Arte
Santiago Mutis escribe sobre
Pintura Colombiana, siglo XIX Ver texto completo»
Premio
Juan de Castellanos
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Óleo sobre tela de José Eugenio Montoya, Antioquia (1860 - 1922)
A finales de este mes, en la Casa de América en la ciudad de Madrid, España, se lanzará la convocatoria para Latinoamérica y España, por primera vez, del Premio de Novela Don Juan de Castellanos 2007. En el marco de Bogotá: capital mundial del libro 2007 el Premio ciudad de Bogotá de Novela, galardón que otorgaba el IDCT, se internacionalizará y cambiará su nombre por el de quien es considerado uno de los primeros poetas y precursor de las letras en Colombia.
Juan de Castellanos nació en el pequeño pueblo de Alanís, España y murió en Tunja. El cronista, que el próximo año cumple 400 de muerto, dejó una de las obras más valiosas para la historia de las letras colombianas: Las elegías de varones ilustres de las Indias y sus menos conocidos Discurso sobre el capitán Francisco Drake y Poema en honor a san Diego de Alcalá.
En reconomiento a la obra de Castellanos, que constituye un ejemplo de la transferencia en dos sentidos, entre América y España, y unos de los pilares de la evolución de las letras en el país, el premio estrena nombre y se abre a otros países.
El poeta Rafael Maya escribió en un ensayo sobre Castellanos lo siguiente: “El buen cura no advierte ni lo avanzado de la hora, ni se da cuenta del frío que circula por la habitación, cubierta de esterilla de paja y con una imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá en la pared del frente. Al contrario, asiste mentalmente a la más grande epopeya que vieron los siglos pasados ni esperan ver los venideros, y tiene la cabeza llena de nombres de capitales, de rostros de indios, de paisajes abruptos, de páramos borrosos, de horrendos desfiladeros, de naufragios [ ...] Es el Padre Castellanos, abuelo de los poetas de Colombia, patriarca de nuestra literatura, sacerdote y soldado que trajo enredado en las ramas del árbol de la cruz un enjambre de abejas del Himeto” .
Desde el Balcón Editorial
Alegría, reconciliación y desarme
Quiero referirme a un tema muy serio y muy rico. Tan serio, que puede llegar a paralizar la ciudad. Pero —paradoja— a paralizarla por el exceso de movimiento de las multitudes de personas que quizá, hasta dejen en suspenso lo que estaban haciendo en sus casas. Y tan rico, que es un tema para degustar con todos los sentidos. Es tan complejo y tan extraordinario, que no me atrevo a dar la cara, no porque se me caiga de vergüenza, sino porque, de pronto, en algún momento, deje entrever su contrario. Porque hay quienes dicen que de este tema no se debería hablar, sino más bien cantarlo, vivirlo y dejarlo vivir.
Claro, el tema es ni más ni menos, que la fiesta, el festival, la feria, el jolgorio, la juerga, el fandango, la fanfarria, la congratulación, el ferretreque, el festejo, el festín y el festón, la parranda, la rumba, el baile, la verbena, el guateque, el zarandeo, el zafarrancho ¡Ah!, y se saborea la música, la pura lujuria de esas palabras, que desde la A hasta la Z contienen la sinonimia de lo único que en el mundo no necesita del juego de palabras ni la metáfora para describir lo que es, porque fiesta es fiesta. Sí. Hasta este raudal de palabras, como un santoral, tiene cada una sus infieles devotos, a quienes les vale nada cambiar de santo...
La fiesta que es, como diría alguno de nuestros grandes pensadores carnavalescos, todo lo contrario de lo que no es fiesta... ¿Cómo qué? Como la dura condena adámica al trabajo de sol a sombra; la fiesta, que se opone a la adusta y sombría tragedia de lo cotidiano; la fiesta, ese poder legítimo cuya fuerza consiste en ironizar de tantas formas; la fiesta, aquel aliento que adelgaza los linderos de la discriminación; ese gesto abierto que incluye las diversidades —lo cual es su sentido y su forma—; ese frenesí que pro- voca el abrazo fraterno o el encuentro espontáneo y franco. La fiesta, esa comunión de la vida, la materia de la reconciliación, el encuentro y el reencuentro, la risa y la felicidad. La fiesta, la festividad, lo festivo, que es, si no es lo que nos hace humanos, sí lo que más nos acerca a la humanidad.
Pero, como no todo es gratis en la vida, la fiesta también tiene su precio, el que hay que pagar con creces para poder participar en ella: la fiesta vale su peso en alegría, cuesta gestos risueños, cobra poses livianas, disfraces ligeros, mascarones. Por eso, hay que ser previsivo y empezar a ahorrar desde ya, para dilapidar más tarde.
En la Bogotá sin indiferencia que nos gobierna, una cultura de lo festivo que aligere los cuerpos y le suba la temperatura a los deseos, para que la fiesta de la diversidad no nos sorprenda distintos, para que las comparsas y los bailes truequen creativamente y los torneos no sean sólo algo bonito para ver, sino para celebrar y participar, y sobre todo para que en los parques, en las calles y avenidas, en los cuatro puntos cardinales, la alegría de estar vivos alce su voz contra los monstruos del miedo y la guerra.
Martha Senn
CARTA DEL LECTOR
Señor director:
Eriquecedor el punto de vista de nuestra gran artista, Beatriz González, sobre los “colores originales” del Quiosco de la Luz. Pero nuestro aprecio y admiración por su obra y persona no nos obligan a estar de acuerdo con ella en este delicado tecnicismo de la restauración de monumentos.
En la obra de la Maestra González podemos apreciar la personal percepción de los artistas sobre personajes, situaciones y lugares. Jamás he visto un político con la cara verde o amarilla y menos plana. Pero —gracias a Beatriz González— hemos podido comprobar que verdaderamente así es nuestra clase política: verde y plana. Ello no implica que, dentro de cien años, las pinturas de Beatriz puedan a ser tomadas para analizar clínicamente las enfermedades que padecían nuestros políticos en el siglo XX.
“Ningún gran artista ve jamás las cosas como son; si lo hiciera, dejaría de ser artista,” decía Oscar Wilde, y si comparamos la pintura del maestro Páramo con fotografías de 1938, en las que se ve una alameda con grandes eucaliptos, comprobamos —comparando alturas— que el artista no se limitó a reproducir el lugar tal cual era. Aunque las obras de arte pueden ser tomadas en cuenta como documentos de referencia histórica, jamás podrán constituir una “prueba de cómo era esta construcción en sus orígenes.” Y permítanme manifestar mi punto de vista: creo que el primer color del Quiosco fue gris, tal como lo señala el artículo; pero si hoy lo queremos blanco es simplemente porque así gusta más a los artistas (y a mí también). Pero esa es otra historia.