Lucho y Edgardo Por Florence Thomas
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¿Quién es Florence Thomas?
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¿Quién es esta mujer, de nombre (y acento) francés y apellido inglés, que desde la década de los setenta se ha dedicado a hacer visibles los problemas de la mujer en la sociedad colombiana? La respuesta no está en las líneas biográficas, sino en lo que escribe, que la retrata como una mujer inteligente, culta y que sabe de qué está hablando. Es una feminista, de nombre Florence Thomas, nacida en las postrimerías de la segunda guerra mundial, y que abandonó su atractiva Francia de los años sesenta, rica en movimientos políticos, literarios, musicales, para venir a aterrizar —luego de enamorarse de un colombiano— en esta sociedad entonces adormecida, de mujeres maniatadas y sumisas, educadas para darles gusto a los hombres. Esta condición —gracias a su intervención y a la de otras agudas feministas— ha venido evolucionando, al punto de que la situación que ella encontró es notablemente distinta de la que existe ahora.
Colombia, entonces, indujo a esta francesa a dedicarse a la defensa de los derechos de la mujer. En la Universidad Nacional —institución a la que se encuentra vinculada como docente desde hace 38 años, y donde ha ejercido el cargo de directora de la carrera de Sicología— formó el grupo Mujer y sociedad , que se ha dedicado a hacer visibles los problemas del sexo femenino en el país.
En los años setenta fundó la Red nacional de mujeres . Desde los ochenta ha estado metida de lleno en el feminismo académico. Los medios de comunicación han sido un canal fundamental para que la respetada Thomas exprese su ideas, siempre claras y coherentes. Sus libros y sus columnas han levantado polémica y le han valido gratuitos enemigos, pero también muchos partidarios y admiradores, por la concisión y la continuidad de sus ideas, expresadas con humor y certeza idiomática.
La nota suya que reproducimos a continuación —con cuyo contenido nos solidarizamos— apareció en el diario El Tiempo y toca dos temas trascendentales en el ámbito social y político .
DE LAS ALCALDESAS LOCALES Y LA DESPENALIZACIÓN DEL ABORTO
En una semana dos hombres públicos se anotaron muchos más puntos con las mujeres que cualquier Edilberto Reyes o Lucas Jaramillo. Dos hombres de más de cincuenta y pico de años, sin cirugías estéticas y no propiamente retrosexuales. Dos hombres recorridos, con sus luchas y heridas vitales. Provenientes de frentes políticos distintos y oriundos de regiones diferentes.
No son hombres para la nueva revista Carrusel. No. Son hombres profundamente humanistas que saben que la democracia sin las mujeres no anda. El primero, reconociendo el capital social y la capacidad de liderazgo comunitario, nombró solo mujeres en los cargos de alcaldesas locales. El segundo, por primera vez en la historia de Colombia, recomendó a la Corte Constitucional acoger la demanda interpuesta por una ciudadana a propósito de la despenalización del aborto para casos excepcionales. Por supuesto, estoy hablando de Lucho y Edgardo, alcalde Mayor de Bogotá y Procurador General de la Nación, respectivamente.
El sol alumbra pero, ojo, no sin nubarrones. En el primer caso se hacen oír las críticas de muchos hombres (eso era de esperarse), e incluso, tristemente, de mujeres que siguen desconociendo su larga historia de exclusión y discriminación. En ese sentido, la decisión del Alcalde tiene el significado de una reparación histórica bien merecida para las mujeres colombianas. Lucho apostó por un ejercicio que tiende a probar que “pocas mujeres en política cambian a las mujeres pero que muchas mujeres en política cambian a la política”, como decían las feministas argentinas cuando lograron imponer su ley de cuotas.
Este hecho fue largamente demostrado en países como Suecia, Finlandia y Noruega, donde las mujeres lograron posicionar agendas distintas, disminuir las prácticas corruptas, construir una
política más cerca de la vida y cuidar
el bien común.
Además, es hora de
que estos hombres, heridos en su
narcisismo político, hoy no elegidos,
se pongan en el pellejo de las mujeres
que fueron excluidas para la administración
de Bogotá, durante más
de cuatro siglos. Y me pregunto: ¿si
hubieran sido nombrados solo hombres
o mayoritariamente hombres,
quién —aparte de las locas feministas,
claro está— hubiera protestado?
¡Nadie!
En cuanto al concepto del Procurador
y al estupendo editorial de El
Tiempo en relación con el aborto, ya
sabíamos que de la ultratumba iban
a salir los escuderos del Opus Dei.
Y últimamente ni recato tienen:
los encontramos incluso en altos cargos
públicos y solo les falta colgar en
las oficinas, al lado del escudo de Colombia,
la foto de Josemaría Escrivá de Balaguer.
Lo he repetido en mis columnas:
miles de conceptos relacionados con
las problemáticas de salud pública,
con las convenciones internacionales
de derechos humanos, con informes
de expertos en derecho constitucional,
defienden la tímida despenalización
que el Procurador recomienda
para Colombia. Por eso, todo aquel
que critica estas medidas de salud
pública habla desde el dogma y el
fundamentalismo religioso.
Sigo sin entender la falta de confianza
de los católicos fundamentalistas
con sus fieles quienes, por supuesto,
no abortarán si la recomendación
es acogida. Pero seguir imponiendo
a todas las colombianas mandamientos
generados por dogmas religiosos
cuando la nación colombiana
se define como un Estado Social de
Derecho y una democracia pluralista es,
no solo incoherente, sino poco ético.