Recuerdos fragmentarios
de un Festival de poesía en Bogotá Por Leonardo Padrón
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Bogotá generalmente tiene los labios
mojados. Es una condición natural de
su belleza. Maneja también un desdén
clásico: uno llega, se asoma a sus calles
y ella te toma de la mano, así, como
quien te quiere seducir sin verte a los
ojos. Es entonces, con ambos gestos,
cuando comienza el frío y el encantamiento,
a dosis brutales. Últimamente
se ha convertido en más ciudad. Alguien
la está queriendo mejor. Igual, la
violencia no deja de respirar —asmática
y brusca— sobre su espalda de ladrillos
rojos.
El XIII Festival Internacional de
Poesía de Bogotá se le dedicó este año
a Chile. Diez poetas chilenos anduvieron
con sus libros deambulando por la
lluvia y los fogones del respeto. El
maestro Gonzalo Rojas no pudo ir por
tribulaciones de la salud. Hubiera sido
toda una fiesta oírlo decir: “No hay
otro sexo que la hermosura, el asombro
de la hermosura.” Bogotá decidió
honrar, además, a uno de sus poetas
más notorios: Harold Alvarado Tenorio.
Harold es un poeta voluminoso en
irreverencia y tamaño, mordaz y malhablado,
y básicamente encantador.
La manada de poetas fue invitada
a un cóctel en casa de un empresario
petrolero.
Un enjambre de muecas resignadas
y diez taxis nos colocan en el
destino. Al llegar, una imagen inaudita
nos arrasa el hastío: las paredes, todas
las paredes del lugar, están tapizadas
por enormes fotos de mujeres
desnudas. Decir mujeres es un exceso.
Eran “peladas,” niñas jovencísimas de
16, 17 o, no sé, máximo 20 años, que
exhiben su impudicia y su equivocación
por todo el lugar. Hay fotos en la
sala, en los pasillos, en los baños, en
donde debería haber libros, en donde
suelen ir las ventanas, y en donde podría
colocarse a Botero, por ser coherentes
con el país y con la chequera del
propietario.
Es imposible saber el color
de las paredes. No es siquiera el
desván estético de un buen fotógrafo.
Es la memorabilia sexual de nuestro
anfitrión. Todos los poetas están perplejos.
Nadie puede digerir el inusual
espectáculo. El dueño del hogar parece
arrancado de un fotograma de
Scorsese, un Danny de Vito desvencijado
que exhibe su flux azul eléctrico, su camisa roja de cuello derramado y
su ruidosa cadena de oro que, en vez
de una religión, postula una torre de
petróleo.
Hay una pared realmente
cotizada por nuestra atención una pared
a la que hacemos tours de cuatro
en cuatro para corroborar la exhibición
de cartas firmadas por el
mismísimo Álvaro Uribe felicitando al
potentado por su talento musical y
poético (¡porque acontecía la fatalidad
que el hombre era poeta!) Tres fotos constatan la amistad entre los personajes.
Y alrededor: fotos de jóvenes
desnudas. En dos platos: es una pared
donde el Presidente de la República
está rodeado de putas. Porque de eso
estamos hablando, ¿no? Así de simple.
¿Qué decíamos del realismo mágico?
En la sala, un músico resignado desgrana
estándares de jazz desde un
aparatoso piano de cola. Mariano Peyrou,
un joven poeta español, no puede
creer el desparpajo del anfitrión que anuncia como suyas las obvias melodías
de Stan Getz y Ray Charles.
Eduardo Moga, otro poeta español,
que había hecho gala de seriedad y
academicismo durante todo el Festival,
es presa de un incontrolable ataque
de risa. Ledo Ivo levita sobre la
sordidez del momento. Alvarado Tenorio
pasea de foto en foto con aire superior.
Antonio Cisneros se abalanza colérico
sobre un mesonero que no lo
deja fumar ni emborracharse.
El anfitrión
llega al momento supremo y
montándose sobre una tarima sembrada
para la eternidad en la sala nos
declama sus poemas. Y digo “declama”
porque esos poemas son imposibles
de leerse. Sólo cabe, ripiosamente, declamarlos.
Mientras todos “clamábamos”
por el reino del silencio. Atraído
por el personaje, le pregunto por su
galería de ninfas desnudas. Ejerciendo
el cliché, me sonríe socarronamente,
muerde dos veces su habano apagado,
pone tono confesional y me lanza el
escupitajo de su alarde: “Yo he tenido
2 500 mujeres. Ésta es sólo una pequeña
muestra.” Pienso en Julio Iglesias y
su penoso inventario de mil amantes.
Y en un conteo al vuelo concluyo que,
efectivamente, en esas paredes apenas
hay un 6% de su infinito harem. Rodeado
de estatuas de águilas y pequeños
stands que sólo ofrecen los múltiples
libros escritos por él (en su
biblioteca, lo juro, no hay más libros
de ningún otro autor, sólo de él, el imperio
de su talento), se me acerca un
joven guía del festival para resumirme
el espíritu de la noche: “Esto es lo que
aquí en Colombia llamamos la narco–
estética.” Al rato, le imploro a Mata
Guillé, un simpático poeta costarricense:
“Vámonos, yo necesito ver al
menos una mujer vestida.”
*Leonardo Padrón es un escritor y guionista
venezolano, autor de los libros de poemas Tatuaje (2000), Boulevard (2002) y,
más recientemente, El amor tóxico (2005).
Fragmento de un artículo publicado
en Papel Literario de El Nacional
De Caracas, el 23 julio de 2005.