierdo, fue apareciendo el nombre de tu hermano Ángel: “…né…. Bogotá”. ¿El qué? El 7, tal vez, no se alcanza a leer, “de marzo de 1838. Mort… Paris…” ¿el 24? (tampoco se alcanza a leer) “de abril de…” Falta el año, lo borró el tiempo, pero yo lo sé: 1896, el mismo en que se mató Silva, el poeta, nuestro poeta, y por los mismos días pero en Bogotá, de un tiro en el corazón. Y nada más, sin epitafio ni palabrería vana, en francés escueto mezclado con español. A la izquierda de tu hermano y a la derecha del brazo vertical de la cruz estás tú: “…né en Bogotá el 19 de septiembre de 1844 mort en Paris el 17 de julio de 1911”. Así, sin puntuación ni más indicaciones, en la misma mezcla torpe de español con francés como lo estoy diciendo. El 17 de julio de 1911 alguien te llevó a esa tumba. ¿Pero quién?

De los hechos exteriores de tu vida he llegado a saber algo: a los 21 años escribiste con Miguel Antonio Caro una Gramática latina para uso de los que hablan castellano. A los 22, tus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. A los 23 montaste con Ángel una fábrica de cerveza. A los 27 empezaste el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. A los 33 hiciste con Ángel tu primer viaje a Europa, de un año. A los 36 vendiste la fábrica y de nuevo, con él, te fuiste por segunda vez a Europa, ahora para no volver. Ese segundo viaje de los dos hermanos terminó en esa tumba de ese cementerio del Père Lachaise que he encontrado cubierta de musgo y de que les estoy hablando.

Retratos cortesía del Instituto Caro y Cuervo
 

¿Cómo pudiste vivir veintinueve años lejos de Colombia sin volver? ¿Y quince solo, sin tu hermano a quien tanto amabas? ¿Y quién trajo de París a Bogotá tu biblioteca? ¿Y por qué dejaste el Diccionario empezado? Nadie en los mil años de la lengua castellana ha intentado una empresa más grande, desmesurada y hermosa. ¡Molinitos de viento a mí! Tú quisiste apresar un río: el río caudaloso de este idioma. Hoy el río se ha enturbiado, para siempre, sin remedio, ¡pero qué puedo hacer! De los vicios de lenguaje que censuraste en tus Apuntaciones ni uno se ha corregido, todos han perdurado. Y lo que estaba bien se dañó, y lo que estaba mal se empeoró, y de mal en peor, empobreciéndose, anglizándose, este idioma que un día fuera grande terminó por convertirse en un remolino de manos.¡Qué bueno que te fuiste! ¡Qué bueno que no volviste! ¡Qué bueno que te moriste! No hubieras resistido la impudicia de estos truhanes mamando de Colombia e invocando el nombre de Dios. Dios no existirá, pero hay que respetarlo.

Pero no vine a hablar de miserias, vine a hablar de ti, que eras grande. Y de tus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano que estudié de niño y que decidieron mi vida: me las regaló mi papá. Mi padre, como dicen los elegantes. Seis ediciones de ellas hiciste y miles las leyeron. Pues en ninguno dejaron tan honda huella como en mí, y por eso te estoy hablando. Las estudiaba para aprender a escribir, pero no, para eso no eran: eran para enseñar a querer a este idioma. Y eso aprendí de ti. Nos une pues, como te dije, un mismo amor.


Fernando Vallejejo besa amorosamente a su peperrita Kina, en su apartamento dede Ciudad dede México. Marzo dede 2011
Foto© Guillermo Angulo

Fernando Vallejo cedió a Ciudad Viva el fragmento de una conferencia suya que evoca a Rufino José Cuervo

Para no perderme en un recuento interminable de pequeñeces y miserias, te diré que hoy la patria se reduce a dos cantantes, hombre y mujer, que berrean bailando con un micrófono; un corredor de carros que hunde con el pie derecho un acelerador; y los once adultos infantiles de la Selección Colombia que mientras juegan van escribiendo con los pies (con “sus pieses”), en el polvo de la cancha, su divisa: Victi esse nati sumus: nacidos para perder.

