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El teatro de la montaña

Versión para impresora

San Isidro / Parte alta de Chapinero
Otty Patiño
Observatorio de Culturas



Fotografía Cortesía de CIAT

«San Isidro hace 30 años era una vereda: cuando nosotros llegamos, había sólo cinco familias. Después, con la luz eléctrica que alguien bajó de contrabando y con la llegada del agua que la comunidad trajo por tubo desde Choachí, esto empezó a poblarse y no ha parado de crecer desde ese entonces». Eso nos lo contaron Roberto Antonio Nieto y Ligia Cortés, una pareja de titiriteros que fundó allí un teatro que la gente lo conoce como ‘El teatro de la montaña’, pero oficialmente es el CIAT, Centro Integral de Artes Teatridanza.

Efectivamente, hoy esa parte alta de Chapinero es clasificada como una «UPZ de tipo residencial de urbanización incompleta», nombrada como la UPZ 89 San Isidro-Patios, reúne siete barrios, tiene cerca de 20.000 habitantes y es considerada como la de más alta densidad poblacional de todo Chapinero. Estos datos se pueden obtener en Conociendo la localidad de Chapinero, 2009, página web de la Secretaría Distrital de Planeación. En los mapas se puede apreciar claramente que se trata de un enclave urbanizado en medio del sector rural de la localidad, ubicado en los cerros orientales. Esta UPZ colinda con la parte alta de Usaquén y también con el municipio de La Calera.

Según el Observatorio de Impacto Social y Económico de la Localidad de Chapinero, OISEL, este territorio antes hacía parte del páramo de Usaquén. Las huellas del antiguo páramo se evidencian con la presencia de algunos frailejones que sobrevivieron a los cultivos y a la creciente urbanización. Es un poblamiento bastante espontáneo y caótico, y reúne a personas con ancestro campesino con personas de origen netamente urbano. A desplazados por la violencia de otras regiones de Colombia con gente que quiere huir del ruido y la contaminación de la metrópoli.

Para llegar al Teatro de la Montaña hay que ir por la carretera que va hacia La Calera y en el kilómetro 5 hay una desviación a la derecha. Allí empieza la mencionada UPZ: al comienzo de la subida, la carretera está pavimentada, pero luego es una trocha vehicular no apta para automóviles. A lado y lado de las vías están las casas que conforman un heterogéneo paisaje urbano, y aunque la UPZ está clasificada como estrato 2, al lado de modestas casas a medio construir se pueden ver también chalets y condominios de personas y urbanizadores de estratos altos.

«Este teatro lo empezamos a construir con el ahorro que nos dejó una gira que hicimos como titiriteros por toda Sudamérica», nos cuenta Roberto.
«¿Gira de titiriteros? ¿Y eso cómo se programa? », le preguntamos.
«No, eso es de arranque, de locura. Salimos de acá, de Bogotá, con una maleta, un teatrino y 40 mil pesos.

Cuando llegamos a Quito estábamos sin cinco y casi llorando en la plaza principal sin saber qué hacer. Y allí se nos apareció un colombiano, conocido nuestro, también titiritero, que nos encausó en la ruta invisible de artistas errantes que viajan como sonámbulos por toda Latinoamérica. Estuvimos en todos los países de Sudamérica como dos años y llegamos de nuevo a Colombia con algo de plata en el carriel y con unas libras de más en el cuerpo», cuenta por su parte Ligia, con una alegría que se desborda en todos sus gestos y palabras.


La titiritera Ligia Cortés en la parte trasera de su teatro

«Este teatro fue hecho con las uñas y con la pasión. Acá hemos traído no sólo los títeres, sino también las artes dramáticas y la danza y somos una escuela permanente de formación artística para todos los habitantes de este territorio. Hasta cine hemos presentado aquí, con aguadepanela y maíz pira, en lugar de la gaseosa y la crispeta que venden en las salas de los cinemas», dice la titiritera.

En este momento de la conversación, Roberto ya se ha ido a preparar la función de la tarde de ese sábado, y nos hemos quedado con Ligia, quien despliega su buen humor para contarnos cómo el teatro se ha convertido también en epicentro de otras actividades sociales que demanda una comunidad tan compleja. «Hasta guardería somos en ocasiones —dice—: aquí muchas madres cabeza de familia nos dejan sus hijos pequeños, en lugar de dejarlos solos. La mayoría de los chicos se crían en estas laderas por la libre, en la calle, y por eso son tan salvajes, pero tan vivos y recursivos. Antes, todo mundo se conocía acá en San Isidro pero ya no, y eso ha propiciado el robo. La falta de educación y de diversión sana también han propiciado el vicio de las drogas, el hacinamiento y el embarazo precoz de adolescentes».

Así, a escasos 10 minutos de la carrera séptima, San Isidro, una antigua vereda paramuna, se ha convertido en menos de dos décadas en parte de la ciudad urbana. Sitio compartido por pobres y ricos, donde el teatro de Roberto y Ligia juega un papel determinante para muchos jóvenes y niños que, sin este centro cultural, sin este Teatro de la Montaña, no tendrían espacio para la creación y la recreación artística y para soñar con algún futuro hermoso y digno.

Apuntes de la entrevista: Giovanna Torres, del Observatorio de Culturas.