Del Cartucho al Parque Tercer Milenio Por Germán Izquierdo
FOTOS DE GUILLERMO ANGULO
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No es sólo el parque. Es algo que flota en el ambiente, que se percibe: es haber dejado atrás una bruma, una densa neblina oscura, que siempre estaba presente en este sitio. Acá ya no hay más calle del Cartucho y resulta difícil creer, al sentarse en los jardines, en los prados o en cualquiera de las bancas del parque Tercer Milenio que lo reemplazaron, que hace apenas algunos meses esto era un hoyo de miseria y tristeza donde cientos de hombres, de niños, en medio de montones de basura y “cadáveres de cosas,” iban desapareciendo tirados en el piso y recostados contra paredes descascaradas.
El parque Tercer Milenio es ya una realidad y, lo más importante, una felíz realidad. Este proyecto, impulsado por la administración distrital desde 1998, le ha cambiado la cara al centro de Bogotá. Las 16 hectáreas que lo conforman han sido pensadas para darle un espacio a los dos millones de personas que diaramente transitan por este sector de la ciudad, y a los miles de habitantes que viven en esta zona de la capital.
Hoy todo es distinto para aquellos que viven en San Bernardo, la Extensuela y otros barrios cercanos al parque. “Cuando esto era el Cartucho, en el momento en que me bajaba del bus tenía que coger un taxi para que me llevara hasta mi casa, distante apenas dos cuadras”, dice Farid Rodríguez, quien hoy en día le dicta clases de fútbol a niños entre los 5 y los 18 años en uno de los prados del parque.
Basta con ver a un perrito en dos patas ladrándole a una pelota; a un niño echando cometa con un vigilante y a dos novios tomando yogurt bajo un arbolito para darse cuenta de que ésto es otra cosa. La dueña del perro saltarín se llama Ximena y vive a unas tres cuadras al sur del parque. “Mire: mi hijo es ese de camiseta azul. Yo lo traigo a entrenar con el profe y a los bebés los monto en el rodadero y en los columpios.”
El parque puede ser visto como un espacio para el ocio y la recreación, pero también es un espacio para contemplar, para recuperar hasta dónde se puede el sentido romántico, y alejarse por un rato de la estresante velocidad de Bogotá. En el parque, cualquiera puede sentarse en una loma tranquilo, para mirar la gran ciudad o la hormiga andando en el pasto mientras el viento le golpea a uno la cara.
Según Patricia González, directora del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), entidad encargada de la administración y mantenimiento del parque, “ésta es la obra más grande de renovación urbana de la ciudad”. El IDRD estará realizando actividades recreativas para los diferentes sectores de la población, tales como conciertos, actividades de educación física, y recreación para adultos discapacitados, entre otras.
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Por uno de los caminos del parque pasa Fabio Benavides con su señora. Él levanta constantemente la mano para mostrarle a su esposa cómo ha cambiado todo. “ Este parque está fabuloso. Yo diría así, a la carrera, que lo disfrutemos en sana paz,” afirma. Según Benavides: “El Tercer Milenio sirve para decirles a nuestro vecinos del norte que vengan a visitarnos, porque por acá también hay cosas bonitas.”
Para que personas como el señor Benavides se sintieran satisfechas, se compraron 601 predios, que fueron demolidos para darle vida al parque. La inversión fue de 105 mil millones de pesos y se necesitó del trabajo conjunto de entidades como el IDU, el DAMA, el DABS, la Caja de Vivienda Popular, El Fondo de Ventas Populares, el IDIPRON, La Policía Metropolitana, la Secretaría de Gobierno, Planeación Distrital y Renovación Urbana.
Según estadísticas de la Cámara de Comercio de Bogotá, el 25 por ciento de los habitantes del Cartucho eran menores de edad, niños–adultos —a las malas— porque les tocó aguantar la vida robando, drogándose o vendiendo droga y prostituyéndose. El jueves 4 de agosto, a las cinco de la tarde, por una pequeña vía que conduce a una de las casitas de rodaderos, pasamanos y columpios, venían Carlos y su hermana comiendo paleta de limón, mirando a lado y lado. “Antes no salíamos porque era muy peligroso. Ahora vengo a cada rato a traer a mi hermanita al parque,” dice Carlos.
La niña, que tiene cuatro años, se desprende de la mano de su hermano y sale corriendo, y el morral que lleva en la espalda se bambolea mientras ella se encarama rápidamente en el rodadero, para luego dejarse deslizarse con una sonrisa de oreja a oreja. Detrás de ella viene un típico niño bogotano, mono, de pelo parado y cachetes colorados. Y detrás, otra niña de trenzas y más atrás, una fila de cinco o seis que esperan su turno.
Y, cuando uno abandona el parque, mientras se camina hacia la estación de TransMilenio, las risas se siguen oyendo, ahora ya como murmullos, como susurros lejanos y felices.