Rosario Tijeras
Medellín:
plomo y ternura Por Mauricio Laurens
Flora Martínez
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Si la novela RosarioTijeras (Planeta
2004) posee una estructura circular, es
decir, que comienza donde termina su
historia, la película es propiamente
estática por cuanto el reloj permanece
detenido a las tres y media de cualquier
madrugada. Desde su primera
página sabemos que la hermosa Rosario
está moribunda y se desangra en
una sala de cirugía con el cuerpo perforado
por las balas.
Mientras que el libro del antioqueño
Jorge Franco relata los tumultuosos
hechos en primera persona —a través
de un narrador identificado como
parcero— la cinta, dirigida por el mexicano
Emilio Maillé, enfila su protagonismo
en ese amigo y confidente llamado
Antonio, quien logra estar íntimamente
con ella pero sin desampararla
en el momento irreversible de su
trágico final.
Rosario siempre vivió en actitud
defensiva —desde las deprimidas zonas
altas en su nativa Medellín, a los
sectores más exclusivos de El Poblado—
y cada vez que debió matar enseguida
comía con voracidad y se engordaba
por miedo o tristeza.
A Flora
Martínez, su luminosa encarnación, no
se le sometió a tal régimen alimenticio
sino que cuando mata en la pantalla se
corta el brazo para ocultar esa herida
con una correa negra.
Violada siendo niña y desamparada
por la madre, afiló su carga de rencores
con venganzas implacables que
de verdad conmocionan. De sangre
fría, provocativa e incitadora, naufragó
entre cuatro grandes amores: un
sicario motorizado de similar extracción
(Ferney), un joven amante de familia
adinerada (Emilio), el hermano
protector temido por todos como el
más sanguinario (Johnefe), y el que
salta barreras para estar con ella, en
las buenas y en las malas (Antonio).
El narrador, enamorado en secreto
dentro del relato original, siempre la
idealiza y nunca puede confesarle su
verdadera pasión.
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Aquella legendaria
rivalidad entre el niño rico y el acosador
primer novio, ocupa literariamente
un espacio sustancial, pero en esta
adaptación visual se desvía hacia la
plena consumación de su obsesivo
deseo. Si como lectores nunca sabemos quién pudo haber matado en su
ley a Rosario, el espectador sí asiste a
la escenificación de un crimen pasional
en plena discoteca.
Es que la bella sanguinaria solía
perdérsele varios días a sus fieles
acompañantes para irse con los duros del Cartel, quienes en semejante ficción
la mantuvieron viviendo con bastantes
lujos.
En una inédita escena cinematográfica,
ella no vacila en
emprender otro ajuste de cuentas con
aquel presunto piloto narcotraficante
que siempre la había tenido como su
protegida. Así mismo se desarrolla el
macabro paseo del hermano muerto
por los sitios de rumba que frecuentaba
en vida.
Si primero se establece una relación
de amor y odio con Medellín
(“porque esta ciudad, a la que tanto
queremos, nos va a matar”), ahora se
suceden panorámicas nocturnas en
donde las luces titilan con discreta factura.
Del medio marginal y violento en
extremo de aquellas laderas nororientales,
se efectúa una transición
bien contrastada hacia el derroche
material y los placeres mundanos de
El Poblado.
Siendo una ambiciosa coproducción
internacional, que mezcla técnicos
iberoamericanos y actores de tres diferentes
nacionalidades, pudo haber
resultado falsa la ambientación y haber
caído en los estereotipos comerciales
del género. Tantas expectativas
no nos han defraudado, puesto que se
respira una recreación verosímil de los
años de plomo, el acento paisa no incomoda
y la ciudad supera los localismos.
El guionista argentino, Marcelo Figueras,
mantiene la exigente estructura
narrativa del libro en una serie ininterrumpida
de evocaciones trágicas y
sentimentales.
Unax Ugalde y Manolo Cardona
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Para quien no haya leído
la novela, puede resultarle difícil ubicar la situación precisa en que se
encuentran los protagonistas —antes
o después del crimen de Johnefe— a
través de golpes sucesivos y recuerdos
instantáneos de tempranas agresiones.
A medida que avanzan las escenas,
la trama toma su propio rumbo y
se interna con prontitud sociológica en
el convulsionado cuadro fílmico de las
comunas.
Del universo descarnado y también
lujurioso de una novela —película
como La Virgen de los sicarios, su última
media hora en versión celuloide
recrea las lecciones documentales de
La vendedora de rosas o, más todavía,
de Rodrigo D, no futuro—. Un carrusel
desorbitado por los extraños rituales
fúnebres de raigambre popular, que
incluyen mariachis y letanías con sonido
directo.
Importante anotar que
Maillé, como documentalista, había
incursionado con su cámara en el
mundo de los toreros hispanos, la poesía
de fuego y las huellas mágicas dejadas
por Buñuel en México.
Flora Martínez, actriz revelación
en Soplo de vida, luce fuerte pero también
vulnerable en cada una de sus
salidas al ruedo. Su sensual personificación parece la más apropiada y difícilmente
uno podría concebir cualquier
lectura posterior sin pensar en
su soberbia expresión. Tan difícil personaje
lo construye con rigor emotivo
y altas dosis de sensibilidad, hasta
traslucir indescriptibles sufrimientos
que palpitan bajo sus curvas con movimientos
algunas veces peligrosos y
otros encantadores.
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En conclusión, Rosario Tijeras (Emilio Maillé) nos presenta una visión
contundente de la violencia colombiana,
y particularmente del capítulo
narcoterrorista, según las entrañas
de una mujer atrapada por tensiones
sociales en un remolino de pasiones —
aunque suene telenovelesco—. Sus logros
fílmicos son evidentes para demostrarnos
cómo nuestra cruda realidad
logra ser expuesta de forma estremecedora
pero atractiva sin menoscabar
la intervención creativa extranjera.
Rosario es, pues, una terrible fusión
de plomo y ternura de que hablara
Enzo Baldoni —el periodista italiano
ejecutado en Iraq— quien antes
estuvo en Colombia observando las
diversas manifestaciones de nuestra
violencia.