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Pintores de la Expedición Botánica
Por Beatriz González Aranda
Aristolochia cordiflora Mutis (apud. H.B.K.), lámina de la Expedición Botánica, sin firma pero atribuida a Francisco
Javier Matís.
No se tiene noticia sobre cómo eran los rostros de los protagonistas de un capítulo esencial en la historia del arte colombiano: la Expedición Botánica.
Excepto por los retratos de José Celestino Mutis y Eloy Valenzuela, y las representaciones en miniatura, dibujo y caricatura de Francisco Javier Matís realizadas por José María Espinosa y José Manuel Groot, los ojos y las manos de quienes realizaron las espléndidas láminas
botánicas pasaron al olvido. Cuando Alejandro de Humboldt visitó la Casa de la Botánica en 1801 se refirió a dos de ellos, Matís y Salvador Rizo, como los mejores pintores de flores del mundo. ¿Es posible que llegaran a considerarse pintores menores por estar al servicio de la ciencia? ¿Esclavos de la ciencia? Ya lo había dicho el pintor cartagenero Pablo Caballero cuando renunció a la Expedición,
porque consideró «que el trabajo no correspondía al mérito de su pincel».
Sin embargo, no todos fueron tan engreídos:
el más grande pintor colonial, Joaquín Gutiérrez, le hizo una lámina a Mutis en pago por «haber sanado su hijo de alferecía con la quina». Otro grande, Pablo Antonio García de Campo, pintor de inmaculadas, virreyes, y uno de los pocos que podían acceder a los conventos
de clausura para retratar a las abadesas
muertas, no dudó un momento en acompañar al emprendedor médico. Permaneció como único dibujante desde el momento
en que la Expedición era una aventura, en 1761 —un año después de la llegada de Mutis al Nuevo Reino de Granada—, hasta 1784, cuando era ya una institución, en Mariquita, con el aval del rey Carlos III. Durante 23 años pintó plantas, paisajes y animales. Sólo se retiró por problemas de salud.
Los dibujantes botánicos de la empresa mutisiana
se pueden dividir en cuatro grupos. Los iniciadores,
en primera instancia Pablo Antonio García del Campo; pocos años después se vincularon a la empresa dos pardos, Pablo Caballero y su discípulo Rizo, y un lugareño, Matís. Un segundo grupo esta conformado por diez ecuatorianos, jóvenes en su gran mayoría, educados en la escuela de Quito, hijos
o discípulos de grandes pintores. En tercer lugar, aquellos que Mutis llamaba irónicamente «los académicos
» por haber sido educados en la Academia de San Fernando en Madrid: uno español y otro peruano,
que poco o nada aportaron a la Expedición. Y por último, los alumnos de la Escuela de Dibujo y la Escuela Gratuita de Dibujo, quienes aprendieron el arte de la miniatura y el dibujo a través de la experiencia
de Mutis y Rizo. Un total de 62 dibujantes botánicos, si se cuenta entre ellos a Francisco José de Caldas, quien se incorporó tardíamente.
Entre la comunidad de dibujantes había
unos más atrayentes que otros. Salvador
Rizo llegó a la Expedición como delineante cartográfico y fue seducido por Mutis para su empresa. Llegó a ser mayordomo de la Expedición, docente y retratista. El más promocionado de todos ha sido Matís: en el Diario de observaciones
de José Celestino Mutis tiene cerca de 170 entradas, y 63 en el Catálogo
del Fondo Documental José Celestino Mutis del Real Jardín Botánico. En esta última obra sólo es superado por Rizo. Los demás dan muestras de su talento y personalidad mediante los espléndidos iconos botánicos. Mutis se encontraba tan entusiasmado con su escuela de pintores botánicos que le escribe al rey Carlos III:
Es ciertamente una cosa nunca vista en América,
donde no han precedido ejemplares que imitar, mantener una oficina tan bien ordenada
y servida al fin del año como al principio; en que diariamente se trabajan nueve horas, las únicas que permiten las once y hasta doce de claridad según las estaciones del año; en que se guarda un profundo silencio y cada oficial
atento a su labor no escucha otra voz que la de su director.
