Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte Carrera 8ª Nº 9-83
Teléfono 2428380
Dirección electrónica: ciudadviva@scrd.gov.co
En Bogotá se descubre una orquídea
Mutisia clematis
Texto y fotos de Guillermo Angulo
La Sobrbralia mutisii, encontrada por Guillermrmo Angulo en el centro de Bogotá y clasificada por Pedro Ortiz Valdivieso, S. J.
Eric Hansen, en su apasionante libro Fiebre de orquídeas, relata una expedición
a las selvas de Borneo en busca de orquídeas desconocidas, de especies no descubiertas. Los expedicionarios se internaron en la selva virgen y luego de innúmeras aventuras regresaron con algunos heridos, numerosas picaduras de insectos y culebras, y la desilusión de no haber logrado encontrar una sola especie nueva.
La aventura que vamos a contar se diferencia de la que narra Hansen —y no merece ni siquiera llamarse
aventura— por el hecho de que tuvo lugar en el tranquilo centro de Bogotá, carente de peligros, emoción y culebras, pero tal vez por eso fue más extraordinaria.
El primer homenaje habría que hacerlo
al arquitecto Rogelio Salmona, amante de las plantas, quien trajo desde
la región de Tequendama la especie a la que nos vamos a referir. Salmona la sembró en los jardines —también diseñados por él— en torno a las torres que van a llevar su nombre, donde las amplias escaleras exteriores recuerdan a través de una placa «El sueño de las escalinatas» de Jorge Zalamea:
La casualidad quiso que un día, subiendo las escalinatas,
me fijara en una mata de orquídea florecida. Se trataba de una Sobralia, famosa por ser la orquídea más alta. Una del Perú, llamada justamente Sobraliaaltissima, llega a medir 13.5 metros de altura. La nuestra tiene modestos cinco o seis.
Me pareció nueva la flor y le hice una foto para pedirle al padre Pedro Ortiz Valdivieso —el especialista
más connotado en orquídeas (especies) colombianas—
que me enseñara el nombre. El padre Pedro miró mis fotos de la Sobralia y me dijo que en algunos libros, incluido el de Orquídeas nativas de Colombia, aparecía como Sobralia dichotoma probablemente por insinuación de Charles Schweinfurth, especialista
en orquídeas peruanas. Agregó que esa orquídea es endémica del Perú. «¿Entonces cuál es nuestra orquídea?
», le pregunté. Me respondió que el sabio Mutis la había encontrado en las cercanías de Bogotá y la había
hecho dibujar, sin clasificarla, antes de que Ruiz y Pavón (de la Expedición Botánica de Perú y Chile) establecieran el género. El icono se encuentra en el primero de los cinco tomos sobre orquídeas de la Expedición
Botánica, ya todos publicados.
Como el Jardín Botánico José Celestino Mutis —proporciones
guardadas— ha continuado la tarea que dejó inconclusa Mutis, decidimos acudir a su entonces
director el arquitecto Enrique Uribe Botero, para ir a buscar la orquídea descubierta, en su hábitat natural. El padre Ortiz tenía perfectamente localizados
en su memoria el sitio y la época exacta de florecimiento
de la planta. El viaje se programó para un domingo y el padre nos dijo: «—Yo celebro misa a las ocho de la mañana, así que nos hablamos a las ocho y media. Si está haciendo buen tiempo nos vamos de cacería.»
El día no amaneció radiante pero la ausencia de lluvia fue suficiente para que decidiéramos ir. Nos encaminamos hacia San Antonio de Tequendama y al llegar a una altura de unos 2.300 metros empezamos
a ver generosamente florecida la orquídea buscada,
pero protegida de intrusos por altos e inaccesibles
riscos.
El sacerdote jesuita Pedro Ortiz Valdivieso ha continuado la tradición de los curas botánicos, iniciada por Mutis y seguida por Enrique Pérez Arbrbeláez y Lorenzo Uribe.
Nos detuvimos al encontrar una más accesible. Los que pasaban —y los dueños de un almorzadero que quedaba enfrente— se quedaban mirando con asombro y curiosidad a estos extraños marcianos, vestidos como si acompañaran a Stanley en el rescate
de Livingstone (I presume?), mientras sacábamos cámaras análogas, cámaras digitales, flashes, lentes de aproximación, trípodes, binóculos, altímetros, higrómetros, GPS, y hacíamos encaramar por un escarpado barranco a un ágil trabajador del Jardín Botánico, armado de pica y pala; mientras mirábamos con amorosa curiosidad las flores y las olíamos
como expertos de una perfumería francesa aprobando una nueva fragancia.
Todo esto para llevarnos unas matas,
sin gracia alguna para los curiosos, a quienes habían acompañado toda la vida sin haberlas sembrado. Y para colmo,
luego de bajar unos ejemplares de la enorme planta, para la colección del Jardín Botánico, estos marcianos nos regresamos
sin siquiera comernos un chorizo
con arepa, como si el mero hecho de haber fotografiado esa cuasimaleza nos hubiera dejado satisfechos.
Así terminó, con éxito pero sin gloria, la miniexpedición. Y ya en la tranquilidad de su casa, el padre Ortiz estudió paciente y solitariamente el ejemplar de Sobralia, lo diseccionó, lo confrontó con publicaciones científicas ilustradas, con textos en diversos idiomas,
comparó fotos, habló con colegas,
visitó sitios de Internet... Y luego, al comprobar que era una especie nueva, como es obligatorio, hizo la descripción científica en español, inglés y latín, y después la publicó en la revista indexada
Orquideología, de Medellín, correspondiente
a abril de 2004.
En honor de José Celestino Mutis —el otro cura botánico que la vio primero cerca de Bogotá, aunque no la clasificó— nuestro padre la bautizó
Sobralia mutisii, nombre con el que ya figura en la lista oficial del más importante jardín botánico del mundo: Kew Gardens.