No mucho antes de que nacieras, y cuando nuestra independencia de España estaba todavía en veremos, ya andábamos matándonos los unos con los otros divididos en centralistas y federalistas. En 1840, cuatro años antes de que nacieras, nos estábamos matando en la Guerra de los Supremos o de los Conventos. En 1851, cuando ibas a la escuela, nos estábamos matando en la guerra entre José Hilario López, liberal, y los conservadores. En 1854, cuando siendo todavía un niño acababas de perder a tu padre, nos estábamos matando en la guerra de los gólgotas contra los draconianos. En 1860, a tus dieciséis años y siendo ya amigo de Miguel Antonio Caro, un joven como tú, nos estábamos matando en la guerra de los conservadores centralistas contra los liberales federales. En 1876, cuando ya habías publicado tus Apuntaciones críticas y montado la fábrica de cerveza, nos estábamos matando en la guerra entre los conservadores de la oposición y los radicales del gobierno. Te fuiste luego a París y siguieron las cosas como las dejaste: en 1885 nos estábamos matando en la guerra entre los radicales librecambistas y los conservadores proteccionistas. En 1895 nos estábamos matando en la guerra entre los rebeldes liberales y el gobierno de la Regeneración, que había ido a dar a las manos nadie menos que de tu amigo Caro. Entre 1899 y 1902 nos estábamos matando en la Guerra de los Mil Días. El siglo XX empezó pues como acabó el XIX, y así siguió: matándonos por los puestos públicos en pos de la presidencia, supremo bien. El resto son guerras, guerritas, alzamientos, sublevaciones, revoluciones… Rapiña de tinterillos en busca de empleo público: de un “destino”, como se decía hasta hace poco aquí. ¿El destino, que es tan grande, significando tan poca cosa? ¡Bendito el honorable oficio de cervecero que te permitió irte!

La única forma de apresar el río atropellado del cambiante idioma, señorías, es la que se le ocurrió aquí a mi paisano, en una pobre aldea de treinta y cinco mil almas sucias y alcantarillas que corrían por la mitad de las calles, en un momento de iluminación: el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. ¿Saben dónde está la genialidad suya? En que volvió al diccionario una gramática y a la gramática una obra de arte. La que no había ni soñado nadie: ni Nebrija, ni Valdés, ni el Brocense, ni Salvá, ni su admirado Andrés Bello, que era lo mejorcito que había producido esta América hispana antes de que apareciera él. El idioma no cabe en un diccionario ni en un manual de gramática porque es escurridizo y burletero, y cuando uno cree que lo tiene en las manos se le fue. ¿Y en un diccionario que fuera a la vez léxico y gramática? ¡Ah, así la cosa cambia! Así la cosa es otra cosa. Cabe porque cabe. Y ése fue el hallazgo de mi paisano, iluminado por Dios.

En julio de 1911 murió en París don Rufino José Cuervo

Ahí tienen el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana en prueba del milagro y de la maravilla que había llegado a ser, de tumbo en tumbo, en mil ochocientos cincuenta tumultuosos años este idioma antes del remolino de manos. Ahí están el Cid, el Arcipreste, la Celestina, Cervantes, don Juan Manuel, Quevedo, Garcilaso, los Argensola, el padre Mariana, Saavedra Fajardo, Moratín, Larra, Jovellanos, y todo apresado en unos cuantos centenares de monografías de palabras, pero eso sí, palabras claves, que viene del latín clavis, que significa llave, que es la que abre las puertas: un diccionario histórico y sintáctico a la vez en que el léxico se vuelve gramática y la gramática historia, la de una raza. Con esas palabras claves, palabras mágicas, se forman los miles y miles de expresiones y frases hechas que es lo que en última instancia son los idiomas. Vocablos prodigiosos de los que mi paisano iba a hacer sugrir, porque sabía que estaba encerrado en ellos, el genio de la lengua castellana. Como en las Mil y una noches Aladino (un niño travieso y libertino, un bribonzuelo proclive a todos los vicios y muy dado a la pillería, la rebeldía y la maldad) hace surgir de una lámpara vieja, con tan sólo frotarla, el genio caprichoso del Islam. Señorías: ¿cómo es que dice el lema de su Academia? ¿“Limpia, fija y da esplendor”? ¡Cómo van a pretender ustedes fijar un idioma, eso sería matarlo! Un río que no fluye está muerto. No se dejen embaucar por las palabras porque las hay engañosas y hasta el más listo cae.

De un tiempo para acá, en las sucesivas ediciones de su Diccionario, que nunca estuvo bien pero que se podía medio arreglar, por alcahuetería y manga ancha de ustedes me están dejando entrar en él, sancionadas con su autoridad, entre anglicismos y anglicismos las palabras más espurias, más malnacidas, más bastardas, sin velar por lo que la Providencia les confió. De lo que se trata es de impedir que nos empuerquen el río, no de fijarlo. Aprendan de las Apuntaciones de mi paisano y de su Diccionario. Se me paran en la orilla del río, señorías, y cuidan de que nadie, pero nadie nadie, y cuando digo nadie es ni el rey, tire basura al agua: un toper por ejemplo, o un CD, o un spray, un celular, un bolígrafo, un qué galicado, un condón…


Patio del Instituto Caro y Cuervo en la Calle 10 con carrera 4, barrio la Candelaria.
Foto cortesía dedel Instituto Caro y Cuervo

Voy a contar ahora una historia hermosa con final triste que empieza hace 40 años, cuando llegué a México. Corrió el tiempo y llegó el año infausto del 85 y con él el terremoto, que empezó suavecito, suavecito y fue in crescendo. Tas, tas, tas, iba cayendo de la alacena de la cocina loza: vasos, tazas, platos, copas, cucharones, cucharas... El pandemónium. El cuarto, la sala, la cocina zarandeándose (que viene del onomatopéyico zaranda) como calzón de vieja restregado por lavandera borracha. Las paredes se agrietaron, los vidrios se rajaron, los techos se cuartearon, el sanitario se vació. ¿Y el Steinway, qué pasó? ¿Qué pasó con el Steinway negro mate abrillantado día a día con amor y con aceite 3 en 1 y que habías comprado nuevecito en una devaluación por otra bicoca? Pues el Steinway negro mate abrillantado día a día con amor y con aceite 3 en 1 y que había comprado nuevecito en una devalución por otra bicoca, como vino se fue: por el ventanal de la calle a la calle, siete pisos abajo que se cuentan rápido: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete: do, mi, sol, do… Cayó sobre el pavimento de la Avenida Ámsterdam dando un acorde esplendoroso que mi oído absoluto de inmediato reconoció: Tónica. Do mayor.

En lo que va desde que te fuiste, tres cosas nobles respecto a ti, que dicen bien de Colombia: una Ley de 1911 y de un gobierno conservador que para honrar tu memoria ordenó que te esculpieran una estatua, obra del escultor francés Verlet: la que hoy está en el jardincito aquí abajo de tu casa de la Calle 10, antigua calle de la Esperanza, en este barrio de La Candelaria. Dos: una segunda ley, de 1942 y de un gobierno liberal, en virtud de la cual se creaba el Instituto que lleva tu nombre con el fin de continuar y difundir tu obra. Felicitaciones honorables congresistas de Colombia, liberales y conservadores, representantes y senadores, desinteresados padres de la patria. Si en algo los he ofendido alguna vez, retiro mis palabras. Cincuenta y dos años después de la segunda ley, unos cuantos apóstoles de tu obra que ya murieron, trabajando con fe en ti, con devoción y amor a tu obra, terminaron en 1994 tu Diccionario.


Retrato dede Fernando Vallejejo por Guillermo Angulo, México, marzo dede 2011.

Y en fin, el 28 de octubre de 2006 a las 8 de la noche y en el Gimnasio Moderno de esta ciudad, durante las celebraciones de unos malpensantes que ni lo eran tanto, ante 550 humanos y 20 perros silenciosos un loquito de estos que produce la tierra te canonizó. Que en sus doscientos años de historia, dijo, este país no había producido uno más bueno ni más noble ni más generoso ni más bondadoso y de corazón más grande que tú. Ese mismo, en Berlín, un año antes, en el Instituto Cervantes, había canonizado a Cervantes. Que con ustedes dos, dice, se inicia un nuevo santoral, uno verdadero, de verdaderos santos. El problema que tiene ahora es que como el año tiene 365 días y se necesita un santo para cada día, sin repetir, le están faltando 363 santos y no encuentra con quien seguir.

Ah, y que cuando llegue a la presidencia, a la plaza central de esta Atenas suramericana capital del país de los doctores la va a volver a llamar con su antiguo nombre, Plaza Mayor, como debe ser, y le va a quitar el del venezolano sanguinario y ambicioso que le pusieron en mala hora. Y que el bronce de ése, que le esculpió Tenerani, lo va a mandar, junto con la espada colgante que lleva al cinto y que nunca usó, a hacerle compañía a Stalin y a Lenin en el basurero de las estatuas. Para ponerte a ti. Yo digo que no, que afuera a la intemperie como vulgar político no: adentro, en la catedral, en vez de un falso santo.

Puesto que mi señora Muerte en cualquier momento me llama, permíteme llamarte ahora tan sólo con tu nombre para contarte que aquí, a ti, el más humilde, el más bueno, el más noble de nosotros, el que no conoció el rencor ni el odio pues sólo la bondad cabía en su corazón generoso, que no ocupaste cargos públicos ni le impusiste la carga dolorosa de la vida a nadie, aquí ya todos te olvidaron. Yo nunca, Rufino José.

Fragmento de la conferencia inaugural de En el centenario de la muerte de Rufino José Cuervo, leída por el escritor Fernando Vallejo el 3 de febrero de 2011, en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.