A pesar de la férrea disciplina que impartía
Mutis, los artistas eran seres humanos. Tenían familia, conflictos, comerciaban productos como la tinta que ellos fabricaban.
Se convirtieron en importadores de imágenes
religiosas ecuatorianas que tenían un gran pedido en el país.
Retrato al carbón de Francisco Javier Matís, realizado
por José María Espinosa. Cortesía del Museo Nacional
de Colomb ia.
Mutis y su relación con el arte a través de las láminas
botánicas
Si en el taller se daba un aprendizaje prolongado y riguroso del dibujo, ¿de dónde procedía el conocimiento
para impartirlo? Mutis debió estudiar dibujo
anatómico en la Escuela de Medicina en Cádiz o Sevilla. Desde que estaba en España debió conocer las láminas de Pehr Löfling, quien murió en la expedición
a Venezuela y cuyas láminas eran disputadas por Suecia y España. En su equipaje trajo una obra
de Linneo; lo que más atraía a Mutis eran las obras
con grandes plantas dibujadas. Tuvo acceso temprano
a la obra de Jacquin y a las inquietantes láminas
de Maria Sybilla Merian: el 14 de noviembre de 1766
comentó haber visto en una rama de balso que «las
hojas estaban comidas por una especie de orugas,
que no hallé en las láminas de Merian».
El taller que montó en Mariquita le mostró la necesidad
de crear una escuela de dibujo. Un tipo de
escuela propio de la Ilustración, que se denominaba
Escuela Gratuita de Dibujo, se fundó en Santafé
de Bogotá. Ésta es la primera realización de Estado
con relación al arte; es la primera escuela oficial. Qué
bien debieron sentirse los dibujantes cuando se informaron
de que el científico sueco Peter Jonas Bergius
se admiraba de sus dibujos. Mutis le contesta:
Se admira Ud. de que en América haya podido conseguir
pintores notabilísimos. Pues ha de saber que mis
láminas van saliendo cada día más bellas, si no me
engaña mi propio parecer. Amaestré en estos trabajos
a varios jóvenes que ya conocían por lo menos los rudimentos
del dibujo; estoy presente, dirijo, me dedico
con una paciencia que no es fácil de ponderar y de ello
ha resultado que donde no existía ni una idea de esta
clase de pintura, donde no había modelos que imitar,
nos hemos abierto nuevos caminos con intrépida osadía
y con éxito felicísimo. Mi colección causa maravilla
aun a algunos europeos del mejor criterio, pero lo que
más me halaga es el valioso juicio de Ud. y el de los
suyos.
La técnica del dibujo para láminas botánicas
Mutisia clematis L. fil., del género dedicado a Mutis, fue clasificada por
el hijo de Linneo. El pintor, Salvador Rizo, formó la M de Mutis con el
bejuco de la enredadera.
En esa escuela se enseñaba a mirar los modelos
de plantas vivas que colectaban los herbolarios al
amanecer y además se investigaba sobre técnicas y
pigmentos: el problema para Mutis era qué modelo
europeo debía utilizar para la representación de
plantas y flores. Por ello continuamente solicitaba
libros a Europa, para estar actualizado. Si bien los
primeros intentos de Mutis y García del Campo fueron
dibujados en lápiz, tinta, y a veces coloreados al
óleo, era necesario implementar una técnica propia
para las láminas botánicas.
El 16 de enero de 1784 menciona una nueva
técnica que denomina «invención de los colores»:
«Continuando mi gusto al ver la perfección con que
van saliendo las plantas dibujadas al natural con sus
respectivos colores y [...] la invención de los colores».
A los ocho días ya habla de «láminas iluminadas»:
«Gasto mucho tiempo ahora en observar los progresos
de la nueva invención de láminas iluminadas».
