Llegó la hora de celebrar nuestro patrimonio. En este mes de septiembre Bogotá será el escenario de una gran cantidad de actividades que vincularán más estrechamente a la ciudad y sus habitantes. ¿Cuál es la historia de la carrera Séptima, la vía más representativa de la capital? ¿Qué características tienen las iglesias del barrio La Candelaria? ¿Alguien sabe que el cementerio de Usme fue alguna vez cementerio muisca? Estos interrogantes y muchos otros serán respondidos, de manera más amena, con recorridos en bicicleta, caminatas por lugares históricos, foros y conferencias.
Este mes podremos conocer por qué fue erigido ese monumento frente al que siempre pasamos de largo; cuál es la historia de aquel edificio, amarillento y enorme, que durante casi cien años ha visto cómo la ciudad se ha ido transformando en una gran urbe; cómo se ha quedado sin sombreros, y cómo ha cambiado los ovalados carros de los cuarenta, y las busetas de los ochenta, por un enorme y moderno
bus articulado de color rojo.
En el marco de esta celebración se llevará a cabo el segundo foro Ciudad y Patrimonio 2007, que tratará temas como el patrimonio cultural urbano, la diversidad, las artes, los derechos culturales, y cuyo objetivo es aportar a los participantes elementos para la reflexión alrededor del patrimonio cultural de Bogotá, y lo que éste representa, desde la mirada de especialistas y las experiencias sociales.
También serán recordados aquellos cafés en los que departían León de Greiff, el caricaturista Rendón, Alberto Lleras y otros personajes. Documentales y películas sobre Bogotá serán proyectados en la Cinemateca Distrital, y en el marco del proyecto Álbum Familiar se lanzará el concurso Patrimonio y Familia a través de las generaciones, invitando a los habitantes de la ciudad a entregar fotos en las que aparezcan más de tres generaciones. Y claro, la Plaza de Bolívar, también contará su historia.
¡Quién lo hubiera creído! Llegando al final del autoexilio que me impuse —de mi hábitat natural, el mágico país de la lírica y la música— para transitar durante algún tiempo por las edificantes regiones del servicio público, el alcalde Lucho Garzón decidió encargarme de la Alcaldía Mayor de Bogotá, durante su ausencia por razones médicas. ¿Y cómo me entero de semejante honor y tan apabullante responsabilidad? Durante la grabación del programa Lucho sin rodeos, que transmite el Canal Capital todos los sábados en la mañana, y cuyo tema era «Bogotá cada vez más festiva», para celebrar el cumpleaños 469 de nuestra capital. Con su desparpajo característico le informó a la ciudad —ante mi sorpresa— que quedaba encargada de la segunda posición en importancia del país, después de la Presidencia de la República.
Traté de conservar la calma y cubriendo con serenidad mi asombro, mientras encontraba algún rayo de lucidez interior, me pregunté: «¿Y ahora qué hago?». Y como mi dignidad personal no me permitía quedar mal ni frente a la audiencia ni frente al alcalde, pero sobre todo frente a mí misma, me respondí enseguida: «Hacer». Es lo único que me toca en estas circunstancias: elevar el verbo «hacer» al máximo de sus posibilidades.
Lo que no imaginé en el momento fue la reacción frente a quien detenta el poder, así sea durante el breve encargo de los seis días que conforman una semana laboral. Como organizar la «gran piñata» para el cumpleaños de Bogotá era mi tarea principal, la invitación al festejo debía ser comunicada con toda suerte de tonos y colores. Y así lo hice a los medios escritos y audiovisuales, que se manifestaron con mucha generosidad y sin siquiera criticar mi designación. Con ellos —y el impecable equipo de trabajo con que cuenta la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, y sus entidades adscritas y vinculadas— organizamos casi trescientos eventos, unos de alcance metropolitano y otros de carácter local. Miles de niños, jóvenes y adultos sin ninguna distinción, en familia y con amigos, colmaron parques y calles, llenaron de sentido la propuesta de una ciudad reconciliada para la convivencia. El riesgo de responder a las entrevistas estaba ahí, presente en cada momento. A la tardía pregunta formulada: «Y el profesor Moncayo, ¿cómo podrá seguir su camino con tantos huecos y tantas dificultades de movilidad?», pude contestar felizmente: «Ya apenas soy una ex alcaldesa encargada y…». El interrogador me interrumpió con un apresurado «gracias», y se fue a buscar su chiva en otra parte.
No puedo dejar de resaltar, y con mucho agradecimiento, la actitud de mis colegas del gabinete, con un auténtico sentido de respeto a la decisión tomada por el alcalde mayor y una disposición total de apoyar a la alcaldesa encargada durante el período de su gestión pública. El primero en saludarme y colocarse al mando fue el coronel Rodolfo Palomino, comandante de la Policía de Metropolitana de Bogotá, quien por razón del carácter masivo del carnaval y el Festival de Verano tenía mucho de qué preocuparse para cuidar bien la ciudad.
Es cierto que la fortaleza institucional del Distrito permite, como en todo ejercicio democrático de fondo —y el de Bogotá sin indiferencia sí que lo es— que cualquiera de sus secretarios pueda asumir el mando en cualquier circunstancia que aleje momentáneamente al alcalde Garzón, porque todos conforman un grupo de profesionales que trabaja en equipo. Pero repito, la auténtica generosidad de mis colegas será inolvidable para mí, por siempre. Debo agregar que aquél que se acerca a tan altas posiciones de mando tiene que saberse agarrar de la columna del poder personal, el único que verdaderamente se mantiene en cualquier circunstancia de la vida, favorable o no. Y que se agarre bien, porque el ventarrón generado alrededor del poder político puede arrastrar fácilmente por entre los vericuetos del ego y dejarlo a uno mareado de la paliza.
Pero lo que más quiero compartir con ustedes es mi conclusión al terminar esta corta semana de mandato en la Bogotá sin indiferencia, que se estructura a partir del reconocimiento, el restablecimiento y el respeto de los derechos humanos. Creo haber encontrado la respuesta a la gran pregunta que dejó abierta el ex presidente Darío Echandía: «Y el poder, ¿para qué?». Pues para garantizar el derecho a la felicidad, que es la suma de todos los derechos humanos.
Martha Senn
Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte
CARTAS DE LOS LECTORES
Señora Martha Senn
Secretaria de Cultura de Bogotá
Bogotá, Colombia
Distinguida señora secretaria:
Fue sumamente grato haber tenido la oportunidad de conocerla y departir con usted, en ocasión de la visita que realicé a la Biblioteca Virgilio Barco de la ciudad de Bogotá. Quiero hacerle patente mi gratitud, por las detalladas explicaciones que tuvo la gentileza de proporcionarme acerca de la política cultural y las acciones de fomento de la lectura que la Secretaría de Cultura a su digno cargo promueve; la felicito por ello y le reitero mis deseos de éxito en este año en que Bogotá es la Capital Mundial del Libro. Estoy seguro de que con sus entusiasta labor muy pronto habrá muchos más «ciudadanos culturalmente activos», como usted lo dijo, en la capital de Colombia. Le ruego acepte el testimonio de mi más alta consideración.
Koichiro Matsuura
Director general
Unesco
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura