Arte colombiano del siglo XIX: Apenas 100 años de historia
Por Santiago Mutis Durán
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Compré el libro del Fondo Cultural Cafetero El arte colombiano en el siglo XIX – Collección Bancafé de Beatriz González por el gusto que tengo y cultivo por los paisajistas colombianos (Ricardo Borrero Álvarez, González Camargo, Roberto Páramo...) y sobre todo, debo confesarlo, por tener una reproducción del cuadro de Giovanni Ferroni, “Buque de vapor a orillas del río Magdalena,” pintura al óleo de 1894. Ferroni, aunque murió en Bogotá en 1898, nació en Italia (1853), como también el autor de nuestro himno nacional, o el autor del Simón Bolívar de bronce de la plaza principal (de la ciudad principal de nuestro principal amor–y–odio, la capital de Colombia: Bogotá). Tal vez por esta razón no solemos acordarnos mucho de él, ni hemos buscado saber más de su vida y su obra, ni tampoco lo incluimos en exposiciones ni en nuestra vivísima y escasa historia del arte patrio (por ejemplo, don Giovanni no figura en La pintura en Colombia de Gabriel Giraldo Jaramillo, ni en la Historia abierta del arte en Colombia de doña Marta Traba, ni en Colombia en las artes del profesor Francisco Gil Tovar, ni en Procesos del arte en Colombia del escritor Álvaro Medina; ni siquiera aparece en el Diccionario de artistas en Colombia de Carmen Ortega Ricaurte, al menos en su edición de 1965, que es la única que tengo). Sí, Giovanni Ferroni es un extranjero, pero pintó lo más colombiano que tenemos: el río Magdalena (como también lo hicieron el entrañable Luis de Llanos —español— y Franz W. Marck —británico— que era un dibujante y acuarelista aficionado, pero no carente de gracia, y cuyas estampas pertenecen hoy a la colección de arte del Banco de la República, ésta sí un auténtico tesoro).
Debo decir que me hace soñar este cuadro de Ferroni, un cuadro obsoleto, rígido, opaco y precario, si se insiste en compararlo con lo que hacían sus contemporáneos en Rusia, Francia, Inglaterra, España o su misma Italia, algo en lo que nuestra acomplejada crítica suele insistir con fatigante frecuencia, poniéndose los anteojos al revés para poder ver bien pequeñitas nuestra vida y nuestra(s) cultura(s), bien atrasadas, bien insignificantes, bien pobres y maltrechas, bien patéticas... aunque ahora estemos entrando bien orgullosos a la globalización, seguramente como meseros —y meseras— del festín que nos espera (si no es que nos esperan como a la mismísima sopa).
Foto: Mariela Agudelo P.
Lo mejor que tiene para mí el cuadro de Ferroni, y por lo cual me parece tan colombiano, es su discreción, la sencillez, su transparente ingenuidad, la sabrosa ausencia de pretensiones y grandilocuencias (recuérdese que hablo sólo de pintura), su naturalidad, el austero amor por el lugar, su lejanía de la “cultura occidental,” su secreta poesía, la aura rústica, su escondido bienestar, su esplendor hacia adentro: tal vez descalzos o en alpargatas sea la mejor forma de caminar en el oscuro paraíso, no con botines de charol ni incómodos zapatos prestados o de salón (espero que por ese argumento me disculpe mi admirado Luis Cardoza y Aragón): Amo en este cuadro su quietud, su abandonarse a la noche en mitad de la nada, bajo las estrellas, con el río calmo en donde brilla la luna, no la romántica luna de la bellísima Francia, sino la Luna, la de verdad, la de arena y luz prestada, la de la soledad que alumbra y acompaña, la que duerme o levanta las aguas, la que ilumina en la playa la carga amontonada alrededor de las antorchas, la que apenas se deja ver en los corredores del buque, la que viaja silenciosa a espaldas de los cargadores y del capitán, que duerme en su pequeño camarote perturbado el sueño por insectos y murmullos del trópico. Un viejo buque detenido en un puerto más que precario, a orillas de un pueblo inexistente. El calor de las antorchas entibia la suave brisa de la noche que viene del río; las tenues luces que alumbran el sombrío segundo piso del buque se mecen en el lomo manso de las aguas. Unos duermen, otros apenas lo intentan dando vueltas en el sopor, otros beben, otros conversan con voz sosegada desde sus hamacas, otros juegan cartas, fuman y miran de vez en cuando hacia el llamado del horizonte, otros trabajan, gritándose desde la penumbra de los árboles y entre las agitadas sombras de fuego fracasos y conquistas de amor fugaz, que provocan las risas. Sin embargo, casi ninguno se puede ver esta noche, mientras la Luna cae brillando sobre el gran río de la Magdalena, y el buque espera llenando su negra bodega con la calma de un gran vegetal.
Entre más precaria más me gusta nuestra pintura del siglo XIX, porque más aura tiene, algo que se esfumó cuando nos llegó la tan ponderada academia (que es admirable en Epifanio Garay, Ricardo Acevedo Bernal, Francisco A. Cano, Montoya, Cortés...), donde lo popular se volvió burgués y lo burgués aristocrático, pero con visos de mentira. Pasamos del candor (que aún hoy tenemos en maliciosos pintores como Antonio Samudio, y que habría conmovido hasta las lágrimas a el Aduanero Rousseau) al Realismo, esa “ciencia de lo impreciso,” que es la vida.
Así como las calles y las plazas de nuestras humildes ciudades coloniales cambiaron los nombres de sus usos (Plaza de las Yerbas) o de sus santos (Plaza de san Francisco) por los de sus militares triunfantes (Plaza de Santander) y después por números abstractos (¿habrá que pensar próximamente en plazas y parques virtuales?); así sucedió con nuestras artes plásticas: de la extraordinaria, ingenua y reveladora pintura anónima de Santa Bárbara (menciono sólo pin-turas de la colección de Bancafé), o del impactante, agudo, intenso y hermosísimo retrato del Virrey Solís (siglo XVIII) en sus años de monje y los últimos de su vida, pintado por don Joaquín Gutiérrez, desembocaremos en los delicados retratos en miniatura de damas y caballeros. La República hará privado (en casas, mansiones, solapas o descotes) el arte que durante la Colonia fue público (iglesias, “palacios” y conventos), y ya no se pintarán más milagros ni escenas de la vida de Cristo o de sus mártires (como éste de Santa Bárbara, “patrona del trueno”, cuyo padre yace muerto a sus pies fulminado por un rayo de sangre), sino retratos de héroes, de ciudadanos banqueros, esposas o prometidas, de militares... para ayudarnos con estas preciosas y encantadoras miniaturas a responder afirmativamente las dudas sobre nuestra existencia, reemplazándolas con algo positivo: un poquito –por ejemplo– de vanidad. Estas deliciosas miniaturas (tradición que en Europa venía desde la Edad Media) se convertirán en joyas artesanales de prestigio personal, ¡nuevos relicarios!, “medallas”, que serán reemplazadas por algo más barato: los daguerrotipos, que serán reemplazados por algo aún más barato: las fotografías... ¡Y todos contentos con el fin del siglo XIX y, sobre todo, con el comienzo de la modernidad!, dentro de la cual los pintores se dedicarán al género narrativo de los “cuadros de costumbres” (de donde derivará la caricatura, que se hará lúcida y política) y al paisaje, refugiándose así en el don de sus cualidades, señalando la Naturaleza como presente y porvenir, y advirtiéndonos que es ella quien sostiene nuestra frágil cultura, que poco a poco será reemplazada —sacrificada— por amorfas ciudades en peligro, basureros, torres eléctricas que zumban como estrellas, mataderos, autopistas, construcciones limosneras regadas a la orilla de las carreteras, aguas negras, clubs campestres, centros vacacionales, canteras, túneles, estacionamientos, cárceles, centros comerciales, retenes (oficiales y de los otros)... y mucha televisión, en donde la imagen dejará de existir. Las ciudades deberían ser la Historia, no maquetas vivas para la arbitrariedad del dinero, ni muladares humanos.
Tal vez por todo esto es que no puedo quitarle los ojos de encima a ese buque de pasajeros y carga en una noche de luna quieta sobre el río Magdalena, un simple paisaje, que puede verse en la colección de arte del siglo XIX del Fondo Cultural Cafetero, frente a la Presidencia de la República, y a sólo tres cuadras del viejo barrio capitalino de El Cartucho.
El arte que se realizó en el país entre 1800 y 1930 es el testimonio de la evolución de una nación.
[...] Tal como lo dijo el Libertador, “no somos indios ni europeos”
MAESTRA BEATRIZ GONZÁLEZ
El Arte Colombiano en el Siglo XiX
Colección Bancafe
FOTOS DE MIGUEL SUÁREZ CORTESÍA DE LA COLECCIÓN BANCAFÉ
Anónimo Quiteño, Simón Bolívar, Cicar 1825,
Óleo sobre Tela
Pío Domínguez del Castillo, María Coleta Domínguez ,
Miniatura Sobre Marfil,
Circa 1840
Ricardo Borrero Álvarez, El Tren de las Cinco.
Circa 1915, Óleo sobre MaderaMADERA
Andrés de Santamaría, Retrato de Joven Circa 1923
José María Espinosa Prieto, Retrato de Mujer. Circa 1835
Miniatura sobre Marfil
Joaquín Gutierrez, Virrey Solís,
Circa 1770, Óleo sobre Tela
Ricardo Borrero Álvarez, El tren de las cinco,
Circa 1915, Óleo sobre MaderaMADERA
Giovanni Ferroni, Buque de Vapor a orillas del río Magdalena 1894, Óleo sobre Tela
Anónimo, Santa Bárbara, Siglo XVIII, Óleo sobre Madera