El término «iluminadas» es el que aclara que ya
han implementado la técnica de la miniatura. Al año
siguiente se informó acerca de El museo pictórico y
escuela óptica, obra de Antonio Palomino
de Castro y Velasco (1655-1726)
que llegó a ser la biblia de los artistas
del mundo hispano del siglo XVIII. Este
tratado incluía las definiciones de algunos
términos utilizados por Mutis y
sus colaboradores para referirse a las
técnicas empleadas en la elaboración
de las láminas: iluminación, al temple,
aguada, acuarela y miniatura. Sin
embargo, los nombres más utilizados
son temple y miniatura. El primero
es el más mencionado por Mutis; el
segundo por sus discípulos. Incluso
Humboldt lo utiliza: «Treinta pintores
trabajan para Mutis desde hace
quince años; él posee de 2.000 a 3.000
dibujos tamaño folio, que son miniaturas
». Según Palomino, miniatura es
«pintura que se ejecuta sobre vitela o
papel terso, a manera de iluminación;
pero ejecutado el claro y el oscuro,
punteado y no tendido».
Como se puede observar, se trataba
de un verdadero taller de experimentación
en el que combinaban
productos y materias europeas con
productos locales, para la preparación
de los pigmentos y agentes
aglutinadores. No sólo inventaron
sino aprendieron de los indígenas.
De modo que los colores eran extractados
de las plantas que ellos mismos
estaban recolectando. Su dedicación
a la minería también les ayudó en la
búsqueda de pigmentos.
Si la técnica lo inquietaba, otra
angustia era la verdad y el conocimiento
que podía desprenderse de
una imagen pintada por su grupo de dibujantes. Por eso exclamaba: «Cada lámina me cuesta
mil suspiros»: desde que la planta era arrancada por
los herbolarios a la madrugada, cuando era llevada a la
sala de dibujo, y se empezaba a morir. Algunos artistas
como Rizo salieron a pintar al campo. No obstante,
era más propicio para el manejo de las tintas estar en
un salón: «Pusimos en agua una sola flor que hallamos
próxima para abrirse».
Se puede afirmar que la obra de Mutis transformó
la sociedad novogranadina: técnicamente importó la
miniatura moderna, desarrolló la observación y el
dibujo directos de la naturaleza, promovió la organización
de artistas en una escuela estatal, permitió la
apertura en el campo de las ciencias naturales y las
matemáticas.
Como se sabe, después de la muerte de Mutis en
1808, la Expedición sobrevivió con muchas dificultades,
y con la Reconquista, al llegar triunfante a Bogotá
en mayo de 1816, «el Pacificador» Morillo la clausuró
y envió inmediatamente a Madrid esa producción
iconográfica que constaba de más de 7.439 láminas,
convencido de que otras potencias estaban tras la
verdad que contenía.
¿Qué pasó con los mejores pintores de flores del
mundo? Salvador Rizo fue el único que murió fusilado
durante la Reconquista española, el 12 de octubre
de 1816. Los artistas quedaron desempleados y se dedicaron
a la enseñanza y a realizar miniaturas. Juan
Francisco Mancera, Félix Sánchez y Pablo Caballero
practicaron el retrato. Mancera inició a Ramón Torres
Méndez en el arte de la miniatura, Mariano Hinojosa
a José Manuel Groot, y se afirma que Francisco Javier
Matís transmitió su oficio al más importante de todos
los retratistas del siglo XIX, José María Espinosa. Así
se difundió este arte practicado por la mayor parte de
los pintores de la primera mitad de tal siglo. Mariano
Hinojosa se trasladó a Medellín, donde estuvo activo,
entre 1831 y 1835, como profesor y pintor. Francisco
Javier Cortés fue director de Academia de Dibujo
en Lima. Sólo uno se dedicó a enseñar y difundir la
ciencia botánica: Francisco Javier Matís, y murió en
la indigencia.