Está llena de estatuas Bogotá, y sus habitantes no saben muy bien a quién representan ni por qué están en un determinado lugar. Sorprende que un hereje, condenado a la hoguera por la Santa Inquisición, tenga una bella estatua en un parquecito longitudinal en la calle 69A con carrera 9ª, y que al frente haya un restaurante donde, con humor negro —no se sabe si consciente o inconsciente— ofrezcan en su carta carne a la Giordano Bruno , que es el nombre del chamuscado a quien representa la estatua.
En el centro de la ciudad, al terminar (¿o al empezar?) la avenida 19, hay un señor —para la mayoría de los pasantes completamente desconocido— impasiblemente sentado en un sillón, con un libro cerca de su mano derecha, dándole la espalda a la bella iglesia de Las Aguas y premonitoriamente mirando un pirul (el árbol del Perú, según los mexicanos) y una palma. Una placa nos informa escuetamente que representa a Don Ricardo Palma, escritor y periodista limeño.
Don Ricardo fue un distinguido escritor, muy reconocido entre nosotros a principios del siglo XX y hoy olvidado. Fue autor de deliciosas y picantes crónicas que él llamo tradiciones , con las que más tarde alcanzó a llenar 6 volúmenes, que tituló genéricamente Tradiciones peruanas.
Fue Don Ricardo precoz poeta a los 15 años y —a esa misma edad— precoz director de un periódico satírico que llamó El Diablo, tal vez por haber estudiado con los jesuitas. Más tarde fue director de la Biblioteca Nacional. Participó activamente en la literatura y en la política de su país. Para los lectores de Ciudad Viva hemos escogido una deliciosa tradición.
Tan dado era Don Simón Bolívar a singularizarse,
que hasta su interjección de cuartel era distinta de la que empleaban los demás militares de su época. Donde un español o un americano habrían dicho: ¡Vaya usted al carajo!, Bolívar decía: ¡Vaya usted a la pinga!
Histórico es que cuando en la batalla de Junín, ganada al principio por la caballería realista que puso en fuga a la colombiana, se cambió la tortilla, gracias a la oportuna carga de un regimiento peruano, varios jinetes pasaron cerca del General y, acaso por halagar su colombianismo, gritaron: ¡Vivan los lanceros de Colombia! Bolívar, que había presenciado las peripecias todas del combate, contestó, dominado por justiciero impulso: ¡La pinga! ¡Vivan los lanceros del Perú!
Desde entonces fue popular interjección esta frase: ¡La pinga del Libertador!
Este párrafo lo escribo para lectores del siglo XX, pues tengo por seguro que la obscena interjección morirá junto con el último nieto de los soldados de la Independencia, como desaparecerá también la proclama que el general Lara dirigió a su división al romperse los fuegos en el campo de Ayacucho: “¡Zambos del carajo! Al frente están esos puñeteros españoles. El que aquí manda la batalla es Antonio José de Sucre, que, como saben ustedes, no es ningún pendejo de junto al culo, con que así, fruncir los cojones y a ellos.”
En cierto pueblo del norte existía, allá por los años de 1850, una acaudalada jamona, ya con derecho al goce de cesantía en los altares de Venus, la cual jamona era el non plus ultra de la avaricia; llamábase Doña Gila y era, en su conversación, hembra más cócora o fastidiosa que una cama colonizada por chinches.
Uno de sus vecinos, Don Casimiro Piñateli, joven agricultor, que poseía un pequeño fundo rústico colindante con terrenos de los que era propietaria Doña Gila, propuso a ésta comprárselos si los valorizaba en precio módico.
—Esas cinco hectáreas de campo —dijo la jamona— no puedo vendérselas en menos de dos mil pesos.
—Señora —contestó el proponente— me asusta usted con esa suma, pues a duras penas puedo disponer de quinientos pesos para comprarlas.
—Que por eso no se quede —replicó con amabilidad Doña Gila— pues siendo usted, como me consta, un hombre de bien, me pagará el resto en especies, cuando y como pueda, que plata es lo que plata vale. ¿No tiene usted quesos que parecen mantequilla?
—Sí, señora.
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—Pues recibo. ¿No tiene usted chanchos de ceba?
—Sí, señora.
—Pues recibo. ¿No tiene usted siquiera un par de buenos caballos?
Aquí le faltó la paciencia a don Casimiro que, como eximio jinete, vivía muy encariñado con sus bucéfalos, y mirando con sorna a la vieja, le dijo:
—Y no quisiera usted, doña Gila, la pinga del Libertador?
Y la jamona, que como mujer no era ya colchonable (hace falta en el Diccionario la palabrita), considerando que tal vez se trataba de una alhaja u objeto codiciable, contestó sin inmutarse: