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Flores moradas: América, hace doscientos años
Mutisia clematis
Alístense señor García, señor Rizo y joven Matís
porque hay aquí trabajo para varias semanas.
Mutis en la Casa de la Expedición
a la llegada de los herbolarios, en el siglo XVIII.
Por Santiago Mutis Durán
Passssiflora laurifolias L., detalle del icono pintado por Nicolás Cortés.
La Luna estaba entonces más cerca de la Tierra, también las constelaciones. Y la naturaleza más cerca del corazón. Ella exhibía aún su gran poderío y su extraordinaria belleza. Era espléndida y más vigorosa
que el hombre.
Humboldt y Bonpland habían llegado al populoso puerto de La Habana en un barco incendiado y después
de cruzar vivas tormentas y también abismos de deslumbrante tranquilidad. Veinticinco días en el mar Caribe, con noches estrelladas, relámpagos planetarios
y guerra naval. Dos años habían estado entre los bosques del Orinoco, el río Negro y el Amazonas, «el país de los indígenas», más de 1.200 millas de majestuosa
vegetación tropical («percibimos tigres enormes,
tigres sobre los árboles, porque la vegetación exuberante no les permitía andar por tierra»).
Humboldt y Bonpland habían experimentado que la vida está sostenida por un caprichoso hilo. Pero su luminoso asombro por el planeta los hacía cruzar esta insistente sombra. En Cuba, Humboldt cambia sus planes de ir a México, al Mississippi y a las Islas Filipinas, para viajar a Lima y embarcarse en un viaje alrededor del mundo. Hierve de entusiasmo. Entonces vuelven al Caribe, rumbo a Cartagena de Indias, y se sueltan al viento en un velero que navega bajo un eclipse, cruza un extraordinario vendaval y los lleva sanos y salvos al continente, donde los asaltan
unos cimarrones y se enteran de que los vientos del Pacífico no lo están tanto y no los llevarán —con vida— de Panamá a Lima. Deberán hacerlo internándose
en Tierra Firme y subir «las más grandes cordilleras volcánicas del mundo»: los Andes.
Pocos días después, Humboldt y Bonpland se encuentran ascendiendo el río de la Magdalena, crecido entre espesos bosques. Ya lleva Humboldt el propósito de visitar a Mutis. Prolongadas lluvias los acompañan durante seis soñolientas y penosas semanas.
En Honda toman el camino de mulas de la cordillera Oriental —silenciado de nogales— hacia la hermosa meseta en donde se encuentra Mutis. En una ingenua y «triunfal procesión» son conducidos por la sabana hasta la casa que el director de la Expedición
Botánica les tiene preparada. Mutis los espera con un caluroso abrazo y un banquete ofrecido por los miembros de la Expedición: botánicos, herbolarios,
dibujantes...
Mutis tenía 28 años cuando llegó de España, y ahora que Humboldt acudía a él como al gran botánico
de las Américas pasaba de los setenta. Había tenido que esperar más de veinte años a que el rey de España respondiera a sus deseos de formar una expedición
botánica, pero no había esperado ni un solo día la respuesta de aquella burocracia para comenzar los trabajos. Mutis tenía entre sus herbolarios gentes indígenas que habían perdido sus comunidades y su lengua, que no eran campesinos, sólo analfabetos sin oficio conocido, «toderos», como decían con desMutisia añosprecio los españoles y los criollos, quienes los consideraban
menos que nada, pero eran tan queridos e indispensables para Mutis como sabios silenciosos. Uno de ellos, Roque Gutiérrez, especialmente entrañable
para Mutis, tenía de tiempo atrás el encargo de conseguir la esquiva flor de un bejuco que aún aparecía
incompleto en su hermosa lámina. Ya habían pasado meses sin poder cumplir con el encargo, y una tarde, regresando de Honda en su otro oficio de chasqui, vio la estrella del bejuco brillando al otro lado de La Quebrada, y se lanzó tras ella cegado por su nueva y amorosa profesión de botánico, sin saber que en lo alto de la cordillera comenzaba a decidirse
para él otro destino. La Quebrada desembocaba abajo en el Magdalena y éste crecía en las montañas, se ensanchaba en silencio e impedía a La Quebrada entrar tranquila en su caudal. Entonces se levantó allí una marea en sentido contrario al de la corriente, y se devolvió sorprendiéndolo traicioneramente.
La noche del día siguiente le avisaron a Mutis que un cuerpo se encontraba flotando atrapado en una marea que se alzaba sin ir hacia ninguna parte. Mutis
lo reconoció y cayó en la pena. Esa misma noche, a la luz de una vela, escribió en su diario la pérdida de aquel hombre, cuya muerte lo oscureció y sumió en la tristeza. No dejaba de repetirse que cuando lo vio tirado en la playa llevaba en su mano cerrada la esquiva flor, que por tanto celo no lo dejó defenderse de la inesperada marea. «Mi insigne y amado herbolario
», escribió Mutis. «Visitaba él las más veces este bejuquito para lograr el momento de su florescencia [de] flores moradas [...]. Jamás la había perdido de mi memoria [...] ella fue la que le costó la vida».
Perdida su lengua indígena, este herbolario dejó caer en la oscuridad del tiempo el saber de su gente sobre la naturaleza. De manera que todos nosotros nos despertamos un día «perdidos en un mundo sin nombres». Poco a poco, este saber es lo que él pretendía
recuperar; ése era el espíritu de la Expedición.
***
No es cierto, como dice García Márquez, que en aquel entonces «el mundo era tan reciente, que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Irónicamente, esta frase es tomada del virrey Flórez, y señala hacia el mundo que destruimos, un mundo viejo, antiguo, sabio, que vivía en la naturaleza. Desde ahora, el dedo del virrey señalará para siempre hacia las flores del silencio.