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Bogotá celebra el bicentenario del sabio Mutis
Retrato alegórico de José Celestino Mutis, de cuya muerte se cumplen 200 años. Fue pintado en 1810 por Salvador
Rizo Blanco, uno de los grandes pintores de la Expedición Botánica. En su base se aprecia la Mutisia clematis,
perteneciente a un género que los botánicos suecos Linneo, padre e hijo, dedicaron al sabio.
Hace 200 años, en Bogotá, murió José Celestino Mutis y Bosio, el sabio Mutis. La capital rinde un merecido homenaje al hombre de Cádiz que ideó, puso en marcha y dirigió durante 25 años la Expedición Botánica,
una de las empresas más ambiciosas de la historia de América.
La Expedición fue un segundo descubrimiento, uno que, además
de impulsar el desarrollo de las artes y las ciencias, sembró las ideas emancipadoras
en el Nuevo Reino de Granada.
Con un recetario original basado en 15 plantas comestibles —entre las más de 6.000 encontradas por la Expedición Botánica—, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte conmemora el bicentenario de la muerte de Mutis durante este mes de septiembre. El inventario
de las especies comestibles que halló Mutis en estas tierras estuvo a cargo de José Antonio Amaya, curador del Museo Nacional.
Como resultado, Leonor Espinosa y dos chefs más —Catalina Vélez y Carlos Yanguas—,
todos expertos en gastronomía colombiana,
prepararon recetas, entre ellas ceviche de pescado con torta de chontaduro,
mousse de ahuyama, vainilla y yerba de anís, ensalada de pescado ahumado con achicoria, pepino y pera. El recetario será publicado en la página web de la Secretaría de Cultura y en la revista Diners. Así mismo, en el Jardín Botánico de Bogotá serán sembradas
las 15 especies que hacen parte del recetario, y el Archivo de Bogotá expondrá las láminas de la Expedición en los paraderos
de la ciudad.
Ciudad Viva no se queda atrás. En esta edición, realizada en honor de Mutis, escriben
reconocidos expertos en su vida y obra. Una completa semblanza de la vida del sabio,
que da cuenta de sus aportes en distintos
campos; un artículo sobre la pintura en la Expedición y otro sobre las orquídeas forman parte del número especial que tiene usted en sus manos.
El 24 de febrero de 1761 el joven José Celestino Mutis llegó a Santafé de Bogotá para trabajar como médico del virrey Pedro Messía de la Zerda, y aquí se quedó. Desde la Casa de la Botánica,
en la carrera séptima con la calle octava, Mutis dirigió la Expedición Botánica
por más de veinte años. Vivió algunos
períodos en otros lugares como Mariquita y la Montuosa, pero pasó la mayor parte de su vida en las calles que hoy conforman el centro histórico de la capital. Bogotá se convirtió en la ciudad del sabio de Cádiz.
Aquí falleció
de apoplejía el 11 de septiembre de 1808, dejando una profunda huella, un legado imborrable que hoy recordamos
al cumplirse el bicentenario de su muerte.
Los muchos aportes de Mutis a Bogotá
tienen un común denominador: la educación. El científico creía fervientemente
que la formación académica ayudaba a construir una sociedad más próspera y civilizada, y desde la capital del Nuevo Reino de Granada empezó a trabajar, a convertirse en un reformador.
Por ejemplo en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario —donde
se encuentran sus restos— organizó y dictó las cátedras de matemáticas, física y ciencias naturales, enseñando
entre otras cosas las doctrinas de Newton y Copérnico, revolucionarias para la época y enfáticamente rechazadas
por la Iglesia católica.
Mutis fue denunciado por la comunidad
de los dominicos ante el Tribunal de la Santa Inquisición; pero algunos meses más tarde una real cédula
emitida por Carlos III obligó, tanto a colegios como universidades, a incluir las teorías de Newton en sus programas de enseñanza. Así fue como Mutis se salvó del que hubiera sido un espinoso juicio. Además de ejercer la medicina en Bogotá, como pedagogo contribuyó a formar médicos mediante
clases que dictaba en su propia casa. En 1802 reabrió la cátedra de medicina en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, 38 años después de haber sido clausurada. Mutis realizó un programa
de estudios para esta institución y graduó a los primeros médicos, razón por la cual se le considera el padre de la medicina en el país.
