De una vez y para siempre Por María Cristina Restrepo López
(Capítulo 2 de esta novela)
ILUSTRACIÓN DIANA CASTELLANOS
[click en la imagen para ampliar]
La amistad de Solina Uribe y Helena Gómez comenzó
en la niñez. Helena vivía con su madre, con Pedro,
el hermano medio, y con las tres hermanas que como
ella habían sobrevivido a las enfermedades de la infancia,
Rosa, Maruja y Mariana Gómez, en una casita
en la carrera Sucre, que en ese tiempo quedaba en
los linderos de Medellín. Solina vivía a tres cuadras de
allí en una quinta de la calle Bolivia. Las cinco estudiaban
en el colegio de las monjas francesas a donde
llegaban juntas cada mañana. Por las tardes, antes de
regresar a casa, iban a ver los trabajos forzados de los
presos que levantaban la catedral de Villanueva en lo
que habían sido unas mangas sembradas de guayabos
y borracheros, y que después fueron donadas
para la construcción del templo por un extranjero
conocido como Míster Moore.
Las cuatro hermanas Gómez eran rubias como su
padre, al que los amigos llamaron siempre el Mono
Gómez, y casi tan bellas como su madre. La pobreza
les enseñó a no tenerle miedo al trabajo, de manera
que no vacilaban a la hora de vender colaciones
y cocadas a la salida de misa con el fin de ayudarle
a mi bisabuela, que trabajaba de sol a sol en una vieja
máquina de coser en el corredor de la casa,
acompañada por el canto de los turpiales y, según
aseguraba Céfora, la criada, por las voces apagadas
de los muertos que venían a acompañarla.
Sin embargo Solina no conocía las privaciones de
sus amigas, o por lo menos no las conoció durante los
primeros años. Pero después las cosas cambiaron.
Don Justino Uribe, su padre, tenía un almacén en
el Parque de Berrío donde vendía espejos, cepillos de
barbas de ballena, madejas de piola, lazos, espuelas
de cobre, estribos, rollos de lino y sedas importadas.
El negocio era bueno y habría rendido para vivir cómodamente,
de no haber sido porque don Justino,
que era de carácter débil y le daba más importancia
a la amistad que al dinero, adquirió la mala costumbre
de fiarle a los amigos. Hasta que un día se encontró
lleno de deudas y sin dinero para encargar más
mercancía. Las deudas lo obligaron a cerrar el negocio,
a vender la casa de la calle Bolivia y a trasladarse
a la vecina población de Hatoviejo, donde había heredado
una casa en el marco de la plaza.
FOTO DE PAOLO ANGULO
[click en la imagen para ampliar]
Con lo que le quedó después de cancelar las obligaciones,
don Justino pudo abrir una tienda de miscelánea
en el primer piso de la casa. Doña Clemencia,
la madre de Solina, que de ahí en adelante se
encargaría de administrar las ventas, colgó un letrero
en la puerta que decía, Almacén de Novedades. Y
debajo, la frase que los habría salvado de la ruina:
no se fía.
El día de la partida para Hatoviejo Solina se despidió
de las Gómez, segura de no volver a verlas en
mucho tiempo. La falta de dinero no le permitiría
viajar a Medellín, ellas no podrían ir a visitarla por
el mismo motivo y doña Clemencia le había advertido
que tan pronto terminara el año, la pondría
frente al mostrador de la tienda para que aprendiera
un oficio útil y no fuera a cometer los mismos desaciertos
del padre.
Seguramente las cosas habrían resultado como esperaba de no haber llegado al
pueblo una mañana, casi dos años después, un forastero
vestido con un traje de paño oscuro, montado
en una bicicleta.
El forastero pedaleaba sin prisa. Miraba a lado y
lado, y al frente también, como si quisiera reconocer
algo. En ese momento Solina salía a la plaza
acompañada de Manolito, el niño que servía de paje
en la casa y de ayudante de doña Clemencia en la
tienda. Sin atender a los ruegos del paje que insistía
para que no lo hiciera, Solina se acercó al desconocido
y le pidió prestada la bicicleta.
El forastero
accedió con una sonrisa, le dijo que pasadas dos
horas se encontraría con ella en la puerta de la cantina
para que se la devolviera, y se alejó en dirección
a una de las últimas calles del pueblo, donde Solina
tenía prohibido acercarse.
Solina practicó primero en un callejón detrás del
solar, y cuando pudo pedalear sin que le temblara el
manubrio sucumbió a la tentación de dar una vuelta
por la plaza. Hizo su entrada a toda velocidad. Sentía
que el suelo se deslizaba como una cinta bajo las
ruedas de la bicicleta, veía brillar los destellos del sol
en las piedras, se hundía en los charcos de sombra de
los árboles para volver a salir a la calle bañada de luz.
Estaba poseída por una deliciosa sensación de libertad.
Se había amarrado el ruedo de la falda por
encima de las rodillas para que no se le enredara en
los pedales y mostraba sin recato las piernas enfundadas
en unas medias oscuras, remendadas una y
otra vez a la luz de la vela de sebo.
Notó que la gente se agolpaba en la calle, se asomaba
a los balcones y a las puertas de las casas.
Unos arrieros aplaudieron cuando pasó frente a
ellos. Las mulas se espantaron, un niño gritó, otro le
arrojó una pepa de mango sin acertar a pegarle. Las
beatas que rezaban la novena salieron de la iglesia
y formaron un grupito en una esquina del atrio.
Solina pedaleó bajo las ventanas de la casa cural, tan
altas que no se alcanzaban a ver los muebles de cuero
cordobés.
Casi ochenta años más tarde, cuando Solina dedicó
tardes enteras a revelarme el pasado, reconoció
que se había arriesgado a dar esa demostración
en la bicicleta con el único propósito de impresionar
a las Barrientos, unas vecinas que después de dos
años todavía la trataban como a una recién llegada.
De repente vio a su madre frente a la iglesia. Una
figura vestida de negro, con el pelo anudado detrás
de la cabeza y el delantal blanco que le llegaba al
suelo y que no se quitaba sino para dormir después
de haber trabajado durante el día lavando, cosiendo,
amasando galletas para vender en la tienda, regando
y abonando las matas, atendiendo a los clientes
que llamaban por la ventana para que les vendiera
un carrete de hilo o unos metros de tela, y rezando
rosarios para que Solina acabara de crecer, sentara
cabeza y encontrara un buen muchacho que se casara
con ella y la obligara a vivir con fundamento.
Doña Clemencia extendió el brazo en un ademán
que pulverizó la risa, la embriaguez de viento y velocidad.
Solina se detuvo frente a ella y trató de hablar
pero no pudo. Sentía que el aire le faltaba en los
pulmones. Las miradas que antes la habían entusiasmado
tanto le pesaban ahora como una culpa.
No sabía qué hacer con la bicicleta.
—Tiene que confesarse —dijo doña Clemencia
allí, delante de la gente.
Esa noche Solina durmió tranquila. Pensaba que
el párroco, iluminado por la sabiduría del Espíritu
Santo, saldría a defenderla. Lo único que le preocupaba
era la suerte de Manolito, a quien su madre
había despedido por cómplice, cuando no había hecho
más que rogarle para que no se montara en la
bicicleta.
Apenas sonaron las primeras campanadas Solina
se vistió y salió a la calle. Una de las beatas de la
novena desvió la mirada... ¡Esa fue la primera señal!
La iglesia estaba casi vacía. Tres viejas enlutadas rezaban
a los pies del Señor Caído. Se sentó junto a
una señora que esperaba el turno para confesarse,
teniendo cuidado de no mirarla.
La mañana abría. Una muchacha tuerta, el ama
de llaves del padre, entró por la puerta de la sacristía
y al verla hizo un gesto que a Solina no le gustó. Al
cabo de un cuarto de hora pudo arrodillarse en el
confesionario. Acercó la cara a la reja de esterilla y
rezó el Yo Pecador a toda carrera, para que no se le
olvidaran las palabras.
—¿Cuánto hace que no se confiesa? —preguntó el
padre.
—Tres semanas —respondió.
—¿De qué se acusa?
—Me acuso de... de... —Ya Solina le iba a decir, cuando
el padre pegó un grito que retumbó en la nave:
—¿Vos sos la que monta en bicicleta?
Y sin darle tiempo de responder, la maldijo gritando
con toda la fuerza:
—¡Más vale que te amarrés una piedra al cuello y te
arrojés al fondo del mar, que sos motivo de escándalo!
Nunca se supo quién le había contado a su madre,
porque cuando Solina volvió a la casa, doña Clemencia
la esperaba con otra especie de maldición:
—Acabo de saber que el padre le negó la absolución.
Como usted ya no puede vivir aquí, mañana salgo
para Medellín a ver qué puedo hacer.
Y así fue. Al día siguiente doña Clemencia estaba
sentada en el despacho del gobernador, Pedro
José Berrío, que era pariente suyo. Esperó en la antesala
sin comer nada, sin tomarse un tinto ni moverse
del asiento hasta que él la recibió. Le contó la
desgracia de Solina y le pidió que le concediera una
beca en la Normal de Señoritas, sin importarle que
no tuviera vocación de maestra.
A su regreso anunció que Solina tenía puesto en
la Normal, y que su acudiente en Medellín sería
Rosita Posada.
De esa manera, pasados apenas dos años, se reanudó
la amistad de Solina con Helena Gómez y sus
hermanas. El destino cambió por completo gracias a
ese capricho. Por haber recorrido en bicicleta la plaza
de Hatoviejo siendo una niña, vivió la vida en esa forma
y no en otra.
Por eso pasaron las cosas que pasaron,
y llegó a saber de la vida de Rosita Posada mucho
más de lo que supieron nunca sus propias hijas.