Era pues un adelantado de su tiempo.
Otro de sus grandes aportes a Bogotá fue la donación de sus libros a la primera biblioteca pública de América: la Real Biblioteca Pública de Santafé, creada por Francisco Antonio Moreno y Escandón con bienes expropiados a los jesuitas. Fundada en 1777, constituyó el origen de la Biblioteca Nacional de Colombia, que hasta hoy conserva el Fondo Mutis—integrado por 4.700 volúmenes— como uno de sus más preciados tesoros.
Erguido aún en el centro de Bogotá,
uno de los legados tangibles es el Observatorio Astronómico, el más antiguo
del continente. Fue gracias a José Celestino Mutis que en 1802 se inició su construcción. El Observatorio es todo un símbolo del afán de Mutis por hacer ingresar a la Nueva Granada en la modernidad. En el Observatorio tuvieron
lugar las reuniones clandestinas donde Caldas y sus aliados planearon las acciones que desencadenaron el Grito de Independencia de 1810. Durante
muchos años fue la edificación laica más alta de la capital. A propósito,
por cuestiones religiosas, sólo era superada en altura por la Catedral.
Uno de los aportes más interesantes de Mutis a la capital fue la fundación de una escuela de dibujo, y a ella se refiere la gran pintora y crítica Beatriz González en el magazín de este número.
El gran valor de tal escuela es que fue gratuita. En una época en que las diferencias sociales eran tan marcadas,
muchos jóvenes pobres pudieron mantenerse como pintores después de estudiar en esta academia. Mutis y sus colaboradores en la Expedición Botánica
necesitaban con urgencia dibujantes
y pintores de plantas y otras especies
naturales. Faltaba mano de obra y los alumnos de la escuela ayudaron a cubrir la demanda de talento.
En Bogotá Mutis se hizo sacerdote y fue capellán del Convento de Santa Clara. Nuestra ciudad fue la casa de este científico que nunca regresó a la España de donde vino, y cuyo legado es invaluable para la humanidad. Gracias
a él Bogotá pudo acercarse a las revoluciones científicas, a textos desconocidos
y a su propio entorno. Por eso, gran parte del número de Ciudad Viva que usted tiene en sus manos está dedicado a aquel hombre de Cádiz que se ganó el adjetivo de sabio. José Celestino
Mutis dejó una huella que sigue intacta y este mes será más visible que nunca.
Catalina Ramírez
Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte
CARTAS DE LOS LECTORES
Señor director:
En el número 44 de la publicación cultural que usted dirige, Ciudad Viva —correspondiente al mes de agosto—, apareció un artículo sobre el pintor José María Espinosa. El autor, Santiago
Mutis, se refiere a dos retratos de Manuelita Sáenz. El primero, que ilustra el artículo, no le causa admiración y en cambio el segundo le origina grandes muestras de entusiasmo. En él encuentra a Manuelita: «deslumbrante», «irresistiblemente
bella», «criatura sensual».
Como me siento un poco culpable por haber incluido el segundo retrato entre las miniaturas
del pintor, en la obra de mi autoría, José María Espinosa, abanderado del arte en el siglo XIX (1998), me veo en obligación de rectificar a Mutis. Me decía la historiadora
Pilar Moreno: «No hay libro sin error». Con el tiempo —se cumplen ya diez años de su publicación— he encontrado muchos errores. Como la investigación es dinámica y siempre me intrigó la diferencia entre los dos rostros de Manuelita (el de Bogotá y el de Medellín), he llegado a la siguiente conclusión: el primero se parece más a los retratos que de ella se encuentran en Quito,
y que son los verdaderos. El segundo, a la vez, no es y sí es Manuelita Sáenz. Pero se trata de Manuelita Sáenz Montoya,
de la familia de los millonarios paisas, exportadores de tabaco desde Ambalema.